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Barry Seal: El narcotraficante (American made) (***)

4 septiembre 2017

Biopic sobre Barry Seal, un piloto comercial estadounidense que terminó sirviendo simultáneamente a la CIA y a los cárteles más poderosos de la droga. Una intervención suya en la Contra nicaragüense puso en jaque la presidencia de Ronald Reagan a consecuencia del acuerdo armamentístico conocido como Irangate.

Todos aquellos que pensábamos que Tom Cruise estaba cinematográficamente amortizado debemos revisar nuestras opiniones. Su presencia en este largometraje de Doug Liman, responsable de El caso de Bourne no es el mejor de los protagonizados por el actor de Siracusa, pero sí firma una de sus mejores actuaciones ante las cámaras. El binomio  formado por el intérprete y el cineasta logró un gran éxito comercial con Al filo del mañana, y con este nuevo título debieran de superarlo con creces porque ofrece un humor muy elevado y propone ciertas afirmaciones corrosivas a nivel político y comercial.

El personaje de Barry Seal, un piloto comercial de la TWA en los años setenta, le permite a Cruise reverdecer viejos laureles. Aquella sonrisa socarrona de sus primeros tiempos, potenciada por sus gafas de sol, y su aspecto físico de regreso a los años ochenta, cuando cruzó el Rubicón de la fama gracias a Risky Business, le elevan a uno de los puestos más altos del star system actual. A ello contribuye un rostro de adolescente que conserva contra viento y marea, aun en contra de sus 55 años, y el hecho de que tenga una compañera apasionada que le acompañe y que, como mucho, sólo cuente con dos décadas menos que él. En esta ocasión se trata de Sarah Wright (33), quien tiene que compartir los honores con la actriz y cantante Jayma Mays (38).

Pero no destaca únicamente Tom Cruise por su apariencia física en esta película que, al socaire del mejor Martin Scorsese, utiliza con acierto el flashback y la voz en off, al tiempo que inserta secuencias históricas que buscan reforzar la intención del guionista Gary Spinelli. En el texto se pone en entredicho la administración de Jimmy Carter, la de su sustituto Ronald Reagan, e incluso la del por entonces Gobernador de Arkansas, un tal Bill Clinton. En el caso del segundo, se le acusa directamente del triángulo de venta de armas conformado por Estados Unidos, la Contra nicaragüense e Irán, que estuvo a punto de desestabilizar su paso por la presidencia. Encontramos, incluso, a George W. Bush, encarnado por Connor Trineer.

La vida del carismático personajes cambia de forma radical cuando acepta la propuesta de Monty Schafer –Domhnall Gleeson-, un sombrío agente de la CIA que le ofrece sobrevolar una parte de del Continente situada más al sur con un pequeño avión equipado con un sofisticado equipo fotográfico. De esta forma inicia una actividad que le llevará hasta sobrepasado el primer quinquenio de la segunda década. Barry Seal, actuaba como mensajero entre la Agencia Central de Inteligencia y el propio General Noriega antes de que el cártel de Medellín le proponga pasar cocaína en sus vuelos de regreso. Luisiana era el destino de su equipaje.

Inicialmente las autoridades norteamericanas hicieron la vista gorda con respecto a los trapicheos del protagonista porque, a cambio, conseguían jugosas ventajas. Seal se codeaba no solo con Noriega, sino con el mismísimo Pablo Escobar y su ascensión era prácticamente como la de Jordan Belfort en El lobo de Wall Street. Cuando la DEA sigue sus pasos, es advertido por la CIA, y se refugia en una pequeña localidad de Arkansas hasta que desde Langley vuelven a contactar con él.

Ahora, el objetivo es los Contra. Envían al piloto con la intención de que les entregue un cargamento de armas, pero piensa que los componentes de la facción revolucionaria no son serios y termina ofreciendo su cargamento al cártel. Cuando sus mentores abandonan el programa, el protagonista queda en manos del FBI y la CIA. Sus días de gloria parecen estar contados, pero logra sacar un conejo de su chistera ofreciendo pruebas a la Casa Blanca de que los sandinistas son una pieza clave en el narcotráfico. Lo único que logra es aplazar su caída porque, a partir de ese momento, todos ponen precio a su cabeza.

Los que aventuraba como un blockbuster consigue ir mucho más allá. La acción no se detiene y el humor y la denuncia flotan a lo largo de todo el film, que incluye secuencias tan inesperadas como atractivas, incluido el momento es que la esposa de Barry vuelve a trabajar en un Kentucky Fried Chicken. El texto es muy válido y se nota el esfuerzo de Doug Liman por ajustarse a los parámetros visuales de la época hasta delimitar un thriller muy competente aunque sin alardes, porque tampoco es muy adicto a este tipo de ejercicios. Una historia, en suma, tan apasionante como rocambolesca.

From → Cine

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