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Sicixia (***)

22 noviembre 2016

A un ingeniero de sonido le encarga la empresa para la que trabaja que consiga grabaciones de la Costa de la Muerte. Para ello, le asignan a una guía con la que vivirá una tórrida historia de amor mientras desempeña su trabajo en lugares típicos y con gentes que tienen mucho que contar acerca del paisaje y también de sus vidas.

Para su película más conocida, A esmorga, Ignacio Vilar eligió un relato de Eduardo Blanco Amor, ahora se da una vuelta por la Costa de la Muerte con un guion original que, con el pretexto de una historia de amor, recorre una serie de lugares míticos de esa zona de la geografía galaica. Su título, Sicixia hace honor a una palabra gallega que significa conjunción, pero también emparejados. Efectivamente, nos habla de un hombre y una mujer que se enganchan, pero también de un pasado y un presente que conviven. Para ello, se sirve de la leyenda de la Buserana, un relato oral cuyo punto de arranque tiene lugar entre el cabo Touriñán y Muxía, allí donde se encuentra la pedra de abalar, una roca bamboleante en la que el cineasta, según propias palabras, cree en ella más que en Dios.

La fuma, o caverna submarina, de la tradición ha sido modificada por una cueva inaccesible por tierra si no eres percebeiro y de difícil acceso por mar, justo a los pies del mítico monte Pindo, sagrado para los habitantes prerromanos de la zona. Un trovador llamado Buserán, experto en las rimas del amor y de la guerra, se enamoró de Frolinda, hija de un señor que moraba en la fortaleza de Castrelos y que no hacía mucho había partido a la guerra. A su regreso, y al conocer que Frolinda también amaba al juglar, ordenó que le dieran muerte y lo arrojaran al mar. Ella, al enterarse, perdió la razón y no hacía más que vagar por los acantilados hasta que una ola con forma de su amado la abrazó y se la llevó para siempre. Dicen que cuando el mar se sembraba entre la playa de la Amela y la cala de Lourido se escuchan los cantos y la música del trovador.

En época actual, un ingeniero de sonido llamado Xiao –Monti Castiñeiras- intenta recoger los sones de la Costa de la Muerte junto a una guía local de nombre Olalla, por cuyo trabajo Marta Lado fue correspondida con el premio a la mejor actriz en el Festival Cinespaña de Toulouse. Ambos, casados con sus respetivas parejas, reeditan la leyenda de la Buserana. Es una unión en apariencia difícil, pero los matrimonios por la zona, según cuentan los viejos del lugar, no se mantienen fácilmente y es que, como afirma Olalla, En la Costa de la Muerte hay cosas que no se piensan con la cabeza. Ese romance contra corriente discurre paralelo al trabajo de Xiao, el trovador que recoge sonidos imposibles, y nos lleva por un recorrido de costumbres ancestrales, de usanzas apenas recordadas pero que sobreviven casi por inercia.

Se juntan las tradiciones con la modernidad. Olalla recoge algas para una empresa que las enlata, pero que también investiga. Incluso, con un fondo para pescado o una empanada en la que sobre un lecho de algas se disponen navajas con ajo. Se asan los percebes en una parrilla sobre la arena, o se repueblan arenales de berberechos cuando no hace muchos años se recogían a puñados. Los hombres hablan de sus aventuras en el mar, de sus alejamientos de un hogar en el que las mujeres se ocupan de mariscar o de adiestrarse en el manejo de los palillos para conseguir esos espléndidos encajes de Camariñas que, al fin y al cabo, son la evocación de la espuma del mar.

Se recorren lugares álgidos de la geografía de la Costa de la Muerte, desde el Pindo hasta Carnota, pasando por el admirable arenal de Zas. Se recuerda la figura del escultor alemán Manfred Gnädinger, que llegó andando hasta Camelle y vivió allí como un ermitaño, pero también se repasa la rapa das bestas, cuando los caballos salvajes son domesticados y mercados, así como la curiosa rula, o subasta de pescado, donde el encargado de fijar los precios lleva a cabo una vertiginosa cuenta descendente hasta que uno de los intermediaros le dice basta.

Son muchas cosas, y de difícil ilación, las que Vilar pretende mostrarnos en este film, aunque consigue salir bastante airoso de un guion que presentaba suficientes complejidades. La historia de amor es una disculpa para mostrarnos un lugar y sus gentes, lo que tiene más mérito si has nacido en Petín, un lugar de tierra adentro y muy alejado de la Costa de la Muerte, allí donde el viento, el mar y el clima han dejado su rastro en forma de arrugas en su gente, salvo en el marido de Olalla, que trabaja en un banco y no tiene ausencias. Faltan detalles, como la razón del nombre, o ese viento en el cabo Villano que puede volvernos locos, pero está el paisaje y el paisanaje, sin que se eche de menos el mirador de Ézaro. Era complicado y, sin embargo, la prueba está superada con creces.

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From → Cine

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