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Los hambrientos (Le affamés) (**)

10 abril 2018

Zombis con espíritu artístico

En una pequeña región canadiense aparece lo que bien se podría llamar una invasión zombi. Las personas sienten como sus cuerpos se van descomponiendo y se muestran atraídos por la carne humana. Basta una simple mordedura para infectarse y formar parte de esos no vivientes que advierten con su llamada del posible alimento.

Es muy difícil encontrar una historia de zombis que ofrezca algo nuevo, pero la imaginación de los autores parece no tener límites y desde Canadá nos llega una propuesta novedosa que hará las delicias a los incondicionales del género de terror. El resto puede abstenerse porque incluso encontrará esta propuesta de Robin Aubert aburrida  y extravagante debido a su ritmo lento y a las propuestas que contiene, precisamente las que más la diferencian respecto a otras producciones del género.

Desconocemos las causas de la infección. Su protagonista, Bonin –Marc André Grondin- habla de un posible virus o de otras fuentes para esta epidemia que afecta únicamente a las personas, ya que vemos como perros, gatos y otros animales parecen situarse al margen. Mientras posibles supervivientes intentan agruparse, o por lo menos permanecer juntos cuando se encuentran, Bonin siente la pérdida de su mejor amigo, Vézina –Didier Lucien-, con quien intercambiaba chistes de médicos.

Ahí aparecen dos notas diferenciadoras dentro de las propuestas de zombis. La primera consiste en que cuando la tensión es máxima aparece un chiste que la relaja y logra que el espectador no se sienta tan intimidado. La segunda es que estas criaturas parecen tener sentimientos. Aunque son capaces de morder a sus propios hijos, aparecen ante ellos para reclamarlos y, al mismo tiempo, sentirlos cerca. Están condenados a ser ellos mismos aunque demuestren que en su interior, aunque sea muy en el fondo, habita un corazón.

Las intenciones de Aubert no se detienen ahí, ya que veremos más adelante a un grupo de estos seres apilando sillas y otros muebles para formar una torre espigada que se eleva hacia lo alto. Su intención no queda clara y bien podría constituir una especie de tótem al que adorar o una iniciativa artística en pos de alimentar culturalmente el alma de los infectados, si es que disponen de ella. Todo apunta hacia lo segundo, con lo que el autor nos estaría mostrando la espiritualidad de esos apestados a los que intenta dotar de un calado mayor y distinto. Un detalle diferenciador más de esta propuesta que nos descubre el hecho de que los zombis pueden tener sentimientos y sentido artístico.

Paralelamente, las personas no mordidas se reúnen. De una forma u otra, los escasos supervivientes en esa pequeña zona de Quebec están obligados a encontrarse. Celine conduce sola y un machete le sirve de arma, ante Bonin aparece Tania –Monia Chokri-, quien jura haber sido mordida pero solamente por un perro. Luego, los dos se entremezclan con la pequeña Zoé –Charlotte St-Marin-, y juntos acabarán en la casa de Therese –Marie-Ginette Guay- y Pauline –Micheline Lanctôt-. Más adelante, cuando advierten que el inmueble está en el camino que siguen los zombis, saldrán huyendo y se les unirán un ex agente de seguros llamado Réal –Luc Proulx- y el joven Remi –Edouard Tremblay-Grenier-, quien porta un rifle. La presencia de Zoé aportará el punto de ingenuidad que requiere la historia. Viene a representar el futuro esperanzador y sin complejos, como la pequeña que aparece en el cartel de Los miserables.

Desde Déjame salir parece que el cine de terror ha encontrado nuevos caminos basados en propuestas clásicas que albergan en su interior diferentes denuncias sociales. En esta producción canadiense no se aprecian críticas en esa dirección, pero sí que hay una intención clara de profundizar en los personajes y no habilitar un film dedicado únicamente a la acción y a los golpes truculentos favorecidos por una banda sonora que, en este caso, encuentra un buen apoyo en el escore de Pierre-Philippe Côté. Al evidente humor negro se une una inteligencia que no suele ser común en este tipo de relatos.

El surrealismo está presente en esta puesta en escena, que toma elementos de Jacques Tourneur y continúa con los clichés más clásicos de este tipo de películas. Pero lo hace con originalidad e inteligencia. No necesita sustos fabricados en la sala de montaje ni favorecidos por estridencias musicales. Basta con los gritos de los infectados, que ejercen de reclamo para sus iguales, o con sus apariciones casi fantasmagóricas. Hay oportunidad suficiente para disfrutar de todo ello puesto que la película se envenena con un ritmo extremadamente pausado. Sus detractores encontrarán en ello el mejor argumento para denostarla.

From → Cine

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