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Florence Foster Jenkins (***)

26 septiembre 2016

Florence Foster Jenkins: La peor cantante del mundoUna acomodada mujer decidió cumplir su sueño de convertirse en soprano. Reconocida entre la alta sociedad por sus obras de caridad, llegó a cantar en el Carnegie Hall en una gala benéfica organizada por ella misma. Aplaudida por su sentimiento y devoción también fue denostada por sus escasas cualidades para el belle canto.

¿Casualidad? En un breve espacio de tiempo han llegado a nuestras pantallas dos ficciones basadas en la misma historia real, la de la acomodada Florence Foster Jenkins, una dama de la alta sociedad neoyorquina que centró todos sus esfuerzos y gran parte de su dinero en asentarse como soprano. Primero nos llegó una libérrima versión francesa –Madame Margueritte– y ahora lo hace esta producción del Reino Unido, firmada por el acreditado Stephen Frears, y protagonizada por una Meryl Streep que sigue haciendo gala de su talento con cualquier personaje que le toque en suerte y un contenido Hugh Grant, que se consolida como el típico gentleman y se siente mejor actor cuando se olvida de sus rictus y de sus gestos histriónicos.

Fallecida en 1944, la actuación de Florence en el Carnegie Hall, al día siguiente de que Frank Sinatra triunfase ante tres mil personas, sigue siendo el hito más solicitado del templo musical. También los discos que grabó la excéntrica cantante. Aunque en principio estaban reservados para sus allegados, sus gorgoritos desafinados no tardaron en llegar al gran público. Se dice que no pudo superar el comentario de un prestigioso crítico, que la definió como la peor cantante del mundo. Su último adiós tuvo lugar poco después de una actuación a beneficio de los combatientes en la II Guerra Mundial.

Fue su postreraa contribución en una vida llena de obras benéficas. A la muerte de su padre heredó una gran fortuna que le permitió ser un referente de la flor y nata de la ciudad, amén de fundar un club al que realizaba generosas aportaciones. Todo ello, con la aquiescencia de su marido, St. Clair Bayfield, un caballero inglés, nieto de un título nobiliario que él nunca llegó a disfrutar. Esta Florence Foster Jenkins es menos carnavalesca que su pariente galo, aunque sigue siendo igual de esperpéntica y bastante menos ridícula. Hasta conoce el engaño, como el de su marido. Sabedora de que ella no le aporta lo que  necesita, mira para otro lado cada noche, cuando él se va en busca de su amante, Kathleen –Rebecca Ferguson- a un piso abonado por su propia esposa.

Cierto que Bayfield estaba enamorada de ella, sabía cómo complacerla y también la forma de mantenerla en su propia burbuja, apartándola de cualquier comentario negativo o toda aquella situación que pudiera herirla. Cuando decidió que Cosmé McMoon –Simon Helberg- era el pianista adecuado para ella por su suavidad y emoción, él no dudó en respaldar esa decisión. Así se formó un dúo que llegó a su máxima expresión en el Carnegie Hall, cuando Florence interpretó una composición propia del músico. Su esposo no pudo parar aquel desatino ya que ella tomó la decisión de ofrecer un recital en favor de los soldados que combatían en el frente mientras Bayfield se había marchado unos días de la ciudad.

Una película mucho más simple de lo esperado, especialmente si tenemos en cuenta que su personaje central se hace acreedor de una ampulosidad que no disfruta en este film. Sin embargo, esa es una de las virtudes del director de Las amistades peligrosas. Sus relatos más austeros resultan también más convincentes, como Mi hermosa lavandería, por ejemplo. Sin demasiadas estridencias, opta por la simplicidad, que no lo parece gracias a una talentosa dirección artística de Danny Cohen que casi consigue convencernos de que la propuesta resulta mucho más  grandilocuente de lo que es en realidad.

Buena partitura de Alexandre Desplat, que ya es hora de que se recompense su labor con un Oscar y espléndida labor actoral del reparto, encabezado por una Meryl Strepp a la que le da igual cantar, bailar, volcarse en el drama o en la comedia. Se mete en su personaje y hace creíble cualquier rol histriónico como éste. Probablemente, Hugh Grant firma uno de los papeles más convincentes de su carrera. Ya es hora de que acepte su edad y como gentleman británico puede abrir un camino inexplorado y mucho más asentado en su filmografía.

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From → Cine

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