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En defensa propia (Keeping Room) (**)

18 diciembre 2016

En defensa propia: Las mujeres de la guerra

La Guerra de Secesión norteamericana está dando sus últimos coletazos y tres mujeres, dos blancas y una afroamericana, intentan defender su casa. Saben que tienen que hacerse fuertes ante los expedicionarios que envía el ejército y que luego serán secundados por el grueso de las fuerzas armadas. Los hombres han sido reclutados, ellas están solas.

En Estados Unidos, este tercer largometraje del británico Daniel Barber, responsable de Harry Brown -2009- se presentó en el Festival de Toronto. Posteriormente, tuvo un lanzamiento limitado, bastante acorde con su naturaleza de producción independiente en la que destaca un reparto encabezado por Sam Worthington, quien interpreta a un soldado de la Unión llamado Moses. Tanto él como su compañero Henry –Kyle Soller- son dos boomer, o soldados enviados por delante del gran grupo en busca de víveres, enemigos o desertores.

El guion de Julia Hart muestra a estos tipos como inhumanos, ávidos de sexo y extremadamente violentos y sanguinarios. Así se emplean en la tienda de Caleb –Ned Dennehy-, tanto con él como con una profesional que intenta entretenerlo –Amy Nutall-. Previamente, habían pasado por un pequeño rancho en el que violaron a las dos hermanas que lo regentaban. A una de ellas la mataron y la otra se suicidó.

Se dice al principio del film que la guerra es cruel y que cuanto más cruel sea más pronto termina.  Daniel Barber no se anda por las ramas y la secuencia que abre su largometraje ya representa toda una declaración de intenciones. Moses y Henry viajan en una diligencia donde el segundo acaba de hacer el amor con una muchacha a la que termina disparando por la espalda. También eliminan a una afroamericana con la que se encuentran y al cochero antes de incendiar el carruaje. Desde ese momento, la fotografía de Martin Ruhe y los bellos, aunque a veces rebuscados encuadres del director, se enseñorean del film. Basta por ejemplo cuando las tres jóvenes protagonistas ascienden las escaleras de su casa con sendos faroles encendidos.

Se trata de Augusta –Brit Marling-, su hermana Louise –Hailee Steinfeld-, y su criada, la afroamericana Mad –Muna Otaru-, la única que ha conocido varón en la persona de Bill –Nicholas Pinnock- quien, como el resto de los hombres, ha sido reclutado. Augusta tiene un encuentro con Moses y Henry en la tienda de Caleb. Cuando ellos la siguen sabe que tendrá que dirigir la defensa de su territorio y de su integridad. Previamente, se ofrece una secuencia extraña en la que Louise se muestra intransigente con Mad y ésta le devuelve una bofetada a Augusta. En aquel momento, ese acto parece fuera de lugar.

Es muy probable que la historia sea fiel con respecto a la mayoría de pequeños detalles que sucedieron durante la contienda. Es seguro que la escenografía resulta admirable. No lo es menos que la película muestra una frialdad tal vez exagerada que en pocos momentos llega a emocionar. A pesar de un reparto atractivo, los actores no hacen otra cosa que decir sus papeles, más que interpretarlos. El argumento en sí, y probablemente, el presupuesto, hace que pasemos de soslayo por un solo plano bélico en el que se aprecia un campo lleno de cadáveres y dos figuras familiares en uno de los sueños de Louise.

Para muchos, la parte más atrayente comenzará justo cuando se echa el cierre a esta producción. Hemos presenciado una propuesta simple, a caballo entre el western y un mundo apocalíptico, despojada de aditamentos, que se detiene en el momento más interesante. Pretende ser descarnada, y no lo consigue salvo cuando los soldados de avanzadilla cometen sus actos más punibles. La excesiva violencia es el principal argumento para incrementar el dramatismo, y el conjunto se queda cojo. Una vez superadas las primeras secuencias, las más sanguinarias, el relato se dulcifica y las posibilidades que ofrece la historia resultan muy difíciles de alcanzar para sus responsables.

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From → Cine

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