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Verónica (***)

16 diciembre 2017

Después de hacer una ouija con dos compañeras de clase, una adolescente es asediada por una presencia terrorífica que amenaza con hacer daño a los componentes más vulnerables de su familia. Verónica se ocupa de sus tres hermanos, ya que su padre ha fallecido recientemente y su madre trabaja sin descanso para sacar adelante a los suyos.

Madrid, años 90. Una llamada de socorro que procede de un inmueble situado en una barriada populosa. Llega la policía y comprueba que hay extraños símbolos en las paredes, puertas que se abren y cierran sin motivo, olores extraños y, cuando penetran en un cuarto y lo iluminan con sus linternas, se quedan boquiabiertos. La acción se retrotrae a tres días antes de los hechos para presentarnos a los personajes principales.

Partiendo del único informe policial español en el que se hace referencia a sucesos paranormales, Paco Plaza construye una historia en la que mezcla el terror con fantasmas y posesiones, pero también con la familia. El responsable de la saga Rec firma su mejor trabajo, competente desde el punto de vista formal, aunque dubitativo a la hora de diseñar sus personajes. Subyugante al principio, con la originalidad de huir de desvencijados caserones y situar la acción en un edificio normal, busca trazos más estereotipados conforme avanza la película. Pierde calidad desde entonces pero mantiene pero mantiene el ritmo y el atractivo.

En su informe, fechado el e7 de noviembre de 1992, el inspector José Pedro Negri relató en el llamado Expediente Vallecas, su experiencia al intervenir tras una llamada de auxilio procedente del número 8 de la calle Luis Marín, situada en el madrileño barrio de Vallecas. A partir de ahí, Paco Plaza elucubra sobre lo que podría haber llevado al desenlace. Todo parecido con la realidad puede ser pura coincidencia, pero puede resultar creíble. En un tiempo de muebles de formica, imágenes de acción en la pequeña pantalla, y Héroes del Silencio como grupo de referencia. Verónica –Sandra Escacena- se introduce durante un eclipse junto a dos compañeras en una especie de desván del colegio donde saca un tablero de ouija, que por aquel entonces podía encontrarse, incluso, en las jugueterías.

El propósito de Verónica es acceder al espíritu de su padre, fallecido recientemente. Un ente  del Otro Lado deja sentir su influencia y las chicas abandonan la sesión de forma abrupta. En su domicilio, la protagonista se ocupa de sus tres hermanos, las mellizas Lucía e Irene –Bruna González, Claudia Placer- y el pequeño Antoñito –Iván Chavero-. Su madre –Ana Torrent-trabaja en una cafetería próxima de sol a sol. Llega a casa cansada y Verónica, que echa en falta la familia paterna, ejerce de progenitora de los más pequeños y de ama de casa.

La relación de ella con sus amigas cambia desde entonces. Es la más afectada, ya que una presencia demoníaca le acecha y amenaza con hacer daño a sus hermanos. En el colegio, la ciega Hermana Muerte –Consuelo Trujillo- comprende a la muchacha y le dice que no se necesitan ojos para ver. Entre la religiosa y una enciclopedia de parapsicología, la protagonista comprende que cuando se hace una ouija hay que cerrar la sesión, un paso que no se ha producido y que por ello se requiere una nueva incursión en el tablero.

La propuesta no se queda únicamente en una sucesión de sustos, en la presencia terrorífica de fantasmas, o en las intrigantes posesiones. La religión está presente de manera constante en la cinta, pero también la familia, lo que desemboca en el pánico del paso de la pubertad al mundo adulto y en la desatención de los adolescentes, más palpable si cabe en estos tiempos. Cambiamos el padre fallecido por el divorciado, el trabajo que impide a sus progenitores conceder más tiempo a sus hijos y las facilidades de estos para acceder a cualquier sitio o acto. Nadie les avisa de los peligros, ni les asesora sobre cómo han de hacer las cosas. Todo lo que se empieza, hay que terminarlo.

Los silencios son importantes, pero sobre todo las miradas. Muy pocas actrices miran en el cine como lo hace Ana Torrent. Con su presencia, la cinta de Paco Plaza enlaza con El espíritu de la colmena o Tesis. También con Insidiuos en su parte más burda porque, cuando la película debe penetrar afondo en sus personajes y el entorno, se echa en brazos de lo fácil, del estereotipo. No mantiene el nivel aunque sí el interés. Paco Plaza ha madurado y se muestra como un director solvente, que sabe colocar la cámara y atrapar al espectador. Sus actrices le responden, aunque la debutante Sandra Escacena pierde enteros con su forma de entonar los diálogos. El resultado es un film distinto. Ejemplo de que el cine de terror no tiene por qué buscar lugares aislados para ser efectivo, aunque luce más en el plano doméstico que cuando ha de salir de nuestras fronteras.

From → Cine

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