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Todo mujer (*1/2)

1 mayo 2017

Amalia vive en un palacete de Segovia que se convierte poco a poco en ruinas cuando se le diagnostica una enfermedad cerebral que la obliga a vivir al límite de la realidad. Ella y su alrededor se desmoronan. Cuando todo parecía perdido, decide recoger a un mendigo, lo que cambiará su vida y la llenará de esperanza.

La casa solariega en la que vive Amalia se desmorona; ella, también. No en vano vive en Segovia, ciudad que otrora fue hábitat usual de monarcas y cuyo casi olvidado esplendor lo recuerda altivo su Alcázar. El de la protagonista es un palacete en el que deambula como alma en pena tras habérsele diagnosticado una enfermedad cerebral por cuya consecuencia vive al límite de la realidad.

Su responsable, Rafael Gordon se considera a sí mismo un discípulo de Luis Buñuel, y sus personajes tienen un toque innegable del maestro aragonés. Otra cosa muy distinta es que la historia se quede muy por debajo de la propuesta fílmica. Por ejemplo, el excesivo protagonismo de su anti heroína deja sin manifestarse a otros personajes secundarios, como el intruso enamorado –Miguel Torres García- que permanece oculto en la vivienda y que aporta el toque surrealista buscado por el creador pero que únicamente encuentra a cuentagotas.

Amalia es la única razón de la película, y ésta se eleva gracias a la aportación de una talentosa actriz, Isabel Ordaz, que cuaja la mejor interpretación de su carrera ante las cámaras. La conocíamos más por su vena humorística en la pequeña pantalla, pero absorbe el personaje y lo hace suyo. Se luce en el drama y también en los finales de algunas secuencias en los que Gordon introduce una nota de humor que sirven para aliviar la tensión acumulada.

Describe el cineasta madrileño lo que podríamos llamar la caída del imperio. La de la vida misma, la de cualquier existencia personal que ve como se escapa el tiempo y lo sufre también en todo aquello que le rodea. Hay lugar para la esperanza, que puede llegar por cualquier hecho nimio, como recoger a un mendigo en la calle –Alfonso Arranz Lago-. Una decisión que toma al percibir que tiene menos recursos que ella, quien sobrevive gracias al huevo diario de una gallina ponedora. En cuanto a las misivas de la Agencia Tributaria, las rompe sin ni siquiera leerlas. Todo le resbala, especialmente en su estado al límite del ensueño y la realidad.

También tiene una hija –Julia Quintana-, cuya aportación es mínima, y una amiga, Erika –Arantxa de Juan-, el segundo personaje mejor definido, que aparece junto a su hija Cecilia. La niña, con su deficiencia, suma en favor de las quimeras de Amalia y de sus locuras transitorias más extravagantes. Personajes, en fin, a caballo entre el surrealismo y el esperpento valleinclanesco alimentados por el desencanto.

Una película difícil, que pesa en su propuesta porque le resulta casi imposible retroalimentarse, y que también pesa en su contenido porque el dramatismo cabalga a lomos de la desesperanza y eso termina por afectar al espectador. A la mejor película firmada por Rafael Gordon le falta creérselo. Ese impulso de ir más allá y firmar una historia personal, profunda y completada por unos personajes adyacentes más construidos que esbozados. El film es, sobre todo, Amalia, y Amalia es Isabel Ordaz con algunos tintes de Buñuel y unas gotas de neorrealismo.

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From → Cine

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