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Elle (****)

30 septiembre 2016

Una exitosa ejecutiva de una empresa de software es violada en su vivienda unifamiliar. Lejos de acudir a la policía, decide hacerse fuerte ante los acontecimientos y buscar la identidad del hombre que la ha agredido y que ha dado un giro a su vida. Una vez descubierto, se inicia un juego que está a punto de perder el control a cada momento.
Diez años llevaba el holandés Paul Verhoeven sin ponerse tras las cámaras. En el pasado Festival de Cannes presentó su primer film rodado en francés y su paso por el certamen no pudo ser más positivo salvo que la película se fue sin premio. Tampoco fue galardonado el director ni su estrella principal, Isabelle Huppert, que encarna de forma admirable y sólida a Michèle Leblanc, la protagonista de este relato escrito por David Nirke a partir de la noevla Oh, original de Phillipe Dijan.
El director de Robocop ha sacado en este film lo mejor de su cine. Está presente la intriga bien construida de El cuarto hombre y también los instantes más sórdidos, sensuales y subversivos de Instinto básoco. No deja para el recuerdo un cruce de piernas a lo Sharon Stones, pero es directo cuando Michèle le dice a su mejor amiga –Virginie Efira- que mantiene relaciones sexuales con su esposa Robert –Christian Berkel- porque la primera vez, simplemente ocurrió. Tenía ganas de hacer el amor. A lo largo de una puesta en escena admirable durante hora y media –la proyección se extiende más allá de dos horas-, Verhoeven toca casi todos los palos de la sexualidad, desde la homosexualidad hasta el sadomasoquismo, pasando por el amor impetuoso, el cansino y la atracción de un joven por una mujer mayor.
Podría pensarse que Isabell Huppert no está para seducir, pero lo borda. Las miradas con su nuevo vecino, Patrick –Laurent Lafitte-, pasan inadvertidas a la ferviente católica de su esposa Anna –Anne Consigny-, y entre toques de humor inteligentes, Michèle descubre que es precisamente el hombre que desea aquel al que busca y quien es incapaz de excitarse si no recurre a un pasamontañas y a golpear a su víctima. Ella quiere estar con él pero no a cualquier precio. Llega la hora de un juego que puede desencadenar consecuencias inevitables, una espiral descendente cuyo final no se adivina.
Mientras, asistimos al cambio de vida que para Michèle constituyó aquel acto execrable. En su empresa, cuando los programadores le presentan sus proyectos, se muestra inflexible, quiere más sexualidad en su heroína. Busca el límite ante la atenta mirada de su hombre de confianza, Richard Léblanc –Charles Berling-, y del apoyo que encuentra en Rebecca, con quien también mantiene encuentros íntimos ocasionales. Si en Paulina nos ofrecía Santiago Mitre la posición de una mujer que no deseaba denunciar a su violador porque apenas serviría de nada, la fortaleza de Michèle se alcanza por otra vertiente, la de la mujer que ha aprendido a vivir sola, a hacer frente a sus problemas sin ayudas ni consejos, a ser autosuficiente.
Pero la historia alcanza también a la familia. No puede entender que, dada su posición, su hijo Vincent –Jonas Bloquet- trabaje en un local de comida rápida y se muestre como un perrito faldero con su novia Josie –Alice Isaaz-, que lo maneja a su antojo. Incluso, su hijo recién nacido, debido al color de piel, tiene muchas posibilidades de serlo también de uno de sus amigos. Otro problema más para la protagonista, enfrascada igualmente en una lucha entre mujeres que quieren preservar su tesoro, cada una a su manera. Los acontecimientos parecen dar la espalda a la resuelta ejecutiva aunque confirme avanza la película hacia un final condescendiente renace la calma y las aguas se tornan tranquilas. Una concesión innecesaria en uno de los thrillers más turbadores de los últimos años.
La película mantiene una fuerza narrativa inusual. El ambiente es sórdido, hasta sucio, y el director se mueve como pez en el agua cuando tiene que destacar el morbo y la sorpresa. La atmósfera es hipnótica, y Verhoeven sabe que tiene ante sí un diamante en bruto para no dejar nada sin referir. Desde la religión a la familia, pasando por las relaciones humanas. Lo toca todo, quizá demasiado, pero el responsable de Delicias holandesas y Delicias turcas sabe que moverse como pez en el agua por unos terrenos pantanosos que ahogarían a muchos y embarrarían a otros cuartos. Roza la obra maestra. Le falta poco.

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From → Cine

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