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Las leyes de la termodinámica (**)

19 abril 2018

Un más en física aplicada

Un profesor universitario adjunto prepara su tesis doctoral sobre la termodinámica aplicada. Para él, todos los comportamientos humanos, pero fundamentalmente lo que rodea al amor pueden explicarse mediante leyes físicas. Cuando llega el momento de su fracaso sentimental, intentará demostrar que no es el único culpable.

El físico y novelista británico C.P. Snow dijo en su día que desconocer la segunda ley de la termodinámica es como no haber leído nunca a Shakespeare. Mateo Gil, responsable de este film, recurre a esta frase, así que entendemos que es nuestra obligación recordar el enunciado de esa ley para estar avisados: La energía no puede ser creada ni destruida, pero puede cambiar de formas más útiles a menos útiles. Vamos, que la energía inutilizable que se produce en cada transferencia en el mundo real se convierte en calor, y aunque pueda llevar a cabo trabajo en circunstancias correctas, nunca se podrá convertir en otro tipo de energía.

Parece ser que hemos vivido hasta ahora en la ignorancia. Eso al menos es lo que insinúa el brillante guionista de Mar adentro que, como director, va cambiando de estilo con cada película sin que, hasta el momento, haya conseguido una obra para el recuerdo. Es más, todas sus propuestas arrancan con interés y van in crescendo hasta llegar a un punto en el que avanzar le resulta poco menos que imposible. Por tanto, no le queda más remedio de regresar por la pendiente, ahora cuesta abajo, o mantenerse en un estadio más bien plano del que resulta complejo encontrar una salida airosa.

Lo explica el personaje de Pablo –Chino Darín- al protagonista, Manel Suárez –Vito Sanz-, diciéndole que está muy bien relacionar el amor con la termodinámica, y especialmente con la entropía, o magnitud que implica el grado de desorden molecular de un sistema, pero que ya resulta pesado. Sucede que en el film el inicio es sorprendente, pero la insistencia en explicar cualquier acontecimiento mediante postulados físicos nos lleva a un punto de saturación del que resulta muy difícil evadirse. O se olvida durante buena parte de la proyección o se corre el riesgo de producir desinterés o demasiada información para una comedia que pretende entretener y lo hace desde un punto de vista original.

Manel es profesor adjunto de un catedrático –José María Pou-, mientras prepara su tesis doctoral. Un cúmulo de acontecimientos desemboca en un encuentro casual con su amigo Pablo y dos bellas mujeres, Elena –Berta Vázquez- y Bea –Irene Escolar-, que se convertirán en sus respectivas parejas. Pero la narración no se desarrolla de forma lineal. Va dando saltos hacia adelanta y atrás, como si se pretendiera justificar en base a la entropía misma. Ya sabíamos, merced a una inteligente secuencia simultánea, que Manel ha dejado a Raquel –Andrea Ros- por Elena de la misma forma que ésta lo dejará a él por el personaje encarnado por el actor y modelo cubano Juan Betancurt.

El protagonista es un tipo extremadamente metódico. Tanto, que resulta inaguantable. De inicio puede parecer medianamente gracioso, inteligente y distinto a todos por su empeño en justificar cualquier acción mediante la física. Después, cuando pretende justificar que sus errores no se deben solo a él, hasta parece cargante. Elena es una joven de color que ejerce de modelo pero cuya obsesión es ser actriz. La encontraremos como heroína a lo Lara Croft compartiendo los honores estelares de su primer film con el apuesto galán que la enamora. Pablo es un publicista embaucador y mujeriego. Las conquistas emergen como su principal obsesión y no le importa engañar a Bea, una animosa abogada, imaginarse tríos con una modelo que le obsesiona –Vicky Luengo-, o romperse la crisma por saludar a una amante subido a una carroza durante el Día del Orgullo Gay.

Con una historia simple, Mateo Gil construye unas situaciones a las que da vuelta de forma constante y que pretende justificar con una especie de ficticio documental firmado por el propio Manel Suárez. Voces autorizadas desarrollan distintos postulados y los adaptan al romanticismo hasta bendecir a la termodinámica y la física cuántica como principio y fin de todo. Y si algo se escapa a estas leyes, para eso está Albert Einstein porque la teoría de la relatividad sirve para explicar lo inexplicable.

Lo que no tiene vuelta de hoja es la obsesión del protagonista por descargar responsabilidad y por ser un fanático del orden. Míster Método, le llaman. Hay momentos buenos en la película, y otros en los que se busca la risa de manera forzada y recurriendo a situaciones escatológicas cuando la propuesta parte de argumentos más inteligentes. El producto final es discontinuo, con valles acusados, una interpretación discreta y una partitura de Fernando Velázquez que tampoco ha de figurar en su antología de mayor calidad. La taquilla puede bendecir el conjunto, y de hecho tiene mimbres para ello. Nada más.

From → Cine

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