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El viajante (Forushande – The Salesman) (****)

4 marzo 2017

Una pareja, actores aficionados, debe dejar su piso del centro de Teherán por problemas de derrumbe. Se instalan en otro lugar de forma pasajera y una noche ella es atacada por un desconocido. Su marido intenta por todos los medios dar con el paradero del asaltante hasta  que, una vez descubierto, lo tiene a su merced.

Con un intervalo de tiempo de cinco años, el cineasta iraní Asghar Farhadi se ha alzado nada menos que con dos estatuillas de Hollywood al mejor film de habla no inglesa. Probablemente,  y aunque sin desmerecer sus encantos, no fuese la mejor película entre las finalistas, pero sin duda que las reacciones contra Donald Trump han podido pesar lo suyo como elemento de rechazo al presidente. Cabe recordar que la actriz principal, Taraneh Alidoosti, decidió no acudir a Hollywood en boicot al veto de los inmigrantes por Estados Unidos, y en la londinense Trafalgar Square se proyectó de forma gratuita la película pocas horas de la ceremonia de Los Ángeles como símbolo de las protestas políticas contra el mandatario norteamericano.

La historia se divide en distintos frentes paralelos. Por una parte, la relación de pareja que mantienen Rana y Emad –Shahab Hosseini-, quien da clase de literatura en un instituto, y su afición por el teatro, ya que están preparado una función amateur centrada en Muerte de un viajante, de Arthur Miller. Por otra, el deseo de venganza del protagonista masculino después de que su mujer fuese atacada en su casa por un desconocido. Una vez más, los elementos exógenos sirven a Farhadi para diseccionar la sociedad, la pareja, el paso del tiempo y la situación política de su país.

La cinta tiene tanta fuerza en sus imágenes y en sus diálogos, así como en la interpretación –fueron premiados en Cannes el texto y el propio Hosseini-, que tal vez no hiciera falta recurrir al montaje del texto teatral. Máxime, cuando el protagonista de Miller nada tiene que ver con el de la película, aunque sí con el atacante de Rana –Farid Sajjadi Hosseini-, quedando su futuro en manos del protagonista, quien decidirá finalmente su suerte. Con anterioridad, su esposa se muestra reacia a denunciar el hecho ante las autoridades. No reacciona como la Paulina de Santiago Mitre, ya que aquí no hay violación ni ella intenta ponerse en la piel de su agresor. Simplemente, como mujer en un país árabe, prefiere dar la callada por respuesta.

La película muestra un inicio absorbente. Emad y Rana se ven obligados a desalojar el edificio en el que viven, en el centro de Teherán, porque se está derrumbando a causa de las excavaciones para unos cimientos en los terrenos adyacentes. La sensación de nerviosismo y angustia se refleja con planos cortos y fondos descriptivos gracias a la cámara en mano.  Temporalmente, la pareja acepta instalarse en un inmueble cedido por un compañero de la función teatral cuya inquilina anterior no ha desposeído totalmente de sus pertenencias. Se trata de una mujer de no muy buena reputación que era visitada por un par de hombres.

Una noche, mientras Rana se dispone a tomar un baño, abre la puerta de su domicilio pensando que llegaba su marido, pero fue un desconocido quien la asaltó. Desde ese momento, Emad intenta conocer la identidad del atacante para vengarse puesto que, desde ese hecho, la relación con su pareja ha dado un giro de ciento ochenta grados, y hasta podríamos decir que ha ido en picado.

Con una envoltura de thriller y un desenlace próximo a lo teatral, gracias a un intenso lenguaje visual reforzado por la fotografía de Hossein Jafarian, asistimos a una degradación moral y física. Aquella, representada por sus personajes; la segunda, con los edificios de una ciudad que se ven retorcidos a través del cristal de un automóvil. Hay quien piensa en una enmienda a la totalidad de su línea del horizonte, pero ya se advierte en el film que Teherán fue reconstruida y vuelta a construir, aunque no se note demasiado.

El hogar y la ciudad son otros de los elementos habituales del cine de Farhadi que también están presentes en esta producción. Podría hablarse incluso de que son otros protagonistas, como la tradición y la modernidad, de este derrumbe emocional que concluye con el cara a cara entre la víctima y el verdugo, sin saber a ciencia cierta quien es quien. La humillación se eleva como ingrediente primordial y, aunque la propuesta pasa por algún bache a mitad de su proyección, la fortaleza del comienzo y los grandes momentos cinematográficos que emanan de su parte final compensan todos sus badenes, que son escasos y poco acusados.

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From → Cine

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