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Fortunata (*)

24 abril 2018

Aquí está la paranoia

Una mujer, en vías de ultimar su matrimonio, quiere abrir un salón de belleza en las afueras de Roma y se entrega a su trabajo durante el estío. Su hija, con problemas psicológicos, acude a la consulta de un psiquiatra infantil que termina enamorándose de la protagonista.

Uno de los estereotipos italianos es el de una persona gritando, lamentándose de su suerte, aunque sea buena y haciendo gestos o aspavientos comprensibles con sus manos. Mucho ruido y pocas nueces porque, generalmente, esos lamentos no tienen un poso fuerte que los justifique aunque el atractivo que rodea el universo del latin lover subyazca en todo momento. Si eso lo trasladásemos al cine, imagino que Fortunata sería el ejemplo perfecto.

Pura efervescencia. Parece que pasan muchas cosas, pero se cuentan siempre de un modo tan exagerado que terminan resbalándonos cuando tienen fuerza suficiente como para que pudieran hacernos mella. Claro que el cine de Sergio Castellito es así. Da igual que se base en una novela escrita por su esposa, Margaret Mazzantini, o que firmen un guion de forma conjunta. Sus personajes los llevan tan al límite que terminan por parecernos absurdos y, por mucho que pretendan llegar al humor por medio de la exageración, lo que consiguen es que no creamos una sola palabra de lo que nos cuentan.

Fortunata busca un golpe de suerte que vaya en consonancia con su nombre. Los vaivenes de la vida son tan acusados que se equilibran unos con otros y parecen dejarla sin esa ventura que anda buscando. ¿Tiene ella la culpa? Pese a la gran actuación de Jasmine Trinca, quien siempre ha de lidiar con papeles que le exigen mucho más de las recompensas que pueden proporcionarle, su personaje resulta tan irreal que apeas consigue el objetivo de interesarnos lo más mínimo. Es tan marginal como la zona periférica de Roma en la que se desarrolla la acción.

La protagonista quiere abrir su propio salón de belleza y por eso anda siempre corriendo de un lado para otro, haciendo trabajos a domicilio que representa un dinero libre de impuestos con miras a conseguir su propósito. Viste de una forma muy particular. Quiere asemejarse a una mujer con clase dentro de su barrio pero denota que tiene más deseos que posibilidades. Está en vías de disolver su matrimonio con Franco –Edoardo Pese-, un agente de la ley irascible, celoso y maltratador que se cree que todavía puede entrar en el que fuera su domicilio conyugal cuando le venga en gana.

Por eso Fortunata va siempre acompañada de su hija Barbara –Nicole Centanni-. A sus ocho años, la niña necesitaría otro tipo de educación, pero eso es lo que hay. Quizá por esa razón escupe a su madre y se comporta de forma tan altiva que se hace necesario un tratamiento psiquiátrico. De ello se encarga Patrizio quien, desaviniendo cualquier deontología profesional, permite a la madre estar presente en las sesiones con su hija, acude con una aquejada de síndrome de down a una fiesta y se enamora a las primeras de cambio de la protagonista. Si Jasmine Trinca tiene que defender un personaje con escasa munición, peor lo tiene Stefano Accorsi para sacar adelante a su especialista. Se trata de un actor dúctil, a quien veremos pronto en Veloz como el viento, capaz de convencernos casi siempre con su trabajo. Esta es una de las escasas excepciones.

En el caluroso verano romano, representado por un barrio periférico presidido por un interminable acueducto que representa el esplendor de otro tiempo, se desarrolla una trama convergente que es tan absurda como la principal. Sirve para tan poco como los arcos de la vetusta conducción acuífera. Chicano –Alessandro Borghi- es el mejor amigo de Fortunata. Es un experto en tatuajes que pretende asociarse con ella en el salón de belleza y extender el negocio. Pero el chico es bipolar, gay y tiene una madre –Hanna Schygulla- aquejada de alzheimer. En su juventud se supone que fue una gran dama del teatro en Alemania, y ahora únicamente puede recitar unos párrafos breves de Antígona. Al cuidado de Chicano se queda Barbara un fin de semana en el que Fortunata y Patrizio se marchan a Génova para dar rienda suelta a su pasión. La inconsciencia que rezuma en el film llega también a estos extremos.

Llegados a ese punto, el interés es mínimo. Por mucho que Castellito nos cuente con oficio las vivencias de sus personajes, estos son tan irreales que desvían la atención más que atraerla. Ni son creíbles ni convincentes. El hecho de centrarse a una sola barriada puede conllevar la intención de sumergirse en una comedia costumbrista, pero cualquier atisbo de interés queda asfixiado por la exageración. Si penetramos en el alma de Fortunata es gracias al buen trabajo de su intérprete porque a su paso todo se desmorona, al igual que su existencia. Solo que no se vislumbra una correlación. Tanto, que la fortuna se queda reducida a un boleto de lotería cuyos aciertos van acompañados de los números más fatídicos.

From → Cine

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