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Parada en el infierno (Stop Over in Hell) (**1/2)

30 agosto 2017

Parada en el infierno: Renace el espageti western

Un fuera de la ley conocido como El Coronel llega a una parada de diligencias del Lejano oeste. Allí siembra el terror entre los que regentan el establecimiento y dos viajeras que, además, son hermanas. El forajido espera la llegada de un convoy con un importante cargamento de oro.

Encontramos en esta propuesta de Víctor Matellano muchos de los parámetros que atribuimos al espagueti western: bandidos, secuestros, asalto a una diligencia, parada de postas… Faltan los pieles rojas y poco más. Su valor añadido, aparte de una buena factura técnica, reside en la modernidad del planteamiento, que recurre a las constantes de este tipo de propuestas en los últimos años, en los que se mezcla con decoro con otros géneros. Por ejemplo, el terror, el thriller o la violencia extrema, como sucede en este film, cuyo protagonismo se reparten dos hermanas –Tania Watson- y Veki Velilla- con un secreto recóndito, y un forajido sin escrúpulos apodado El Coronel. Este último, un auténtico diablo, será quien luzca con mayor fulgor porque es capaz de pasar de la bondad infinita a convertirse en el criminal más perverso. No se trata de una doble personalidad y sí de una clara esquizofrenia que permite a Pablo Scola lucirse como actor y demostrar su talento.

Se trata de papeles perturbadores, que exigen mucho a los componentes del reparto. Distan bastante de ser tan fiel a sí mismo como los dibujados por Quentin Tarantino en Los odiosos ocho. Comparten ambas propuestas la parada de diligencias, la espera, los arcanos que la mayoría de los personajes ocultan, y la violencia tan querida por ambos cineastas. El madrileño va incluso más allá, puesto que el thriller que promete la historia se acerca al terror o, por lo menos, al slasher. Sublima el crimen con secuencias que pueden herir la sensibilidad de algún espectador susceptible. Su inicio, con un puñetazo directo al rostro de un hombre, el vuelo de un grupo de carroñeras, y la presentación de El Coronel , suponen algo más que una declaración de intenciones.

Ernest –Denis Rafter- y Chris regentan una casa de postas perdida en el interior del Lejano Oeste. Esperan durar poco tiempo en el lugar. Lo suficiente como para conseguir algo dinero y cumplir sus sueños lejos de allí. La llegada de El Coronel y su banda, que  pretende hacerse con un cargamento de oro que está por llegar, desbarata sus planes y también el de quienes les rodean. A los caracteres descritos hay que unir los de una pareja de villanos compuesta por Cuba –Armando Buika- y Red -Marteen Dannenberg-.

Técnicamente, la cinta ofrece pocos resquicios. Daniel Salas Alberola saca muy buen partido a los escenarios naturales de Manzanares El Real, Titulcia, y parajes de Granada y Almería. Con ello se homenajea al espagueti western como también gracias a otros aspectos a los que aludiremos más adelante. Las canciones a cargo de Nat Simmons y Jack Jamison, unidas a la partitura de José Ignacio Arrufat, arropan y proporcionan mayor entidad a una propuesta que se nutre con los efectos especiales de Colin Arthur, a quien se puede recordar por su presencia en este apartado en La historia interminable.

Víctor Matellano ha sido generoso, probablemente exagerado, con sus incursiones en la violencia, al tiempo que el guion representa la parte más floja de esta producción que no deja de hacer guiños al pasado. De ahí la presencia en el reparto de Andrea Bronston, una de las hijas del mítico productor Samuel Bronston, que rodó sus películas más espectaculares en nuestro país, y de Enzo G. Castellari. Considerado uno de los padres del western europeo. Este cineasta, ocasionalmente actor, no se colocaba delante de las cámaras desde hace treinta años. Ahora se mete dentro de la piel de uno de esos charlatanes tan querido en el salvaje oeste, que pretende sobrevivir sin apuros en un mundo hostil al que sabe sacarle partido.

La parte española no se queda atrás en estos homenajes clarísimamente expuestos en la cinta. Guillermo Montesinos, Ramón Langa  o An tonio Mayáns, que en su día compartió las vaqueradas con el erotismo preconizado por Jesús Franco, dan paso al recuerdo de Conrado San Martín, galán español que triunfó junto a Sergio Leone, uno de sus mejores amigos. Junto a ellos, Manuel bandera, Tábata Cerezo y Nadia de Santiago. Tampoco podemos olvidarnos de Colmenar Viejo o La Pedriza, donde Clint Ewatwood se hizo notar en El bueno, el feo y el malo. Hay más ejemplos, como las evocaciones a otros directores o a títulos que perduran en nuestro recuerdo. Un cúmulo de razones para considerar Parada en el infierno como una producción entrañable a pesar de los riesgos que conlleva una puesta en escena muy personal aunque lógica si tenemos en cuenta loa filmografía de Martellano.

From → Cine

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