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El lado oscuro del corazón (****)

6 septiembre 2017

Un  poeta busca por la calles de Buenos Aires y Montevideo a una mujer que le haga volar. La encuentra en un local de alterne de la ciudad uruguaya y vive con ella una historia de amor apasionada. Mientras, la muerte, enamorada del vate, pretende apartarlo de esa senda a la vez que actúa como su confidente.

Menos de nueve meses después del fallecimiento del responsable de este film, el argentino Ernesto Subiela, se repone en España este título que representa, con Hombre mirando al sudeste, la cima de su filmografía. Sus trabajos resultan difíciles de aceptar para una mayoría. El surrealismo, la metáfora y un universo descaradamente poético han sido las constantes de su obra, como también la sexualidad, El amor visto desde otro punto de vista o desde varios a la vez. Con sesenta y cuatro años rodó la que, tal vez, sea el film comercial más explícito de su país: No mires para abajo.

Subiela rodó en 1992 El lado oscuro del corazón.  Casi una década después se responsabilizaría de una segunda parte, que se desarrollaría en España y en cuyo reparto figurarían actores como Ariadna Gil, Santiago Ramos y Manuel Bandera. El protagonista es Oliverio –Darío Grandinetti- un publicista extravagante e insolente. Su aspecto exterior es, en realidad, lo que pretende ser. Con barba de unos cuantos días, pelo largo y desaliñado, se siente como un poeta que intenta conquistar a las mujeres con versos de Mario Benedetti, Oliverio Girondo y Juan Gelman.

La cinta toma un poco de cada uno. Desde el nombre del personaje central a la forma de comportarse, incluida la participación activa de un Benedetti recitando en alemán sus propios versos.  Oliverio está divorciado y gracias a su ex esposa –Mónica Galán- conocemos de primera mano sus ideas: quiere encontrar una mujer que le haga volar. No le importan que sus senos sean como magnolias o como pasas de higo. Lo que no le perdona a su pareja es que no sepa volar. Si es así, utiliza un resorte de su cama mediante el que arroja al vacío a su episódica compañera. El surrealismo, como cuando el rol principal habla con una vaca como si fuese su madre, y la metáfora se dan la mano.

El cine oscuro de Subiela se eleva en todo su esplendor porque la propia historia es sombría. No en vano la muerte acecha siempre al protagonista. Enlutada pero con un cutis reluciente –Nacha Guevara-, pretende que sea suyo, pero él está en otros menesteres más mundanos. La propia parca sabe que mientras Oliverio viva va a ser siempre de otra. Pasa por muchos abrazos. Féminas de todo tipo y condición. Incluso invidentes –Inés Vernengo- en su afán de encontrar la ideal. La única, quien de verdad se acerca a su meta, es Ana –Sandra Ballesteros-, a quien encontró en un local de alterne de Montevideo y que descubrió de inmediato la autoría de los versos con los que quiso deslumbrarla.

Con ella encontrará esa pareja con la que sentirá totalmente complacido. Sobrevuelan Buenos Aires mientras hacen el amor. Ella le libera de las cadenas de la realidad, le ilumina el lado oscuro de su corazón, aunque Ana le advierte que No veas una puta a la luz del día. Es como mirar una película con la luz encendida. La poesía está presente siempre en el film, pero se incluye dentro de él. Nunca aparece metida a calzador, ni cuando Oliverio regala versos más o menos lúcidos a cambio de comida o pide dinero en los cruces de caminos recitando ripios de escaso valor.

Contra todo pronóstico, la película tuvo éxito en su día. A pesar del sentido críptico de su autor. La sensualidad que provoca, su nivel cultural y la frondosidad opaca de la puesta en escena también le hicieron acreedora de diversos premios internacionales que destacaron al director y a los dos intérpretes principales. Con algunos minutos de más en su metraje, esta propuesta reúne todas las claves del pensamiento de Subiela, especialmente la amistad sincera y escasa, representada por los dos amigos de Oliverio, encarnados por André Melançon y Jean Pierre Reguerraz.

Eran años difíciles para la cinematografía argentina, cuyos autores buscaba aportación económica por donde fuera. En este caso, Canadá. Quizá por ello no se reprimió el autor en esculturas eróticas creadas por uno de esos amigos de juerga del protagonista, un pretexto para mostrarnos los sórdidos bares de determinados bonaerenses de la época. Siempre adornado con canciones interpretadas por Dalila, con participación  de Los Panchos, merced a una sugerente banda sonora firmada por Fito Páez, Mario Clavel, Osvaldo Montes y Chico Novarro. Casi todo en la película es convincente y, además, ha soportado muy bien el paso del tiempo, No se nota el cuarto de siglo transcurrido si pasamos por alto el aspecto físico de sus actores.

From → Cine

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