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La comunidad de los corazones rotos (Asphalte) (***1/2)

13 marzo 2017

En un inmueble de un barrio periférico de Paris se suceden tres historias protagonizadas por otros tantos vecinos. Desde el avaro que sale a comprar de noche y encuentra a su posible alma gemela, hasta el joven desarraigado que se topa con una actriz cuya estrella ya palidece, pasado por la mujer de origen árabe que alberga en su casa a un astronauta perdido.

Recuerdo el debut de Samuel Benchetrit en el Festival de San Sebastián de 2003 cuando, gracias a Janis y John, el español Sergi López se encontró con su primer papel protagonista. Desde entonces, el cineasta francés ha firmado un largometraje cada cuatro años hasta llegar al que, por el momento, en el mejor de su carrera. Probablemente, tenga algo que ver que está basado en el primer volumen de su propia autobiografía y que se haya volcado por completo en un relato aparentemente surrealista pero lleno de ternura y, sobre todo, de amor.

Comienza con una reunión de vecinos y Sterkowitz –Gustave Kervern- oponiéndose a satisfacer la derrama correspondiente para arreglar el ascensor porque vive en un primero y no lo usa. Llegan a la conclusión de que todos los inquilinos, salvo él, al que se le prohibirá el acceso al elevador, se ocuparán de la obra. Poco después, sufre un infarto y se ve impedido con su silla de ruedas a subir y bajar por las escaleras. No le queda más remedio que usar el ascensor a hurtadillas y salir a comprar por la noche a un centro hospitalario próximo en el que encuentra a una enfermera –Valeria Bruni-Tedeschi- que bien pudiera convertirse en el amor de su vida.

En otro piao vive Charly –Jules Benchetrit, hijo del director-, un joven desarraigado, drogadicto ocasional y que tiene amigos parejos a él a quien saluda pero sin intercambiar palabra. Enfrente de su puerta  llega para quedarse Jeanne Meyer  -Isabelle Huppert-, una actriz a la que parece que su estrella se ha marchado en otra dirección. Cuando se deja sus llaves dentro de su propia vivienda, Charly acude en su ayuda reclamando la presencia de otro joven, Dedé –Mickaeël Graehling-, todo un especialista en esas lides. La relación entre los dos inquilinos irá en aumento hasta desembocar en una clara complicidad.

Finalmente, en la historia más surrealista, Madame Hamida –Tassadit Mandi- una mujer de origen árabe se encuentra a un astronauta de la NASA al que da cobijo. John McKenzie –Michael Pitt, está perdido en la Tierra y Hamida le da de comer y lo mima como si se tratase de su propio hijo, el mismo al que acude puntualmente a visitar a la cárcel. Es una mujer de buen corazón y hospitalaria, capaz de extender su amor filial al norteamericano.

Las tres narraciones se entrecruzan para conformar una sola, con ruidos persistentes que operan a modo de nexo en un film redundante. Tanto, que esa reiteración se aprecia en las relaciones personales y en esa pérdida de agua en la cocina de la mujer árabe que el navegante espacial procura arreglar sin conseguirlo. Se trata, en fin, de tres historias de amor, un amor visto desde diferentes ángulos y expresado de manera diferente. Los tres pueden coexistir, e incluso compenetrarse.

También es un relato de soledad. Los protagonistas de cada una de las narraciones se encuentran sin nadie alrededor. El avaro judío no confía en nadie, y mucho menos en sus vecinos; Charly no tiene familia, pero se ablanda en cuanto hay una persona que le demuestra afecto y que comparte con él sus ilusiones; A Hamida se le viene la casa encima sin su hijo, pero se aferra al recién llegado, por muy estrafalario que sea con su orondo traje blando. Es su E.T. particular, quien ha venido a redimir su obsesiva dependencia.

Existe otro denominador común, la situación donde viven esos seis personajes tomados de dos en dos, o esos tres ejemplos de amor que abarcan los estereotipos más comunes: el lugar. Los hechos trascurren en torno a un inmueble impersonal, monocolor, en un barrio marginal de las afueras de París. El banlieu, como se le conoce a este tipo de suburbios. El edificio está rodeado de un mar de asfalto que parece no conducir a ninguna parte aunque la autopista pase lamiendo la cuneta. Aparentemente, a nadie de fuera le importa ese lugar, mucho menos sus inquilinos, y prácticamente nada sus sentimientos. Aunque se trate de convencionalismo que se dan cita en cualquier momento y en todo lugar. Por eso, siendo una película sencilla, la apuesta es cautivadora, con un guion trabajado, una puesta en escena sólida y un reparto destacable, en especial Tassadit Mandi, que se eleva sobre un reparto de lujo, en el que encontramos profesionales tan prestigiosos como Isabelle Huppert.

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