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Aloys (**)

13 diciembre 2016

Un detective privado se viene abajo tras la muerte de su madre. Siempre con una cámara DV en su mano, intenta solucionar sus casos hasta que a consecuencia de una borrachera le roban sus pruebas. Todo apunta a una mujer que le llama poco después y que es un vecina del gigantesco inmueble en el que ambos habitan.

Calificar esta ópera prima del suizo Tobias Nölle, presentada fuera de concurso en la Berlinale, resulta muy difícil. Podríamos hablar de un thriller con las mismas garantías que al encajonarla dentro de los dramas psicológicos. No es una comedia ni una película de acción, por mucho que su protagonista sea un detective privado llamado Aloys Adorn, interpretado por Georg Friedrich, verdadero antítesis de James Bond.

Su padre acaba de morir y le ha sumido en una profunda depresión. Ni siquiera se plantea conversar con una empleada de la empresa de pompas fúnebres, Julie Kramer –Agnes Lampkin- a pesar de que fue una antigua compañera de colegio. No se separa de su cámara DV en la que graba todos los acontecimientos de su vida, pero también al protagonista de su último caso, Herr Schoch –Kamil Krejci-, un hombre casado que tiene una amante de la que espera un hijo.

Su abatimiento, que raya en la esquizofrenia, va en aumento. Tanto, que llega a emborracharse y, al despertar, encerrado en la cochera de autobuses, echa en falta su cámara y sus cintas. Poco después recibe una llamada telefónica. Es una mujer que parece haber sido quien le robó el material que llevaba en la mochila. Hasta entonces, sabemos de él que es aficionado a la comida china que compra en raciones individuales en la tienda de Lee –Koi Lee-, y que su hija Yen –Yefei Lik- le cuestiona si se ha quedado con un gato al que le encargaron que encontrara y si es verdad que tras la muerte de su padre es un cliente habitual de líneas eróticas.

Según propias palabras, Tobias Nölle siente especial devoción por los personajes llevados al límite. Incomprensibles y de reacciones inesperadas. Aloys Adorn cumple con esos parámetros. Su enajenación llega a límites máximos cuando ve como trasladan a Vera –Tilde von Oberbeck- en una ambulancia. Por sus medias de color amarillo reconoce que es la muchacha que robó su material y se lo ha devuelto en una caja excepto las grabaciones de su último caso. Obsesionado, entra en contacto con ella. Se trata de dos almas gemelas, con un punto mayúsculo de locura.

Desde ese momento, con el teléfono como hilo conductor, la imaginación del personaje central se desborda hasta el punto de centrarse únicamente en sus fantasías y de confundirlas con la realidad. Una chaqueta roja, al estilo de las referencias de El sexto sentido, será la línea que marque la realidad de los deseos, incluido el hecho significativo de que pida arroz para dos en el restaurante de Lee, pero en este caso para degustarlo en el establecimiento y no para llevar, como era norma hasta ese momento.

Es una película de viaje interior, pero también de sonidos. Conversaciones inteligibles que se escuchan y el tono de los teléfonos, tanto fijos como móviles. Su insistencia machacona termina por angustiarnos hasta que el frenesí del protagonista llega al límite en una orgía en la que aparecen todos los personajes. Son sus fantasmas, pero también aquellos que están más cerca de una existencia aburrida, monótona y ensimismada. Aunque Aloys se presenta como un ser huraño e introvertido se afirma en el film que no lo es tanto como su padre, con quien compartía un despacho de detectives que dejó de establecer contacto tiempo atrás con otros de su profesión.

No se trata de una película para hacer público, como Aloys tampoco intenta hacer amigos. Hay que entrar en su desarrollo si queremos salir de la sala con buen sabor de boca y darle vueltas tanto a la personalidad de Aloys como a la de Vera. De otra forma, la sensación de frustración y de pérdida de tiempo y dinero será notable. Tiene su mérito, especialmente gracias a un montaje excepcional que mejora una puesta en escena descarnada. Tanto como la producción en sí.

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From → Cine

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