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El destierro (*)

31 octubre 2016

Durante la Guerra Civil española dos soldados permanecen en un pequeño habitáculo de vigilancia. Sobreviven como pueden en el frío invierno hasta que encuentran herida a una muchacha polaca que combatía en las filas opuestas. Los tres llegan a entenderse y firman un pacto hasta la próxima primavera.

La Guerra Civil regresa a nuestras pantallas y lo hace con una mirada distante en la que su responsable, el debutante Arturo Ruiz Serrano, no quiere decantarse e introduce en el guion los elementos necesarios para justificar que sus protagonistas están alejados de ideologías y que privan mucho más sus sentimientos. Sus tres personajes centrales evolucionan a lo largo del film al ritmo que lo hace el entorno, otro eje fundamental, que comienza reafirmando el crudo invierno de la Sierra de Guadarrama, en la provincia abulense, para terminar clareando con la llegada de la primavera.

En ese paisaje yermo e inhóspito vemos a Paulino –Chani Martín-, cuya mula lleva las viandas semanales a Silverio –Eric Francés-, un soldado de infantería que se ocupa de un puesto de vigilancia en medio de ninguna parte. También llega Teo –Joan Carles Suau-, quien debe quedarse con Silverio después de que el anterior compañero de éste hubiera fallecido tras padecer de unos repentinos dolores estomacales. Los dos hombres son muy distintos.

Teo proviene del seminario y lo primero que hace al instalarse es colocar un crucifijo próximo a su cama y sacar de su mochila libros con obras de Virgilio y San Juan de la Cruz. Silverio es un superviviente, que implementa su comida gracias a las trampas que coloca entre las piedras o el cauce del río próximo. La guerra le ha cogido en el campo en la zona franquista, pero el resto de su familia, que se desplazó a Madrid al empezar la contienda, están ahora asediados por los bombardeos de sue propio ejército.

No son las únicas pinceladas que Ruiz Serrano incluye acerca de un conflicto en el que más allá de los sentimientos políticos de cada uno, la defensa de uno u otro bando tuvo que ver con la casualidad. La presencia de Chloe –Monia Kowakska-, una muchacha polaca con intereses en el bando republicano también obedece a ello. Aficionada a la pintura, vino a Madrid con la intención de defender unas libertades que supuestamente estaban cercenadas y que afectaban a la obra de Velázquez, Zurbarán o El Greco. Para delimitar igualmente su personaje, Teo, sobrino de un obispo, sufrió los ataques vejatorios de un sacerdote y ahora se niega al contacto carnal pese a que Silverio y Chloe llegan a un acuerdo para convivir hasta que llegue la primavera. Entonces, dejarían marchar a la muchacha para que se una a los suyos.

Los personajes mantienen una línea lógica de comportamiento, cediendo en sus pasiones más humanas y llegando a compenetrarse. Esa es la mejor parte de una propuesta de bajo presupuesto y rodada con especial cariño, a la que ayuda el buen montaje de Teresa Font y una fotografía de Nicolás Pinzón que brilla por momentos. Desde el punto de vista de la puesta en escena, no hay errores mayúsculos y los principales defectos llegan de la mano de la bisoñez de su director y de los escasos recursos económicos.

Más discutible es su argumento, principalmente el punto de partida y la parte final. El arranque nos presenta un hipotético puesto de vigilancia en el que apenas se vigila. No hay una radio ni medio de ponerse en contacto con sus compañeros si no es por la visita semanal de Paulino y su borrica. Parece más un pretexto que una solución para un film que, según su responsable, nació a causa del paraje en que se desarrolla y no al contrario. Tampoco la parte final, con un giro discutible por parte de sus protagonistas, y su propia conclusión, se quedan muy lejos de la altura mostrada cuando Ruiz Serrano se ha metido de lleno en la intimidad de sus personajes. Cada uno de ellos evoluciona, y lo hace de una forma creíble, pero cuando tenemos que juzgar el conjunto ya no es tan sostenible.

Aun así, la película funciona por momentos, y ha merecido galardones en distintos certámenes tanto nacionales como internacionales. Se trata de un buen debut para un cineasta que demuestra indagar con acierto en las complejidades del ser humano. Sabe utilizar los silencios y, sobre todo, sacar lustre al paisaje, aunque sea, como en este caso, algo parecido a la nada.

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From → Cine

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