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Hannah (**)

19 mayo 2018

Fotografía de una sufridora

Una mujer mayor pretende adaptarse a vivir en soledad. Su esposo ha sido encarcelado y apenas mantiene comunicación con otras personas salvo un niño con problemas físicos y mentales que vive en la casa donde desempeña su trabajo como empleada de hogar.

Hablar de fatalismo sería presumiblemente grave para definir esta película. Más bien, podríamos referirnos a desgracia combinada con miseria. Un cóctel de difícil aceptación pero que representa como nadie el personaje de Hannah. Si es difícil de explicar con palabras, más lo sería con imágenes, pero Charlotte Rampling se encarga de demostrarnos lo que significa esa mujer descorazonada, abatida, que vive como si fuera un zombi y cuyos únicos momentos en los que la vida parece entretenerla es cuando acude a una piscina supuestamente municipal, a las reuniones de teatro amateur de cuya compañía forma parte, y en el metro, donde gente anónima da rienda suelta a sus  verdaderos yo.

Pero la fatalidad sí que la rodea. Se le terminará negando el paso a la piscina, tendrá problemas para interpretar su personaje y únicamente el suburbano parece que se erige como válvula de escape de una mujer presuntamente septuagenaria, que vive sola en algún lugar indeterminado de Bélgica y cuyo marido –André Wilms- acaba de ser encarcelado. Pasa su última noche en libertad. Ella cocina un pescado, lo degustan sin intercambiar palabra. Él se levanta a mitad de la cena para cambiar una bombilla que se ha fundido, se acuestan y, antes de que la protagonista se ladee para encontrar una postura que le permita conciliar el sueño, se desean mutuamente buenas noches.

Es la única frase que intercambia con su esposo. Al día siguiente, cuando le acompaña a la cárcel, tampoco hablan y ella no mantendrá conversación alguna con los funcionarios, ni ese día ni cuando vaya a visitarlo. En realidad, las frases del guion no ocuparían más de folio y medio. Tampoco hay música. La banda sonora del film se muestra a cuentagotas cuando atañen a personajes adyacentes. No hay subrayados de la trama ni suena para definir estados de ánimo o cambio de secuencias, casi siempre largas y masticadas.

Se supone que hay una trama. El marido de Hannah ha sido encarcelado por algún motivo. Unas fotos comprometedoras que parecen pegadas en la parte posterior de un armario cuando una gotera aconseja sanear el techo, parecen atestiguarlo. Posiblemente, tengan que ver con un hecho delictivo que afecta a su propia familia porque su hijo no deja que la protagonista se acerque a su nieto el día de su cumpleaños por mucho que el pequeño se alegre al verla. Incluso su perro parece empeñado en una huelga de hambre desde que falta su dueño. Sin embargo, esa posible cábala se hurta. Existe solo en la imaginación del autor.

Con quien intercambia más palabras es con el niño disminuido tanto en el plano físico como psíquico de una familia acomodada en cuyo exclusivo domicilio desempeña su trabajo como empleada de hogar.  El resto es el vacío. Una mirada fría y descarnada del cineasta italiano Andrea Pallaoro, que deja al espectador lleno de incógnitas que ni siquiera la hierática pero sublime interpretación de la Rampling puede contestar. La actriz se lanza al vacío a través de una  interpretación con mayúsculas que mereció ser premiada en Venecia, aunque algunos pueden pensar que pone demasiado énfasis en esa gravedad. De todas formas, ella en Hannah. Es la película, e incluso acepta desnudos que parecen fuera de foco a su edad.

Si lo que se pretende resaltar es su vida rutinaria, haría falta más imaginación en esta propuesta, que mira de frente a Haneke o a los hermanos Dardene sin darse cuenta de que en su cine ellos aportan el estilo narrativo a lo que desean contar y no al revés. Es la diferencia entre una obra de arte y una película de muy difícil aceptación fuera de los certámenes cinematográficos. Pallaoro afirma que siempre pensó en Charlotee Rampling para interpretar a su personaje, que le cautivó desde que fue hipnotizado por su mirada penetrante en La caída de los dioses. Su presencia convierte esta película de hierro en algo soportable con reparos.

Y volvemos al metro, porque es la única válvula de escape del personaje central. Mantiene la mirada perdida, pero se fija en la chica que se acicala para una cita, aunque mire de reojo. Sucede lo mismo con quien se luce en una perfomance aunque no tenga público, o asiste al monólogo de una muchacha desesperada porque su novio la engaña con otras mujeres. Hannah ni siquiera clava sus ojos en ella. Cuando se va, desvía su mirada casi furtiva al hombre que se ha quedado en el vagón y al que la cámara no nos enseña, ni siquiera en el reflejo del cristal. Así es este largometraje: Hannah, su mundo, su mísero fatalismo, su soledad.

From → Cine

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