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Felices sueños (Fai bei sogni) (***)

19 febrero 2017

Un niño de nueve años sufre un fuerte shock tras la muerte de su madre. Treinta años después se ha convertido en un periodista que, cuando se dispone a vender el piso familiar acusa ataques de pánico. Revive el trauma del pasado mientras Elisa, una doctora compasiva, intenta ayudarle y restañar sus viejas heridas interiores.

Uno tiene la sensación de que Marco Bellochio es un director de cine casi eterno. No en vano, comenzó su carrera en 1965 con la que posiblemente sea su mejor película, Las manos en los bolsillos, aunque la más afamada sea la tórrida El diablo en el cuerpo. En esta ocasión ha escogido una novela de Massimo Gramellini para mostrarnos el sufrimiento de un hombre lastrado por el trauma de la muerte de su madre cuando tenía nueve años. Hasta entonces, ella había sido su compañera de juegos. A pesar de que mostraba ciertos rasgos de poca solidez mental, ambos disfrutaban juntos, principalmente bailando twist.

Felices sueños le dice ella en su cama –Barbara Ronchi- poco antes de morir. El padre –Guido Caprino-, sólo le ofrece evasivas y habla de un infarto fulminante. Casi treinta años después, Massimo –Valerio Mastandrea- regresa a Turín para vender la casa familiar una vez que su padre ha muerto. Ha ejercido la carrera de periodismo, primero en el ámbito deportivo, luego fue corresponsal en Sarajevo y finalmente gozó de gran popularidad al responder la carta de un lector en la que, precisamente, hablaba de la ausencia de la madre. En ese momento regresan los problemas. Los fantasmas del pasado aparecen en primer plano cuando revisa los objetos con los que estuvo en contacto su progenitora, y la evocación de la figura materna lo lleva hasta el límite. Una doctora francesa, Elisa –Bérénice Bejo- intentará ayudarle y juntos afrontarán las heridas psicológicas abiertas en el pasado.

La historia se recompone a través de flashbacks, que en este caso son varios y en la novela es un único hilo conductor aunque se divida en siete segmentos. Los fantasmas interiores, a veces a una escala mayor cuando se trata del fascismo, han sido siempre una constante en el cine de Bellocchio y este caso no constituye ninguna excepción. A partir de lo más íntimo intenta escalar a un plano muy superior, con trascendencia universal, puesto que su planteamiento puede suceder en cualquier lugar y a cualquier persona.

No rehúye ningún punto de su contenido. Como veterano que es sale a flote cuando se tiene que referir al deporte, desde el fútbol a unos saltadores olímpicos en Munich, o se centra en el conflicto de Los Balcanes. Su mirada es distinta, y baste como ejemplo el niño que está a punto de saltar para coger el balón en la celebración de un gol del Torino. Sin embargo, luce más cuando se torna más íntimo, incluida la evocación de la Tragedia de Superga, cuando en mayo de 1946 perdieron la vida todos los futbolistas de  ese equipo. Coloca la cámara buscando una cierta frialdad, aspecto que rezuma a lo largo del film. No sólo por la lenta exposición sino también por la fotografía lánguida de Daniele Cipri, que se ajusta a la melancolía que preside toda la propuesta.

A parte de la historia de Massimo hay que disfrutar entre líneas con algunos aspectos que propone Bellochio. Recurre a la época, finales de los sesenta, para mostrarnos a su protagonista ensimismado por Belfegor, aquella serie televisiva francesa que, con el subtítulo de El fasntasma del Louvre, mantuvo en vilo a media Europa protagonizada por Juliette Gréco. Mirando más a Italia, también es capaz de trastocar una actuación festiva en la pequeña pantalla de Rafaella Carrá en un exponente de la soledad.

Son las habilidades de un veterano, que arranca de un esquema convencional para incrementar la complejidad conforme va profundizando en su personaje principal. Así puede interesar a más público. Al que busca menos complicaciones  le tendrá que satisfacer el inicio, con un look que rememora la Norteamérica de los 50; y a quienes busquen historias más sesudas, incluso más filosóficas, les parecerá que la película gana conforme se desarrollan sus más de dos horas de metraje. De cualquier forma, se trata de una producción minoritaria, en la que muchos aspectos necesitan explicación y que se recrea en sí misma por su envoltura cansina.

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From → Cine

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