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Nuestra civilización agoniza, y el deporte lo demuestra

3 septiembre 2017

La decadencia actual de nuestra civilización es inversamente proporcional a los desatinos deportivos. Casi todas las disciplinas mayoritarias están desorbitadas y si no se les pone freno entraremos en una vorágine cuya espiral solo puede llevarnos a la autodestrucción.

Quienes no conocen la historia están obligados a repetirla. De las ruinas mayas recordamos las construcciones parecidas a un frontón donde se jugaba a una extraña mezcla de fútbol y baloncesto que consistía en meter el balón por un aro situado en lo alto de la pared. En la última etapa de su floreciente imperio, al mejor jugador del partido se le decapitaba con todos los honores.

Si la Antigua Grecia comenzó su declive cuanto más protagonismo daba a los atletas que se imponían en los distintos juegos repartidos por su geografía, qué decir de Roma y sus gladiadores, donde el pueblo disponía del último veredicto para salvarlos o que muriesen en la arena.  De ambas civilizaciones han llegado muchos vestigios hasta nuestros días, pero son los anfiteatros y los estadios, así como el Coliseo de la capital italiana los que primeros nos vienen a la mente, si exceptuamos el Partenón.

A este paso, de nuestra civilización actual llevan camino de salvarse, por lo que se refiere a España, el Santiago Bernabeu, el Camp Nou, San Mamés y poco más. Si hasta en los filmes de desastres que nos llegan de Estados Unidos, la sede del Parlamento británico resulta totalmente destruida, como la Torre Eiffel. Suelen quedar en pie una parte de la Casa Blanca y, desde luego, el estadio de los Nuew York Yankees.

El deporte es un fiel indicador del estado de salud de una civilización. Cuando un equipo de fútbol se gasta en fichajes solamente en un año lo que cuesta mantener el Hospital de La Paz durante seis meses es que algo falla. Cuando, en nuestro fútbol actual tenemos al Rey Cristiano, al Messías, o al Papa Francisco, según bautizaron los propios argentinos a Isco tras la exhibición de España ante Italia, seguro que hemos perdido el norte.

¿Tiene arreglo? Seamos optimistas. De momento, un techo salarial en el que nada tenga que ver la ingeniería financiera o los burdos engaños de retrasar al año siguiente la inclusión de una cierta cantidad en un balance, o de que sean algunos países quienes tengan la propiedad de una o varias sociedades deportivas. Por ejemplo, El Paris Saint Germain ficha a Kylian Mbappé pero, aunque lo pague ahora, su desembolso se asentará en sus libros la próxima temporada. Otro, el Barcelona pagó 105 millones por Ousmane Dembélé dejando en al aire variables tan asumibles como abonar diez millones si el  equipo de clasifica para la Liga de Campeones en las próximas cinco temporadas. En otro sentido, el Manchester City y la familia de Pep Guardiola tienen la mayoría de acciones del Girona, por lo que le trasvasan jugadores a voluntad.

Todo ello redunda en la calidad de la competición, que se siente adulterada por acciones mafiosas o de dudosa legalidad. Singapur, Baréin, Arabia Saudí, Catar, y los Emiratos Árabes en general, son dueños de equipos, de agrupaciones deportivas y hasta de conjuntos ciclistas, por mucho que les representen ciudadanos de a pie o líneas aéreas. Sólo la NBA parecía haber encontrado la fórmula, pero ya hay muchos jugadores de baloncesto que después de haberse dado el gustazo de jugar en esa competición una o dos temporadas vienen o regresan a Europa para ganar más dinero. Especialmente, el que se paga en Rusia.

O se pone coto urgente a los desmanes del deporte, o preferiremos un partido de fútbol a un hospital, un título continental o mundial por encima de las condenas al exterminio de un pueblo, y valoraremos más el coste de un fichaje igual al producto interior bruto de un país quebrado que las ayudas al Tercer Mundo. Por favor, que los responsables de las grandes competiciones tomen medidas. Únicamente de esa forma impediremos estos desmanes que llevan a la catástrofe. ¿Dónde mete el Real Madrid, una sociedad sin ánimo, de lucro el supuesto superávit? ¿Por qué el Barcelona, en unas horas de locura, llegó a preguntar si Mbappé estaba en el mercado viendo que sólo le costaba veinte millones más que la supuesta contratación de Philippe Coutiño?

Las enfermedades hay que atajarlas cuanto antes o, por lo menos, ponerles remedio enseguida. Nos preocupa más el tobillo de cristiano Cristiano Ronaldo, la rodilla de Leo Messi, el codo de James LeBron, o la muñeca de Vince Carter que la Corea del Norte de Kim Jong-un pueda detonar una bomba de hidrógeno.

From → Deportes

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