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Columbus (***)

24 diciembre 2017

La arquitectura equilibrada

Un coreano llega a Columbus porque su padre, un arquitecto reconocido, se encuentra en coma. En la localidad de Indiana conoce a una muchacha que decidió aparcar sus sueños y no ir a la Universidad para ocuparse de su madre, una adicta que en cualquier momento puede provocarle un susto.

La ciudad de Columbus es la capital de Ohio, y recibe su nombre por el descubridor Cristóbal Colón. Sin llegar al medio millón de habitantes, es la localidad de Estados Unidos en la que se encuentran el mayor patrimonio arquitectónico de Estados Unidos por metro cuadrado. Recibe gran cantidad de curiosos e investigadores cada año atraídos por sus edificaciones. El modernismo tiene en ella su mayor exponente, con muestras de lo mejor de la escuela alemana Bauhaus, con Mies van der Roe al frente; la escandinava con ejemplos de Ero Saarinen y Alvar Aalto; Richard Neutra de la escuela austríaca; y construcciones con influencia de Le Corbusier, Sullivan y Frank Lloyd Wright. Aunque a Columbus se define como Ciudad de Los Arcos, estos quedan en segundo plano en este largometraje.

Siempre se ha dicho que la arquitectura y el cine han ido de la mano desde los primeros tiempos. Grandes cineastas han sido arquitectos o han dejado a inconclusa esa carrera. Kogonada nació en Corea del Sur y con ese seudónimo firma sus obras como artista, ensayista, y ahora también cineasta. Suya es esta sugerente ópera prima que habla de un director con ideas propias, que sabe colocar la cámara para obtener mayor beneficio a su propuesta y que, de seguir por este camino, será una de los referentes futuros del séptimo arte. La que nos presenta es una obra estudiada al máximo, con claras referencias cinematográficas de Ozu y Koreeda, a la que dota de una sensibilidad y una originalidad al alcance de muy pocos.

La primera secuencia nos remite a la Miller House, uno de los iconos de Columbus. Un hombre sufre un desvanecimiento y lo que ve el espectador es una secuencia prodigiosa, prácticamente simétrica y equilibrada. Hay muchos elementos para degustar porque el fondo parece dominar al primer plano y viceversa. Una idea original que se mantendrá a lo largo de todo el film, en la que se recurrirá a diversas imágenes relativas a la North Christian Church, el Irwin Bank and Trust, la Iglesia Baptista y la atractiva Biblioteca.

En ese lugar se encontrarán dos personas con inquietudes intelectuales. Jin –John Cho- es un estadounidense de origen asiático que viene de Corea porque su padre, un arquitecto famoso, se encuentra en coma. Es la persona que se cayó inesperadamente al suelo en el arranque. Jin traduce libros del inglés al coreano, y Casey –Haley Lu Richardson-, mucho más joven que él, es una muchacha que ha decidido no acudir a la Facultad de Arquitectura para estar más cerca de su madre –Michelle Forbes-, una adicta capaz de derrumbarse en cualquier momento por mucho que lleve una vida normal, incluido el trabajo y las charlas con su hija.

Los dos personajes protagonistas hablan de distintas cuestiones, aunque la voz cantante parece llevarla Casey, que tiene numerados a los edificios de la ciudad por orden de gusto y se los muestra a un inicialmente reacio Jin. Cada uno de ellos, además, tienen una persona próxima que significa para ellos la posibilidad de una relación truncada. Para el recién llegado es Eleanor –Parker Posey-, quien fuera asistente de su padre, y con el que se intuye una relación anterior con el traductor. Gabriel –Rory Culkin- trabaja junto a Casey en la librería. Muestra una gran atracción por ella, aunque no es correspondida más allá de una fuerte amistad. Discuten de filosofía y videojuegos.

Kogonada elimina personajes y cuestiones superfluas, prácticamente minimaliza todo apoyado por la partitura intimista de Hammock, en aras de elevar la fisonomía y el interiorismo de los edificios a un protagonismo exagerado pero elegante y atractivo. Un documental dramatizado con una historia aparentemente banal en aras de la propuesta de su creador. El guion parece pobre o escaso, y sin embargo es lo justamente necesario para instrumentar el conjunto y la idea principal del largometraje.

Para ello, la colocación de la cámara es fundamental y el cineasta elige en cada momento la más adecuada, ampliando el campo visual de manera frontal y utilizando los espejos para proporcionar a cada encuadre el envoltorio más adecuado. Busca ante todo la simetría, por lo que la biblioteca es fundamental. Kogonada sabe que es imposible mantenerla en todo el film, y se justifica al principio, presentándonos una iglesia cuya cruz no está en el centro de la fachada aunque por ello rompa el equilibrio, al igual que un reloj situado en una columna que muestra una situación pareja. No le importa repetir planos, lo que en algunas situaciones se agradece para degustar cada milímetro de fotograma, o cada uno de los objetos que se dan cita en los decorados, casi siempre abigarrados pero en el que no se aprecian defectos ni excesos.

From → Cine

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