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El balcón de las mujeres (Ismach Hatani) (***)

17 marzo 2017

En un barrio de Jerusalén, cede el balcón donde habitualmente siguen las mujeres los oficios religiosos. Un nuevo rabino ultra ortodoxo pretende ocupar el puesto del viejo titular y reprende a las féminas acusándolas por sus pecados y culpándolas del accidente en el edificio. Cuando se reforma el lugar se echa en falta el habitáculo reservado para ellas.

Habitualmente, no suele haber ejemplos de comedias que traten de forma justa y sensata la igualdad entre hombre y mujeres. Se suele recurrir más al drama, lo que lleva inevitablemente a decantar la balanza de forma ostensible. Mantenerse ecléctico y mostrar al mundo que los extremos religiosos pueden ser reconducidos sin que nadie pierda en el intento, es el mérito de este film escrito por Schlomit Nechama, ex esposa del director, Emil Ben-Shimon, que firma un primer largometraje fresco y lleno de detalles que merece la pena observar.

La película se abre y se cierra con dos oficios religiosos, un bar mitzvah, cuando a los trece años un varón asume sus obligaciones religiosas, y una boda. Al primero, acuden con sus regalos los componentes de unas cuantas familias que viven en el mismo barrio y frecuentan idéntica sinagoga, la dirigida por el rabino Menashe –Abraham Celektar- y de la que es gerente Aharon –Itzik Cohen-. Es el momento del protagonismo para el hijo de Zion –Igal Naor- y Ettie –Evelyn Hagoel-. Los personajes acuden a la llamada con alegría a los acordes de la festiva música compuesta por Ahuva Ozeri.

Durante el acto, cuando la sobrina soltera de Ettie –Yafit Asulin- cede su plaza en el balcón que ocupan las mujeres en la parte superior a la mujer del rabino, la galería se viene abajo y provoca un serio percance. La rabina, en estado de coma, es internada en el hospital con el consiguiente deterioro de su marido, un estudioso de la torá, que parece haber perdido la razón. Además, el templo, que amenaza ruina, es clausurado por las autoridades.

El problema es que se necesitan más de cuatro personas para orar de forma colectiva, y los varones, que a duras penas  han encontrado un lugar disponible, no suman más de ese número. Afortunadamente, entra en escena el rabino David –Aviv Alush-, un ultra ortodoxo de fácil verbo que asume las tareas de reconstrucción de la sinagoga en la confianza de que pueda ocupar el puesto del anciano Menashe. Mientras, su discurso va calando entre los hombres de la comunidad. Aboga por la rectitud moral de las mujeres, que apenas debieran salir de casa y mostrarse siempre con la cabeza tapada. Ellas no deben estudiar la torá, sostiene, porque ellas mismas son la torá.

Cuando la sinagoga es restaurada, todos acuden con alegría, pero las mujeres se llevan una sorpresa mayúscula al echar en falta el balcón reservado para ellas. Sus maridos aducen falta de presupuesto, a lo que ellas reacciones efectuando una colecta para conseguir su propósito. Magnífica la secuencia en la que Ettie y Margalit –Einat Sarouf- negocian con un contratista. Es entonces cuando el rabino David, que pretende destinar ese dinero para nuevos rollos de su libro sagrado, les insta a mirar en su interior. Afirma que, tal vez, por sus pescados, cedió la balconada. Una hipótesis que obliga a las féminas a colaborar en conjunto para enfrentarse abiertamente al ministro de Yahvé. Esta vez, no se trata de una guerra de sexos, sino de posturas religiosas.

La acción se desarrolla en un barrio de Jerusalén, pero la ciudad apenas importa. Sí que resultan más significativas las estrechas callejuelas en las que habitan los protagonistas. Hay momentos, especialmente al principio, en que Ben-Shimon los retrata como si formaran parte de un gran cuerpo de baile. Cuando todos se juntan en dirección a la sinagoga conforman una procesión alegre y esperanzadora. Una auténtica novedad en estos movimientos grupales.

Con una fotografía diáfana de Ziv Berkovich, el film no muestra a través de sus registros los distintos estados de ánimo, sino las sensaciones de unos u otros, de hombres y mujeres. Ellos, vestidos de oscuro adusto, para dar sensación de angustia y gravedad; ellas, muestran más alegría en sus modelos, sin dejar por ello de ser recatadas, como se corresponde a mujeres de mediana edad o a una joven casadera que busca próximo marido a través del decoro. En esa misma dirección se coloca la cámara, que alterna planos tradicionales con otros más arriesgados, incluidos algunos cenitales de los que no se abusa. Todo ello redunda en beneficio de una comedia original dentro de su simpleza que se ve con complacencia. Contiene algunos hallazgos significativos como la secuencia en la que ellas abren sus paraguas multicolores, mucho más próxima a una coreografía que a una propuesta ortodoxa.

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From → Cine

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