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Falling (*)

24 diciembre 2016

En la República Dominicana, Alas y Alma vuelven a encontrarse, a instancias de aquél. Está dispuesto a entregarle las llaves de la casa en la que compartieron muchos de los veinte años de matrimonio. Solamente le pide que pase veinticuatro con él. Aslan quiere redimir los errores que provocaron su ruptura aunque para algunas cosas, tal vez sea demasiado tarde.

Con tan sólo dos personajes y otros tantos testimoniales, Ana Rodríguez Rosell construye un largometraje cuyo centro, aparte del amor es la redención. Aslan, que significa león en turco, ha pedido a su todavía esposa Alma que le visite en la República Dominicana. Ella acude con el deseo de que él le entregue las llaves de la casa de Berlín, en la que compartieron muchos años de matrimonio. Él le pide a cambio que pasen juntos las próximas veinticuatro horas.

¿Qué hay después de la vida?, se pregunta Aslan. También alude a un cuento en el que un león ve a su corazón bailar delante de él. Quiere alcanzarlo, pero cuanto más corre, el corazón se desplaza a mayor velocidad. Su propio nombre le identifica; el órgano vital es el de Alma, pintora frustrada y esposa engañada. Un cuadro pintado tiempo atrás lo ilustra.

A pesar de que aún siguen siendo marido y mujer, él le pide que se casen en aquella tierra virgen en la que es propietario de un restaurante en Las Terrenas, aquel por el que suspiraba ella. Ahora quiere recuperarla después de que hubiera truncado su carrera como artista, de que la hubiese engañado con Nancy, una nativa, y de que se arrepintiera, entre muchas otras cosas, de no haber querido hijos.

Aunque Alma se ha desplazado con un nuevo compañero que se queda fuera de plano, se nota que aún hay rescoldos de un amor que en su día fue importante. Aslan expresa su arrepentimiento de forma continuada y pide perdón de manera incansable. Ella tiene muchos reproches que hacerle, aunque tal vez la frondosidad del lugar, sus noches estrelladas y los relámpagos lejanos puedan reconstruir aquello que está roto.

Para narrar su propuesta, Rodríguez Rossell cuenta con Emma Suárez y Birol Ünel, el actor turco-alemán que saltó a la fama por su actuación en Contra la pared y que ya había trabajado a las órdenes de la directora madrileña en su primer largometraje de ficción, Buscando a Eimish. Ambos intérpretes pretenden hacer creíble la historia, rodada en español e inglés, pero lo consiguen a ratos. En algunos momentos da la sensación de que no se creen demasiado unos personajes cuya actuación está subrayada musicalmente con buen gusto gracias a temas tradicionales caribeños y a la aportación del soundtrack de Sigur Rós.

La fotografía de Jaime Guerra es diáfana y clara, y si se enturbia en ocasiones se debe a la alternancia de la cámara en mano con la fija sin que, aparentemente, haya razón de ser. Un buen logro es que, a pesar de su apariencia teatral, con dos personajes en un decorado casi único, la creadora aprovecha los espacios, tanto parcialmente cerrados, como los del restaurante, y los abiertos representados por la playa adyacente. También sale a la ciudad y al bar donde trabaja Nancy, la mujer con la que Aslan engañó en su día a Alma y constituyó uno de los detonantes de la separación.

La resolución es más que aceptable. Muy por encima de unos diálogos repetitivos y facilones. Tanto, que en ocasiones de vuelven demasiado frágiles y una persona con nivel bajo de inglés puede entender sin dificultad las conversaciones sin necesidad de recurrir a los subtítulos.

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From → Cine

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