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Nunca estamos solos (Nikdy nejsme sami) (**)

18 abril 2018

Vidas en un cruce de caminos

La empleada de un supermercado está casada con un hipocondríaco en paro. Mientras ella se enamora del propietario de un burdel, su esposo se hace amigo de un guardia de prisiones destinado a esa pequeña localidad flanqueada por una autopista estatal.

Después de haber tenido el reconocimiento en distintos certámenes internacionales, el checo Petr Vaclav rodó este film en medio de dos propuestas que tienen a diferentes personajes romaníes como protagonistas. La propuesta es la de una hipérbole a través de personajes marginales, herederos de una transición política que puso fin a la dictadura soviética pero que tampoco ha sabido o podido arreglar los problemas sociales.

El autor pone en boca de uno de los personajes principales, un funcionario de prisiones –Miroslav Hanus-, que se sintió a gusto luchando para desprender a su pueblo del yugo de Moscú, pero que ahora no está de acuerdo con la democracia imperante en el país y echa de menos el régimen anterior. La acción transcurre en tiempo actual en una pequeña localidad de la República Checa, levantada a orillas de una autopista estatal. El referido funcionario fue destinado a la cárcel próxima, presumiblemente degradado a causa de la violencia de género, y hasta allí se trasladó con su hijo.

Muy pronto se hace amigo de un vecino –Karel Roden-, un hombre parado e hipocondríaco con el que mantiene extensas charlas y largo paseos. Está casado con la empleada de un supermercado –Lenka Vlasáková-, quien lleva una vida rutinaria encargándose de sus dos hijos y de su marido. Su existencia es frustrante, hasta que un día se atreve a confesarle al responsable de un burdel de carretera próximo –Zdenek Godla- que está enamorada de él, pero este no le corresponde, Ha fijado sus ojos en una de las chicas del local –Klaudia Dudová- quien, a su vez, está esperando que su compañero cumpla con la reclusión a la que está sometido en el penal. De esta forma se cierra el círculo de amores y desamores aunque, en apariencia, inicialmente no se lleva a límites exagerados.

La vida ofrece salidas inesperadas. La de estos personajes, también. Todos llegamos a un cruce de caminos donde tendremos que elegir el sendero a seguir. Esa es la proposición que efectúa Peter Vaclav en una puesta en escena inteligente aunque rodada a ritmo lento, muy masticado. La propia sinopsis tiene mucho más jugo que el argumento de una película que se detiene bastante en la estética, pasando del color al blanco y negro y preocupándose por unos exteriores en los que la luz tiene una importancia capital.

Para desarrollar este proyecto, el autor se rodeó de actores romaníes no profesionales pero que habían mostrado su talento en su anterior trabajo, The Way Out, estrenado en el Festival de Cannes, con intérpretes de referencia en su país, como Karel Roden. Se trata de una de sus estrellas más rutilantes, quien se dio a conocer en Hollywood como el asesino inmigrante de 15 minutos, junto a Robert DeNiro, y participó en filmes como Hellboy o Blade II. Todos ellos muestran absoluta credibilidad y en el caso de Roden un buen fundamento artístico.

En Nunca estamos solos se pretende demostrar que hay otro yo interior que siempre nos acompaña, que nunca nos deja a nuestro libre albedrío. Puede llamarse Pepito Grillo, conciencia, o darle el calificativo que se quiera. A lo largo de una propuesta coral, en la que no hay un personaje central sino que la cámara intenta mantener el equilibrio más lógico posible con todos ellos, también se pone en evidencia que las apetencias o posibilidades de elección de los más jóvenes son muy diferentes a las de los mayores. Realmente, los padres se debaten con sus propios demonios interiores mientras que los hijos pretenden liberarse de su influencia y madurar. Al menos, esta es la propuesta de su director, y por momentos lo consigue.

From → Cine

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