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Mi familia del norte (La ch’tite famille) (*1/2)

11 mayo 2018

A la risa por el acento

Valentin D. y su esposa Constance son dos diseñadores reputados. Sus conceptos marcan tendencia y están a punto de inaugurar una retrospectiva. Hasta ahora, el protagonista ha logrado mantener ocultos sus orígenes. Afirma que es huérfano, pero su familia al completo se presenta de improvisto en París.

¿Se imaginan que pasaría si en Francia se estrena una película basada fundamentalmente en el acento de unos gaditanos de pura cepa? Tal vez tendría su gracia si no existiera un precedente. El caso de esta película de Dany Boon es como si los creadores de Ocho apellidos vascos plantearan otra comedia sobre como comer chuletones en un caserío. Después de Un policía en apuros –Raid dingue-, posiblemente su peor película hasta la fecha, Dany Boon optó por una apuesta segura. Desenterró viejas ideas, algunas de las cuales quizás fueron desterradas entonces, para remontarse a Bienvenidos al norte –Bienvenue chez les ch’tis-, su cénit comercial.

En el Norte de Francia transforman las eses en ch y, además de algunos vocablos específicos y frases en hechas, prácticamente reducen dos vocales a dos. Con esos mimbres Boon articula una comedia, que él mismo protagoniza, absolutamente previsible desde el principio. Buenos y malos no ocultan su naturaleza y se remiten a los estereotipos, incluso cuando se trata de personajes esperpénticos, como  el Joseph de Pierre Richard, que parece haber encontrado en esta última fase de su vida, un nicho interpretativo basado en ancianos peculiares, tan llenos de vida como de manías. Ligeramente chiflados aunque de buen corazón.

Valentin D. –Dany Boon- y su esposa Constance Brandt –Laurence Arné- conforman una pareja de éxito. Son dos innovadores que han creado moda y aunque en sus sillas de tres patas sea difícil acomodarse o los inquilinos de sus camas terminen con ciática, sus diseños representan uno de los puntos álgidos de la vanguardia actual. Tanto, que el Palacio de Tokio de París les ha preparado una retrospectiva en cuya inauguración estará presente la mismísima Ministra de Cultura –Claudia Tagbo-.

Esa es la parte que más nos gusta, la más innovadora y con una pizca de transgresión. Es una crítica al diseño por el diseño que desprecia la comodidad para dejar boquiabiertos a crítica y público. Poco importa que en sus mesas monolíticas no pueda uno colocar adecuadamente sus piernas para no desfallecer. Se trata de unos creadores bendecidos porque crean tendencia  y a los que nadie se atreve a discutir.

En ese contexto, Valentín ha tenido un especial celo porque no se profundice en su pasado. Afirma que es huérfano y que su madre lo abandonó en el hospicio cuando era un bebé. La verdad es que se crio en el Norte y ahora su madre, Suzanne –Line Renaud-, desea celebrar su ochenta cumpleaños junto a sus dos hijos. Para ello, se pone en camino hacia París junto a Gus  -Guy Lecluyse-, hermano de Valentin, su esposa Louloute –Valérie Bonneton- y la hija de estos, Britney –Juliane Lepoureau-. Todos se encuentran en medio del acto inaugural de la retrospectiva, a excepción de Joseph, quien no considera al protagonista como hijo suyo desde que éste decidió marcharse a París y dejar la casa familiar en la que se acopia la chatarra y cuyas verduras saben a gasolina.

Inicialmente, Valentin reniega de los suyos, pero un incidente provoca que los planes de cada cual se desbaraten. Su suegro, Alexander Brandt –François Berléand- está a punto de conseguir un contrato muy importante con la empresa Sofitel, y una noche, cuando ambos cambian sus puntos de vista, atropella a su yerno de manera circunstancial, lo que le provoca un período de amnesia que le hace retroceder un cuarto de siglo. Estamos en el momento en que abandona su pueblo para irse a la capital, y cuando era el amante de Louloute, quien más tarde se arrojó en los brazos de Gus.

Probablemente, el protagonista nunca se ha sentido más querido. Constance es capaz de aprender el dialecto de los ch’tis para que su marido la siente más cerca. Son momentos en los que la película arranca un par de sonrisas, pero en los que todo se anticipa por parte del espectador. Basarse en una pronunciación en la que se comen sílabas, pero sobre todo vocales, puede resultar simpático. Menos probable, cuando existe un antecedente a cargo del mismo responsable. La interpretación es más que digna, la puesta en escena efectiva y el vestuario, especialmente el de Laurence Arné, admirable. Tal y como se espera de una creadora que crea tendencia. El guion es una excusa para sacar dinero en taquilla. Un detalle: la dedicatoria a Johnny Hallyday y el homenaje que se le rinde al final con el tema Que je t’aime, versionado por Pierre Richard.

From → Cine

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