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Doña Clara (Aquarius) (***1/2)

12 marzo 2017

En el edificio Aquarius, construido en los años 40 en una atractiva avenida de Recife solo queda Doña Clara, una comentarista musical de 65 años que se resiste a vender su piso a pesar de los intentos de una constructora que pretende construir un bloque de apartamentos. La situación permite a la protagonista evocar el pasado y prepararse para el futuro.

Hay bastantes elementos que destacar en esta producción, que se ha pasado con bastante éxito por varios festivales y levantó una gran controversia en Brasil, su país de origen, debido a su argumento y al momento político en que fue estrenada. Su ausencia como candidata al Oscar por el país sudamericano levantó también muchas ampollas ya que la mayoría del público entendía que este segundo largometraje de Kleber Mendonça Filho reunía los argumentos necesarios para ello.

El film puede entenderse como una historia lineal, centrado en la figura de Doña Clara –Sonia Braga-, una mujer de 65 años, que ejerció la crítica discográfica, publicó varios libros y goza de gran prestigio. En los años 80 superó un cáncer de mama y ahora es la única inquilina de un edificio art decó, construido en los años 40 en la exclusiva Avenida de Boa Viagem, que discurre paralela a la principal playa de Recife. Una promotora le acosa por medio de un joven arquitecto llamado Diego –Huberto Carrao- para que venda su propiedad y se pueda levantar un bloque de apartamentos, como sucede en sus proximidades. Ella hace oídos sordos, sigue escuchando música y se entretiene con sus amigas y su familia.

Hasta aquí, nada anormal. Incluso, da la sensación de que se narra la historia de una viuda frustrada y enfrentada con el mundo. Sin embargo, la película alberga un trasfondo de denuncia y un cúmulo de metáforas que permite entenderla como una propuesta del Cinema Novo del pasado siglo tamizada por el paso del tiempo y la diferente situación social. Es cierto que en Brasil aún existen favelas y que las desigualdades son patentes, pero esa realidad se palía de algún modo por el menor éxodo de la población rural a las grandes ciudades y el mayor índice de alfabetización de su gente.

Doña Clara vive en el edificio Aquarius y se muestra feliz por ello. El problema es el voraz mercado de bienes raíces en una época en que la burbuja de la construcción no dejaba tíetres con cabeza. Tiburones urbanos cuando, en la playa donde acude a bañarse a la protagonista, el socorrista Roberval –Irandhir Santos- vigila con detalle sus movimientos junto a un cartel que avisa de la posibilidad del ataque de algún escualo. El paralelismo a un lado y otro de la playa es evidente, pero no el único. El momento político del país estaba especialmente agitado a causa de la corrupción, y las autoridades vieron en el film de Mendonça Filho un ataque a quienes, en ese momento, dominaban las instituciones.

La película se divide en tres actos. En el primero, el más corto, se muestra la fiesta por el setenta aniversario de la Tía Lucia –Thaia Perez-. Tiene lugar en 1980, cuando Clara –ahora interpretada por Bárba Colen-, felizmente casada y madre de una niña, acaba de superar un cáncer de pecho. Se evocan los cambios experimentados en el país y la homenajeada rememora, mediante insertos de escenas explícitas, la revolución sexual. Pasamos a una época actual la que la protagonista ha cambiado sus preferencias musicales por composiciones más íntimas, aunque sigue prefiriendo el vinilo, en otra metáfora de la singularidad de  doña Clara, de la isla que significa en medio de la vorágine especulativa.

A diferencia del personaje de su tía, ella, con cinco años menos, es una mujer joven, actual. En su estados de viudez busca compañías masculinas, aún con la rémora de la ausencia de uno de sus pechos, circunstancia que provoca rechazo. Tampoco le importa contratar a un gigoló, mientras asiste impertérrita al acoso de la constructora. Después, la vemos en compañía de su hija Ana Paula –Maeve Jinkings-, su sobrino Tomás –Pedro Queiroz-, la novia de éste, Julia –Julia Bernat-, así como de otros familiares. El edificio Aquarius luce ahora con otro color en su fachada, pero sigue conservando su encanto con respecto a las moles adyacentes, tanto en el exterior como en el interior del piso en el que se desarrolla buena parte de la acción.

A pesar del metraje, 140 minutos, el relato no pesa. Fundamentalmente por la exhibición de la gran dama del cine brasileño, Sonia Braga, que muestra su buen hacer profesional, aunque haya quien piense que encara con cierta altivez su personaje. Probablemente, peca de suficiencia. Con un papel bien dibujado y una actriz como ella, Mendonça Filho no necesita hacer muchos alardes. Se limita a filmar con precisión la historia de una mujer única, centrada en sí misma, sintiendo lo que pasa a su alrededor pero sin que afecte demasiado a su forma de vida. Al mismo tiempo, pasa por delante de nuestros ojos la renovación de Brasil, y especialmente Recife, la ciudad querida por el director. No en vano, su anterior largometraje –Sonidos de Barrio-, tiene como epicentro a esa ciudad, al igual que la mayor parte de sus documentales.

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From → Cine

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