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Valerian y la ciudad de los mil planetas (Valerian and the City of a Thousand Planets) (**1/2)

19 agosto 2017

En el siglo XXVIII, Valerian y Laureline se embarcan en una misión a la ciudad de Alpha, una metrópoli en constante expansión situada en el espacio y en la que conviven humanos y humanoides que han compartido durante siglos conocimientos y culturas. En el centro de ese ingenio planetario se esconde un misterio que amenaza la paz reinante.

Hace medio siglo que aparecieron publicadas las primeras viñetas de una serie de historietas gráficas protagonizadas por Valerian y Laureline. Se trata de dos miembros destacados del Servicio Espacio-temporal, que tienen como objetivo neutralizar las amenazas contra el planeta Tierra y evitar las paradojas temporales. Los relatos de ciencia ficción fueron creados por el guionista Pierre Christin, el dibujante Jean-Claude Mézières y la colorista Évelyne Tranlé. Andando el tiempo, los dos protagonistas se convirtieron en una especie de mercenarios intergalácticos dispuestos a ponerse al servicio del mejor postor.

Partiendo de estos relatos, el atrevido Luc Besson, a través de financiaciones particulares, ha firmado la película europea independiente con el mayor presupuesto de la historia. Hay que aplaudir del cineasta francés su interés por no repetirse. Maneja diversas apuestas e incursiona en terrenos que muchos rehúyen. En 1997 estrenó El quinto elemento y consiguió una interesante obra de ciencia ficción donde la puesta en escena superaba con mucho a la historia, salvada mínimamente por algunos toques de humor. Ahora repite en el género aunque seríamos injustos si clasificásemos ambas películas en el mismo cajón. Hay una evolución lógica en casi todo. No así en el guion, en los diálogos y en la elección del castin, muy por debajo del film protagonizado por Bruce Willis.

Valerian- Dane DeHaan- y Laureline -Cara Delevingne- protagonizan la historia romántica de esta propuesta y también la parte más atractiva de la acción. Al primero se le encarga recuperar un convertidor, el último de todo el Universo. Poco después, ambos deben embarcar a la ciudad de Alpha, una metrópoli en expansión donde conviven humanos y humanoides y cuya seguridad está controlada por las fuerzas terrestres. En el centro de esta gran concentración de vida parece que hay un problema grave. Se habla de una fuerza desconocida que se va extendiendo y que Arün Fillit –Clive Owen, comandante de los dos protagonistas, quiere ver solucionado cuando antes.

Previamente a estas acciones, Valerian ha tenido un sueño. Se trata de imágenes telepáticas enviadas por un habitante de un planeta idílico, con playas maravillosas en las que sus habitantes convierten en energía unas perlas que son replicadas por sus mascotas. Se conoce por el nombre de Mühr, y constituye un mundo idílico y maravilloso que es destruido por una especie de bomba del juicio final.

Esos momentos de cine son prácticamente impagables. Besson consigue imágenes sugerentes, fascinantes, con un poderío visual incuestionable. Hay imaginación y clase, una auténtica sinfonía espacial, una ópera maravillosa que, sin embargo, rechina un tanto porque la propuesta del director parece no engarzar convenientemente con la música de Alexander Desplat. En cuanto al elenco artístico, si bien el dúo protagonista parece en fuera de juego, principalmente De Haan-, lo cierto es que su responsable ha conseguido un reparto atractivo, en el que figuran Ruger Hauer como el Presidente de la Federación Estatal Mundial, Ethan Hawke y John Goodman. Además, ha contado con el concurso de dos músicos importantes. Herbie Hancock es el Ministro de Defensa, y Rihanna, uno de los principales reclamos del film, aparece como una artista que cambia de forma en una secuencia ridícula que aporta muy poco al conjunto.

Y es que después de la sorpresa inicial, con poco más de media hora admirable, todo se viene abajo. Los pretendidos mil planetas se transforman en mil órbitas con la película girando en círculos prácticamente concéntricos, que avanza muy poco y, si lo hace, se ve venir desde muy lejos. Emocionalmente, se queda muy lejos de lo ofrecido en El quinto elemento, aunque visualmente la supere de largo en una hipotética carrera de velocidad y también de fondo. El autobús flotante puede ser un guiño al pasado. Todo lo demás es moderno, tendente a lo visionario y con una calidad fotográfica en la que Thierry Arbogast  se postula para ganar muchos premios internacionales por su trabajo. No compensa la ralentización que se siente en el patio de butacas. Aunque siga la historia con cierto interés, senota de inmediato  como, según pasan los minutos, el film está más cerca de un aterrizaje forzoso que de elevarse al confín del Universo.

 

From → Cine

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