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El insulto (L’insulte) (***1/2)

16 marzo 2018

Cuidado con la intransigencia

El insulto de un palestino a un cristiano en la capital del Líbano termina llegando a los tribunales. Mientras los abogados se enzarzan en una discusión que reabre viejas heridas, la calle es un polvorín que enfrenta a los dos bandos. Como consecuencia de ello, ambos protagonistas se ven forzados a mirarse cara a cara.

Estamos ante una película que ha hecho historia porque se trata de la primera producción libanesa nominada al Oscar. Además, se alzó con el premio de interpretación masculina en Berlín, gracias al trabajo de Kamel El Basha, y fue la favorita del público en la SEMINCI vallisoletana. Su director, Ziad Doueiri tuvo problemas en su país y fue sometido al interrogatorio de un tribunal militar porque en su anterior trabajo, The Attack -2012-, había filmado algunas escenas en Israel. Una auténtica violación de la ley para el Gobierno de Beirut.

El País de los Cedros vivió durante tres lustros una guerra civil cuyas heridas no se han cicatrizado. De ahí que un simple insulto, capullo de mierda, se haya desorbitado hasta el punto de provocar enfrentamientos y reabrir luctuosos pasajes de antaño. Los hechos comienzan cuando Tony Hanna –Abdel Karam-, un mecánico cristiano, riega las plantas de su terraza y moja sin querer a un capaz palestino, Yasser Abdallah Salameh –Kamel El Basha-, que se encarga de diversas obras en el barrio según la orden transmitido por el diputado de la zona a su jefe. Es quien profiere el insulto y, aunque a continuación pretende arreglar la cañería de Tony, en situación ilegal como tantas otras, éste solo quiere que el palestino se disculpe.

Por indicación es de su jefe, Yasser acude al taller de su enemigo con la intención de que se olvide el incidente, pero este escucha las arengas de un político pro cristiano y se lamenta en alto de que Sharon, el Ministro de Defensa al término de la guerra, no los hubiera matado a todos. Se refiere a los palestinos, que ahora representan el diez por ciento de una población que apenas llega a los seis millones de habitantes y que ha acogido en masa a los refugiados. Al escuchar esas palabras, Yasser propina un puñetazo al mecánico rompiéndole dos costillas.

Los hechos, naturalmente, llegan a los tribunales. Tony contrata al portavoz del establishment cristiano, Wajdi Wehbe –Camille Salamé-, mientras que a la parte contraria se ofrece la joven Greenhorn Nadie -Diamand Bou- Abboud-. Dos estilos contrapuestos representados por la veteranía, el prestigio y el conocimiento, frente al impulso de la juventud y sus deseos de hacerse valer. Además, son padre e hija. El asunto se va de las manos. Primero, en la sala, después en la calle. El juicio, en el que afloran dramáticos hechos del pasado, es seguido con atención por los medios de comunicación y la gente se postula en favor de unos u otros. No se juzga un insulto, ni una agresión. Más bien, a dos poblaciones dentro de un mismo país.

Ambos protagonistas se ven desbordados por el entorno. Nunca hubieran querido llegar a esa situación en la que representan con insignificancia dos posturas enfrentadas. Cuando el fervor popular llega al máximo, ellos se mirarán cara a cara, incrédulos, sin comprender como la negativa a una simple disculpa les había conducido a un escenario de pre guerra civil. Terminarán casi ajenos a lo que les rodea, superados por las circunstancias, aunque siendo los ejes de una vorágine impredecible. Hay que ser precavidos con la intransigencia. El efecto mariposa puede suponer acciones nunca deseadas.

El personaje de Yasser es el más complejo y está muy bien resulto por Kamel El Basha a lo largo de una propuesta con escasas fisuras por parte de Ziad Doueiri, quien no en vano fue ayudante de Quentin Tarantino en filmes como Pulp Fiction o Reservoir Dogs. La historia surge de un suceso protagonizado por el propio cineasta del que fue testigo su esposa, Joelle Touma, coautora del guion. En ella se pretende reflejar la ruptura social del país, una brecha por cerrar y una sensibilidad a flor de piel que se palpa en el ambiente.

El desarrollo es la parte que presenta más flecos. Quedan fragmentos abiertos, como la postura del diputado, que se muestra a favor de Yasser pero que al mismo tiempo solicita su despido. Al margen de ese y otros detalles, no podemos pasar por alto que estamos ante una película de juicios y que todas estas propuestas suelen ser tramposas, reservándose ases en la manga que, finalmente, inclinan el veredicto o el sentimiento del espectador. Por ese motivo nos encontramos con una cuesta arriba hacia los tres cuartos del metraje, justo cuando se pretende dar un último giro que añade más leña al fuego todavía entre las dos facciones. El resultado es el derrumbe de uno y el estoicismo derivado de la incomprensión por parte de su oponente. Es una situación tan delicada como difícil de exponer en la que Doueiri consigue el aprobado solamente, lo que contrasta con el notable alto, casi sobresaliente, del primer tramo de esta producción.

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