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Custodia compartida (Jusqu’à la garde) (****)

20 abril 2018

Las aristas del divorcio

Myriam solicita la custodia exclusiva de su hijo aduciendo que su ex marido es un hombre violento. En todo caso, la jueza ordena que sea compartida hasta que el caso se revise en un futuro próximo. El niño, que se siente rehén del conflicto entre sus progenitores se ve empujado hacia una situación límite.

Parrafadas farragosas de inicio. Hablan los dos abogados que exponen la postura de sus clientes en una situación de divorcio. Myriam –Léa Drucker- y Antoine Besson –Denis Menochet- tienen dos hijos. Josephine –Mathilde Auneveux- es la mayor y está a punto de cumplir dieciocho años, por lo que ha decidido ejercer su propia voluntad. Quedan pocos días para que sea mayor de edad y resulta complicado que se le pueda imponer algo. Tanto ella como su hermano Julien –Thomas Gioria- parece que no desean pasar demasiado tiempo con su padre. Más bien ninguno.

Myriam afirma que se trata de un hombre violento y por eso pretende la custodia exclusiva, pero la magistrada escucha la versión de Antoine, que cambiará su trabajo después del verano, cuando la empresa termina las obras que lleva a cabo, para estar más cerca de sus hijos. La decisión final es que Julien se quede al cuidado compartido de sus padres. A partir de ese momento se gestará una espiral de resquemores, celos, violencia y una intensidad interior que puede impedir a los personajes expresar lo que sienten.

Xavier Legrand debuta como escritor y cineasta con este trabajo y lo hace a lo grande. Tanto, que le supuso el premio al mejor director en Venecia, donde también fue distinguido como mejor ópera prima, reeditando éxito en San Sebastián al ser reconocido como el favorito del público. El epicentro de la trama es actual. Un matrimonio se separa. La primogénita ya tiene edad suficiente como para no pelear por ellos. Tiene un novio, Samuel que forma parte del mismo grupo musical en el que ella se destaca como intérprete. Le da vida Mathieu Saïkaly, un youtuber, compositor e intérprete de folk que se encarga junto a Joséphine de una bella adaptación de la célebre Proud Mary.

Asistimos a la degradación de los personajes que, una forma u otra, están abocados a ser testigos o protagonistas directos de una tragedia. El cine y la literatura nos han ofrecido ejemplos de matrimonios rotos donde los niños son los más perjudicados. Pajeras fragmentadas que desembocan en la violencia por una o ambas partes. Es lo que sucede en esta ocasión, en la que Legrand nos va introduciendo poco a poco en el ojo de huracán. Nos lleva con suavidad, sin apenas darnos cuenta, pero cuando nos preguntamos qué ha sucedido para llegar a esa situación ya estamos inmersos en la vorágine. Muy buen trabajo el suyo, que sabe dulcificar las secuencias más tremendas para que no se nos ponga demasiado pronto un nudo en la garganta que nos impide reaccionar.

Es fácil ponerse del lado de la madre cuando notamos la inestabilidad emocional de Antoine y su tendencia a la agresividad. Quiere acercarse al pequeño Julien, pero tampoco puede porque el muchacho le miente. Oculta datos como que le han concedido a Myriam una vivienda social. No quiere que vuelva a agredirla pero también habría que poner en valor si ese es el comportamiento más correcto. Tampoco ayuda al personaje paterno la actitud de sus propios padres, que consienten en decirle que no resulta bienvenido a su casa. Quizás, habría que comenzar por ese entorno para conocer los posibles desvaríos del protagonista.

De esta forma se llega al estallido final. La madre y su hijo se refugian en su propio domicilio ante la actitud agresiva que un hombre que llega fuera de sí, que empuña su escopeta de caza mientras en el inmueble se espera la presencia policial. En El resplandor, el Jack Torrance encarnado por Jack Nicholson se aplicaba con un hacha siguiendo el texto original de Stephen King. En el relato de Legrand la mansión no está aislada, pero Antoine tiene todo a favor para cumplir un propósito que no queda muy claro.

Da lo mismo, porque la tensión está servida. También el terror que impone un hombre con su escopeta entrando en la casa donde vive su ex mujer y su hijo. El espectador es testigo, pero se encuentra agarrotado a esas alturas, y el único personaje que podría romper la inercia es Joséphine, pero la chica ya tiene bastante con cumplir dieciocho años, decantarse por su novio y elevar el silencio de la incomunicación familiar. Ese puede ser el mayor problema de la civilización actual. Al menos, así se expone como elemento subsidiario de una atractiva trama principal, que no necesita rodeos gratuitos ni exposiciones complementarias para resultar directo y certero.

From → Cine

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