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Caras y lugares (Visages villages) (****)

27 mayo 2018

Gran arte efímero

La cineasta Agnès Varda y el artista callejero JR decidieron unir sus experiencias para llevar a cabo un proyecto en común. El resultado es una elaboración de gigantescas fotografías en blanco y negro que vienen a decorar las fachadas de diversos edificios y otras construcciones privadas.

¿Dónde termina un documental y comienza una obra de ficción? En algunos casos, esa frontera resulta muy difícil de discernir. Hay propuestas dramáticas que encajan perfectamente con la idea de documental y viceversa. Agnès Varda, la cineasta que firma junto a JR esta producción, y que es también responsable del montaje, predecesora de la Nouvelle Vague, es una acreditada documentalista pero, a lo largo de su obra, esa línea que marca el trabajo de campo con un guion premeditado es demasiado delgada.

En esta ocasión, se unen dos mentes muy distintas pertenecientes a generaciones desiguales. Agnès estaba a punto de cumplir noventa años cuando llevó a cabo este trabajo. Si vista le jugaba malas pasadas pero mantenía su mente clara y también el talento que le llevó a ganar el César y el Oscar Honorífico en 2017, el año de producción de este film. JR es un fotógrafo y artista callejero, nacido en 1983 que, con similitud a un especialista del graffiti, coloca sus fotografías en blanco y negro en los espacios públicos, principalmente en tejados y fachadas.

El inicio del film, perfectamente guionizado, nos habla de coincidencias hasta que finalmente deciden llevar a cabo una colaboración. Para ello, se desplazan hacia el sur en la furgoneta de JR, decorada con una gran foto de una máquina de escribir. En su interior, un espacio parecido a un fotomatón permitía revelar instantáneas gigantescas. La primera parada es una localidad en la que revisten una gran valla de adobe con fotografías unidas de sus habitantes que tienen como denominador común un pan que muerden o se acercan a su boca. El resultado produce el efecto de una enorme barra que no parece tener fin y alimenta a decenas de personas.

Luego continúan su viaje ascendiendo por la vertiente atlántica de Francia. Llegan a poblaciones que antiguamente fueron mineras y ahora están semi abandonadas, con barriadas enteras en las que solo queda una persona para ofrecer testimonio del pasado. La imagen de esa mujer llorando al ver su inmensa fotografía en la fachada de su casa resulta entrañable. En El Havre, el objetivo son las mujeres de los estibadores y, en una pequeña localidad, una camarera sentada con el paraguas de la boda de la madre de uno de sus convecinos, se convirtió en reclamo turístico durante un verano. Otras instantáneas aparecerán en un convoy ferroviario y en otros lugares visibles para la mayoría.

Una idea elemental, pero que se nutre de la conjunción de dos artistas con mayúsculas para dar como resultado una obra ejemplar, curiosa, artísticamente notable, y original. Poco importa que sea un documental como una propuesta de ficción porque la frescura que transmite es mayúscula. Es como un soplo de aire fresco durante una cálida tarde de verano. Los premios que acumula son realmente merecidos. Desde el de Mejor Documental en Toronto, o el más destacado para los críticos de Nueva York, hasta la correspondiente nominación al Oscar, apartado en el que se impuso Ícaro, de Bryan Fogel.

Ambos artistas saben a qué y a dónde van. Bien porque conocen de antemano a las personas que servirán de modelos, como el agricultor que trabaja para él y para quien quiera contratar sus servicios, o porque llegan hasta ellos a través de amigos. El final también es forzado, porque Agnès pretende que JR se desprenda de una de sus señas de identidad, las gafas de sol. Recuerda que Jean-Luc Godard se despojó de ellas más de medio atrás exclusivamente para complacerla. Eran muy amigos pues no conviene olvidar que la cineasta estuvo casada con Jacques Demi, responsable de cintas como Las señoritas de Rochefort, o Los paraguas de Cherburgo, y a quien ella dedicó uno de sus más aclamados documentales. El domicilio del responsable de Al final de la escapada -À bout de souflle, 1960- se convierte en la última parada, la que cierra el posible testamento cinematográfico de la autora.

Este trabajo tiene aire de road movie, por cuanto la historia se inicia en un viaje al sur para ascender hasta el noroeste. Sin embargo, no mantiene la lógica en el itinerario. En medio de ese viaje hay imágenes rodadas en París, concretamente en el estudio de JR, cuando fotografía los pies y las manos de Agnès que aparecerán a continuación en vagones de tren. Sin embargo, ninguna de esas pequeñas trampas o concesiones empañan el valor de las conversaciones con la gente, de las imágenes captadas con sus cámaras y agigantadas para convertirlas en obras de arte callejeras. Fiel retrato de un momento, instantánea del hoy gracias a una propuesta que puede convertirse en referente. Lástima que el arte callejero que proponen sea tan efímero.

From → Cine

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