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Boris sin Béatrice (Boris sans Béatrice) (**)

21 mayo 2017

Un empresario de éxito ve como su esposa, un alto cargo del Gobierno, cae en una profunda depresión que le impide hablar y caminar. Decidido a hacer un alto en su vida para cuidarla, no abandona sus deseos carnales con otras mujeres y continúa con sus problemas de relación con su madre y su hija.

Hablada en francés, inglés, ruso y algún idioma más. Un aparente caos, como con el que se inicia el último film del canadiense Denis Côté. Con este trabajo acudió a la Berlinale, donde no encontró un respaldo mayoritario pese a que se trata de un cineasta muy personal, que no suele dejar a nadie indiferente. En este caso, su propuesta se centra en un hombre de mediana edad, elegante y atractivo, que camina por la vida con altivez. Su egocentrismo y su orgullo no le permiten pensar en algo o alguien más que no sea él. Lo advertimos, tras una secuencia inicial en la que espera un helicóptero en un campo verde, cuando acude a una tienda de lujo a comprar unas camisas y se manifiesta tal y como es: petulante, engreído y displicente.

Boris Malinocsky –James Hyndman-, un emigrante ruso,  ha decidido hacer un alto al frente de su exitosa empresa para atender a su esposa Béatrice –Simone-Élise Girard-, miembro del Gobienro canadiense, que ha caído en una depresión tal que apenas le permite hablar y desplazarse. Pero el protagonista no abandona sus vicios ni los aspectos más detestables de su personalidad. Los más importantes, su orgullo y su bragueta fácil. Continúa viéndose con Helga –Dounia Sichov-, una de sus empleadas, que mantiene una relación estable con su pareja-, e intenta acercase sexualmente a Klara –Isolda Sychauk-, una muchacha de origen ruso contratada para atender a su esposa, lo que finalmente consigue.

Tampoco muestra un acercamiento lógico con su madre –Louise Laprade, ni con su hija Justine –Laetitia Isambert-Denis-, fruto de un matrimonio anterior. Con la primera, se muestra alejado y a la segunda no la comprende. Es la antítesis de sus creencias, ya que ella se muestra como activista convencida contra las injusticias sociales. Vive junto a una pareja de actores que representan dos deidades de la mitología griega y cuya presencia en el film parece una distorsión dentro del conjunto. Solo en apariencia, porque el autor tiende a enlazar su historia con elementos clásicos, desde ellos a la misma Béatrice, la enamorada imposible de Dante. Otra cosa es que la apuesta le haya salido bien y que lo haya arriesgado todo al negro cuando, en realidad, ha salido el rojo. Tanto, que ni te duele el mal de la esposa ni sientes algún calor por el marido.

Es la espiritualidad frente al raciocinio más mundano. Por eso, el propio Boris se enfrenta a un demonio interior, a la voz de su conciencia o al coro de los autores clásicos representados por un desconocido –Denis Lavant-, quien le advierte de que todos sus males, concretados en la enfermedad de su esposa, se deben a sus devaneos y a su forma de ser. Al personaje central no le queda más remedio que buscar el camino de la redención si quiere que su existencia sea mucho más apacible. Sintetizar todos los problemas en su orgullo y en el adulterio parece extremadamente baladí, aunque la buena fotografía hiperrealista de Jessica Lee Gagné y la interpretación de James Hyndman consiguen dulcificar un conjunto que se mira demasiado al ombligo y es menos competente de lo que indica su aparatosa superficialidad.

La primera secuencia del helicóptero, vista desde fuera parece una de las muchas alegorías que se muestran en esta producción, la mayoría de ellas no demasiado conseguidas. En un ingenio de ese tipo aparece el primer ministro, encarnado por el actor y cineasta Bruce La Bruce, quien viene a certificar que Béatrice es un miembro importante de su ejecutivo y que esperará por ella hasta que se recupere. Después, al autogiro aparece nuevamente al final. Salvo en el inicio, el aparato no se centra únicamente en el trajeado y elegante Boris, sino que da nuestras de su cambio y su mayor integración en la sociedad y el entorno. Si ese es el camino que pretende mostrarnos Denis Côté resulta tan ambiguo y rebuscado como otros incluidos en sus planteamientos más o menos encriptados a lol argo de su puesta en escena.

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From → Cine

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