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Una historia de locos (Une histoire de fou) (***)

23 marzo 2017

En 1921 un activista asesina de un tiro en la nuca a un ex dirigente turco, responsable entre otros miembros del Gobierno de su país del genocidio de más de un millón y medio de armenios cristianos. Tres generaciones después, renacen los ideales por restaurar a la gente exiliada en los terrenos de Anatolia.

El veterano cineasta Robert Guédiguian ha practicado en una buena parte de su obra un cine abiertamente militante. De origen armenio, no ha desperdiciado la ocasión de proclamar a los cuatro vientos la opresión sufrida por su pueblo durante el siglo pasado. Comienza esta historia con una cita del escritor israelí David Grossman, quien afirma que los momentos más importantes de la historia se dirimen en las cocinas o en las alcobas de los niños. Más adelante, emparentará la lucha de los cristianos armenios con los palestinos de Yaser Arafat, considerando a los turcos como opresores y fascistas.

En el período situado entre guerras, cuando Adolf Hitler comenzaba a hacerse notar, Soghomon Tehlirian –Robinson Stévenin- dispara a sangre fría de forma premeditada al ex ministro turco Talat Pasha, uno de los responsables del genocidio que concluyó con más de millones y medio de armenios cristianos desplazados y asesinados. Es difícil retratar mejor los distintos puntos de vista que como lo hace Guédiguian a lo largo de un juicio, filmado en blanco y negro, por el que el jurado terminó considerando que Tehlirian habían matado al mandatario otomano pero que, al mismo tiempo, lo consideraba inocente.

La acción se desplaza a tres generaciones posteriores. Una abuela que vive en Marsella canta a su nieta una canción que recuerda la masacre a pesar de los reproches de su hijo, Hovannés Alexandrian –Simon Abkarian-, descendiente del propio Tehlirian. Su primogénito, Aram –Syrus Shahidi- no está por la labor de ser condescendiente, mucho menos cuando las autoridades francesas reprimen a sus congéneres a instancias del embajador turco. Asistimos de esta forma a las actividades de ASALA –Ejército Secreto Armenio para la Liberación de Armenia-, que cometieron diversos atentados en varios países para llamar la atención de su causa.

Aquí es donde entra en juego un periodista español, José Antonio Gurriarán, quien el 30 de diciembre de 1980 reclamaba la presencia de un compañero fotógrafo del diario Pueblo para informar de un acto terrorista que había afectado en un edificio próximo a las dependencias de Swissair. De repente, otro estallido se produjo prácticamente a sus pies con el resultado de nueve heridos, entre ellos el  reportero gallego. Posteriormente, se interesó por los autores del atentado, llegando a viajar al Líbano donde se vio cara a cara con los líderes de ASALA. Su experiencia la reflejó en un libro titulado La bomba, en el que se basó libremente Guédiguian para completar su guion.

En la película, en uno de los ataques de los activistas armenios resultó herido un ciclista, Gilles Teissier –Grégoire Leprince-Ringuet -, que se queda inhabilitado de ambas piernas. Anouch – Ascaris Ariane, esposa y musa del director-, la madre de Aram, compadecida, decide visitarlo en el hospital. Poco después, hace lo propio el terrorista, quien decide abandona la línea más violencia que había abrazado por su relación con Anahit –Razane Jammal-. Ambos son los protagonistas de una de la sub historias  menos interesantes del film, presentado en la última edición de la SEMINCI vallisoletana.

Comentábamos al principio la inclinación al cine militante del responsable de este film. Ese aspecto es, precisamente, uno de sus mayores problemas, ya que no enjuicia los hechos con frialdad, sino que muestra una inclinación clara por la causa armenia. La producción de muy buena factura técnica, incluida la fotografía de Pierre Milon y la partitura de Alexandre Desplat, peca en algunos pasajes de panfletaria. Lo hace, además, sin subterfugios. Va directamente a buscar la identificación del público con las reivindicaciones de sus antepasados.  Es cierto que el genocidio armenio, que en la historia universal ha pasado bastante desapercibido, es deleznable. Tampoco es muy recomendable hacer apología de acciones violentas para reclamar unas pretensiones, por otra parte absolutamente justas.

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From → Cine

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