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La muerte de Stalin (The Death of Stalin) (***)

12 marzo 2018

Dos días de intrigas palaciegas

Josef Stalin falleció repentinamente en los albores del mes de marzo de 1953. Hasta entonces, había sido la cabeza visible de un régimen sanguinario y, tras su fallecimiento, los más allegados políticamente jugaban sus cartas de cara a la sucesión. Fueron dos jornadas de intrigas y traiciones en busca del poder.

Antes de nada, una salvedad: se trata de una comedia. Una farsa histórica bastante bien documentada cuyo origen hay que buscarlo en el cómic de Fabier Nury. No deja de constituir una mirada exterior hacia un régimen intimidatorio pasada por el tamiz irónico del cineasta británico Armando Iannunci que, sin que sirva de precedente, se olvidó su actor fetiche, Steve Coogan, para firmar una película que cosechó cuatro galardones en los British Independent y aspira a repetir en los BAFTA como mejor película y guion adaptado.

El régimen impuesto en la URSS por Josef Stalin era brutal. Bastaba que se incluyera a cualquier persona en una de las listas elaboradas por distintos miembros del Gobierno para ser ajusticiada aquella misma noche. De ahí el viejo chiste: Stalin ha muerto, ¿quién se lo dice? La historia se inicia con un concierto y una pianista díscola –Olga Kurylenko- que incluye una nota de repulsa en el disco recientemente grabado que se le hará entrega de inmediato el jefe supremo. Mientras el máximo dignatario la lee, primero se ríe y después sufre una hemorragia cerebral.

Quien primero llega a la dacha es Lavrentiy Beria –Simon Russell Beale-, Comisario del Pueblo para Asuntos Internos y el mayor carnicero de su tiempo. De inmediato, aparece la figura del Secretario General Adjunto, Georgy Malenkov –Jeffrey Tambor-, llamado a ser el sucesor pero que entra en pánico. El siguiente en llegar es Nikita Khrushchev –Steve Buscemi-, dando paso al resto de miembros del gabinete excepto el titular de Asuntos Exteriores, Vyacheslav Mólotov –Michael Palin-, quien había sido incluido en una de las listas de enemigo del difunto pocas horas antes.

Comienza la lucha por la sucesión y se desarrolla durante dos frenéticas jornadas de intrigas y maquinaciones. En vida del dictador, nadie osaba desviarse de una senda estrechamente marcada. El propio Khrushchev se limitaba a repetir anécdotas de la Segunda Guerra Mundial, y en especial relativas a la Batalla de Stalingrado. Ahora, encabeza una de las facciones, secundado por el Ministro de Trabajo, Lazar Kaganovich –Dermot Crowley-. El otro bando tiene a Beria como instigador aunque su cabeza visible sea un débil, timorato aunque presuntuoso Malenkov. Ambas parte coinciden en aflojar la cuerda, suspender las ejecuciones y procurar el regreso de buena parte de los deportados a Gulag.

Para darnos una idea de la situación en Moscú por aquellos días y el carácter irónico de la propuesta, baste un detalle. Cuando se descubre el cuerpo agonizante de Stalin, sus ministros deciden llamar a un médico, pero todos los galenos capacitados han sido ejecutados o exiliados. Mientras, se eleva el protagonismo de los hijos del dictador, Svetlana Stalina –Andrea Riseborough-, respetada entre la población, y Iósif Stalin –Adrian Mcloughlin-, un  tipo irascible, violento y desequilibrado.

El resultado es una comedia negra, irónica y transgresora, que fue prohibida sine die en Rusia por su Ministerio de Cultura al considerar que resultaba ofensiva. Además, quienes tuvieron acceso al film, criticaban abiertamente el tratamiento de la figura del mariscal Gregory Zhukov –Jason Isaacs-, considerado un héroe por su lucha contra los nazis. Realmente, el desarrollo de este argumento puede parecer irrespetuoso pero más allá de la clave de comedia, tiene muchos visos de que la realidad no hubiera sido muy diferente.

La propuesta se inicia con un ritmo fuerte, casi agotador. Las risas están servidas tanto por los diálogos y las situaciones. Las circunstancias más atroces propiciadas por el régimen de un político narcisista y psicópata terminan arrancando sonrisas por la forma en que se producen. Claro que mantener esa cadencia hasta el final resulta extremadamente difícil. Después de ese buen arranque, que se mantiene durante una media hora larga, la película comienza a sufrir altibajos.

Dentro de unos márgenes atractivos, la cinta peca de irregularidad y algunas ocasiones el excelente reparto salva secuencias que de otra forma se hubieran quedado por debajo del suficiente. Vuelve a remontar hacia el final, lo que deja un buen sabor de boca y ayuda a recordar esta producción como una loca parodia tomada en serio, o viceversa, una lección de historia transmutada por el crisol del esperpento. En todo caso, es agradable de ver, refrescante y graciosa, con ciertos toques alocados a lo Monty Python y que también podrían recordar a las secuencias más destacables del cine de Mel Brooks.

From → Cine

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