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El hombre de las mil caras (***)

24 septiembre 2016

Un ex agente secreto del Gobierno español, responsable del golpe más duro perpetrado a ETA, ha caído en desgracia. Tras huir al extranjero, poco después de su regreso es contactado por el entonces director de la Guardia Civil, a quien están a punto de acusarle de diversos delitos. Entonces, ve la posibilidad de vengarse de quienes le traicionaron.

La corrupción política en España no es cosa del siglo XXI. A comienzos de los noventa, Luis Roldán, entonces director de la Guardia Civil, y cuyo currículo inventado nadie se preocupó de contrastar, se convirtió en el hombre más buscado en nuestra democracia. Acusado de diversos delitos, no sólo de corrupción, se le juzgó también por apropiarse de más de mil quinientos millones de pesetas, unos diez millones de euros, de los fondos públicos del Estado. En su regreso a España para enfrentarse a la justicia intervino un ex agente del servicio secreto, muy considerado en su día, pero caído en desgracia posteriormente, que deseaba vengarse de un Gobierno que lo había despojado de todo.

Aquella historia, rocambolesca de principio a fin, fue novelada por Manuel Cerdán y llevada al cine por uno de nuestros directores más cualificados, Alberto Rodríguez, responsable de La isla mínima. Se centra en la figura del mencionado espía, Francisco Paesa –Edouard Rodríguez-, y narra su ascensión y su caída hasta que Luis Roldán –Carlos Santos- y su esposa Nieves Fernández Puerto –Marta Etura- contactan con él pocos días antes de que sus fechorías salieran a la luz. Por cien millones de pesetas, Paesa se encargó de asegurar los dos pisos que el matrimonio tenía en el extranjero y poner a buen recauda mil quinientos millones de pesetas que el político, máximo candidato a dirigir el Ministerio del Interior- había desviado de los fondos reservados.

Hay otro personaje clave en la trama. Se trata de Jesús Camoes –José Coronado-, un piloto de líneas aéreas, amigo de Paesa, que ejercerá tanto de intermediario como de encubridor y cómplice, y que el film ejerce de coprotagonista y narrador. Desde que el ex agente da cobijo a la pareja de prófugos en su casa de París, escoltado por su servicial esbirro Hans –Christiam Stamm-, se sucede un sinfín de acontecimientos en el que cada cual busca una especie de venganza personal. Principalmente, el propio Paesa, que hizo pagar al Gobierno su caída en desgracia. Antes de que el PSOE perdiera las elecciones de 1996, cayeron dos ministros del Interior. Antonio Asunción, a causa de las mentiras de Roldán; y Juan Alberto Belloch, llamado a suceder a Felipe González como Presidente del Gobierno, por apuntarse un tanto en el regreso de Luis Roldán en una operación basada en falsedades. Cayó en las redes perfectamente orquestadas por Paesa, quien movió los hilos de todos a voluntad.

La historia es enrevesada. Hay mucho que contar y, pese a todo, quedan cabos sueltos, así como otros que, debido a la propia complejidad, son atribuibles al propio director. La historia es buena y el guion está salpicado de aciertos, con diálogos muy por encima de la media. Sin embargo, el puzle que rodeaba tanto a Roldán como a Paesa, principalmente a éste, se intenta solucionar con demasiados rótulos, imágenes de diferentes ciudades y algunos personajes que parecen metidos a calzador. Ya que se ha apostado por una voz en off, una de las opciones hubiera sido dejarle más responsabilidad para conseguir un producto más fluido y, al mismo tiempo, no subrayar con imágenes lo que se cuenta en la narración.

Usualmente, Alberto Rodríguez no es proclive a introducir elementos de humor en sus películas. Se mueve más a gusto con personajes intimistas, o incluso cuando ha de abrazarse a la acción. Este no es el caso, ya que combina el thriller con el drama, añadiendo unas cuantas dosis de humor. No es fácil, y mucho menos cuando se trata de una historia real. Todo ello conforma un género en el que casi nunca ha brillado el cine español. El sevillano consigue una buena película, aunque los errores mencionados no le permiten alcanzar la redondez. Se acredita como director, sin dejar de lado sus ya famosos planos cenitales, y mueve bien a los personajes, hasta el punto de conseguir un Francisco Paesa que puede pasar a la antología de nuestro cine.

Eduard Fernández se lleva los mayores elogios de un reparto bien construido donde el maquillaje de Carlos Santos, que va de menos a más, chirría un poco. Julio de la Rosa vuelve a firmar una partitura ajustada para una puesta en escena que  muestra otro punto flaco cuando pretende aproximarse al documental. La cinta funciona mucho mejor por sí misma, como una historia de engaños, mentiras y corrupción que cuando busca la fidelidad histórica, momentos en los que vuelve a ser reiterativa.

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From → Cine

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