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Fuego en el mar (Fuoccoammare) (***)

13 octubre 2016

La isla de Lampedusa es el punto más meridional de Italia. También donde miles de emigrantes subsaharianos han perdido la vida en su intento de alcanzar un futuro. En los últimos veinte años se calcula que veinte mil de ellos fallecieron en busca de su sueño. Mientras, las vivencias cotidianas se desarrollan en tierra firme con el agua como denominador común.

Lampedusa, hasta hace poco tiempo, era conocida sobre todo por El gatopardo, la única novela escrita por Giuseppe Tomasi de Lampedusa. Desde hace poco más de cuatro lustros la mayor isla del archipiélago de las Pelagias es recurrente en cualquier noticiario. Cientos de miles de emigrantes han intentado desde entonces alcanzar sus costas e iniciar su sueño de encontrar un futuro en Europa que se les niega en sus países de origen, más al sur del desierto del Sáhara. Alrededor de veinte mil han perecido en el intento y los más llegan en condiciones precarias.

A lo largo de casi dos años, el documentalista  Gianfranco Rosi, del que llegó a nuestras pantallas hace pocos meses Sacro GRA, que buceaba en el anillo de autopistas que rodean la capital italiana, se ha esforzado por filmar esa tragedia humana. Los cadáveres que son recogidos por los guardacostas, los seres humanos que llegan exhaustos, huyendo de la guerra y la hambruna, empapados en combustible al haber cubierto los poco más de doscientos kilómetros que separan Libia de Lampedusa hacinados en la bodega de una embarcación con capacidad para poco menos de un centenar de almas y en la que viajaban cuatro veces más.

El autor se centra en dos relatos paralelos. Uno de ellos, el principal, y en el que se denuncia el drama migratorio, muestra imágenes desoladoras y las declaraciones del médico que atiende a los supervivientes. Afirma que, a pesar de lo presenciado hasta ahora, no puede acostumbrarse a ver niños muertos o mujeres que han dado a luz en alta mar y que llegan con el cordón umbilical colgando. El otro, se centra en Samuele Pucillo, un niño de doce años con problemas de estrabismo  al que le gusta ir de caza y mejorar su magnífica puntería con el tirachinas.

Una dicotomía que es un hilo conductor en los trabajos de Rosi. Le gusta mostrar en paralelo la situación dramática con la vida cotidiana, la que transcurre a pocos metros del caos y apenas llega a dejarse influir por él. En este último trabajo, ganador del Oso de Oro en Berlín y candidato italiano al Oscar al mejor film de habla no inglesa, esa apuesta se hace todavía más evidente. Mientras cientos de subsaharianos son interceptados antes de arribar a la costa, Samuele piensa más en sus problemas de visión mientras un vecino se sumerge en el Mediterráneo en busca de erizos a menos de un kilómetro en el que se instala el drama. El locutor de una radio local sigue con sus discos dedicados, sin informar de otras novedades salvo del cariño o del amor de familias y parejas. Una de las peticiones es Fuocoammare, una antigua canción napolitana.

El tiempo se ha detenido en Lampedusa o, por lo menos, se queda al margen de la crueldad. Virtudes y aciertos en un documental alabado por su montaje, pero que se recrea en muchos planos secuencia. Sirve como denuncia y las imágenes nos hablan de horrores, aunque también de esperanza. Los inmigrantes llegan al lugar en el que son recogidos y juegan partidos de fútbol con equipos conformados por jóvenes del mismo país de procedencia. Rosi juga con imágenes reales y con otras en las que visita el docudrama, con un argumento pactado con personajes locales cuando sale del agua convertida en un gran ataúd.

La producción, a caballo entre el documental puro y una obra de ficción, deja imágenes sensibles. Por mucho que el autor no quiera tomar partido, al espectador no le queda otro remedio, aunque las dos historias paralelas le dejen un poco perplejo y únicamente lleguen a resolver sus dudas al final. Hay muchas trampas en este largometraje, aunque se queden empequeñecidas por una terrible historia protagonizado por hombres y mujeres anónimos, la mayoría aquejados de sarna, que se juegan su vida a cambio de algo de seguridad, un poco de comida y la necesidad de un trabajo. Se echan en falta ciertas referencias, como la explotación de las mafias, auténticos negreros del siglo XXI, pero el responsable prefiere quedarse en el lado más humano-

Las dos tramas flotan en la pantalla, capturándolas. Una por el horror que conlleva; la otra, por su calma y su alejamiento de la realidad que le rodea. La ausencia de interacción debilita el conjunto. Rosi no desea extraer consecuencias y busca contrapuntos, lo que provoca un cierto despiste. Las dos líneas no confluyen, aunque tangan motivos y ocasiones para ello. Cada uno vive su propio drama y lo que para alguien puede resultar un problema mayúsculo para otro no deja de ser un leve contratiempo.

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