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Selfie (**1/2)

21 junio 2017

El hijo de un ministro al que sacan de su domicilio acusado de diversos delitos se encuentra en la calle de un día para otro. El problema es que el chico, acostumbrado al boato y al dinero, es un inepto en cualquier disciplina. Con una mano delante y otra detrás, encontrará refugio en el barrio de Lavapiés entre jóvenes de Podemos.

Más de una vez son los humoristas quienes, entre risas, nos cuentan las verdades del barquero. Eso es lo que hace en su tercera película Víctor García León a través del retrato de su protagonista. Deja atrás los personajes estudiados con profundidad para mostrarnos unos retratos robot de gente de hoy y así, por si no lo sabíamos, descubrimos como es la España actual, que intenta salir de los maniqueísmos  y ciertos corsés a los que ha estado encajada durante décadas.  Rodada en formato de falso documental, el inicio es arrollador y ciertamente atractivo. Lástima que se trate de una propuesta que termina por cansar al espectador y, con buen acierto, el cineasta la va diluyendo y, con ello, perdiendo fuelle.

Bosco –Santiago Alverú, en su primer trabajo ante las cámaras-, tiene una novia, Paula –Clara Alvarado- a la altura de sus expectativas. El día de su cumpleaños, un amigo cámara cuenta visualmente todos sus actos. Al presentar la tarta, por televisión se anuncia que su padre, ministro del Gobierno, ha sido detenido acusado de malversación de fondos públicos, blanqueo de capitales, y otros delitos económicos. Bosco es un pijo, y además ingenuo. Piensa que se trata de un malentendido, que a su padre le quieren mucho, prueba de ellos son los potentes automóviles de su garaje, y que estará de vuelta a casa en un par de horas.

Nos enseña el centro donde cursa n master carísimo. No sabe las asignaturas que imparten, pero sí que junto a él están los hijos de la flor y nata de la sociedad, con los que trabajará en el futuro. Su casa, normalita, con sus grifos y eso. Todo lo normal que puede ser un chalé en La Moraleja. Un mundo idílico que se le derrumba cuando, a la mañana siguiente, los muebles han sido confiscados, su madre se ha ido a casa de un amiga y su hermana a Nueva York, con su novio. Además, se ve desahuciado del que hasta entonces fue su hogar.

Se produce la caída en barrena, su novia le rechaza, sus amigos le vuelven la espalda y apenas recibe un mínimo de caridad por parte de la empleada social sudamericana a la que trataba con desdén. Su único refugio termina siendo el barrio de Lavapiés. Gracias a una militante invidente de Podemos, Macarena –Macarena Sanz-, encuentra acomodo en casa de Ramón –Javier Caramiñana-, un estudiante que no estudia, y empleo en un centro de disminuidos psíquicos, donde pronto llegará también un subsahariano mucho mejor preparado que él, incapaz de hacer la o con un canuto.

José Mota podría haber firmado ese personaje, una contradicción en sí mismo, como lo es el país que refleja. La sociedad actual queda desenmascarada en la mirada de García León, divertida, entrañable, y hasta cierto punto dolorosa. También superficial. Hay para todos y ninguno sale bien parado, pero el postulado que quiere hacernos ver el creador  no consigue su objetico porque él cae en las mismas redes. Pretende demostrar que el maniqueísmo se ha terminado, aunque enfrenta a dos mundos polarizados. No sólo izquierda y derecha, sino también jóvenes y mayores, capital y trabajo con emolumentos casi miserables.

Con la aportación en pantalla de Esperanza Aguirre e Íñigo Errejón como ellos mismos, nos ofrece la visión de jóvenes escasamente preparados, tanto de un lado como de otro, de un Podemos en los que solo parece haber sitio para los menores de treinta años y un Partido Popular repleto de seguidores de la tercera edad.  Los chicos de derechas se llaman Paula, Bosco o Borja, los de izquierdas tienen nombres menos sofisticados, como Macarena, Blanca, Ramón, Pablo o José.

Ganadora en Málaga del Premio Especial de la crítica y de una Mención Especial del Jurado, la película sorprende y agrada mucho en sus inicios. La risa fácil se produce por el anacronismo de su protagonista, que ha de enfrentarse a una sociedad que desconoce, habiendo vivido hasta el momento en una irreal burbuja complaciente.  Duele que sea así, aunque sonriamos con su experiencia primera en el metro o su presencia en barrios menos favorecidos con respecto a los que se ha desenvuelto hasta entonces. También se produce un sabor agridulce en el comportamiento de la otra ribera política, de la posición con respeto al machismo o a la inmigración. García León pretender ser políticamente correcto y reparte estopa para todas las partes, pero no puede mantener el ritmo y su propuesta cae cuando se abraza al romanticismo y deja más de lado la sátira.

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