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Nadie nos mira (***)

5 junio 2018

Los problemas de un sin papeles

Un actor argentino, que mantiene una relación escabrosa, decide ir a Estados Unidos donde tiene posibilidades para  rodar una película. El proyecto no termina de cuajar y muy pronto se enfrentará a los problemas que afectan a los inmigrantes ilegales. Intenta salir a flote pero solo encuentra dificultades.

Una buena temporada la que acumula Isabel Coixet. Después de triunfar con su último largometraje como directora, también acierta con la coproducción de este film a través de su empresa, Mr. Wasabi.  Se trata de una historia muy próxima a los personajes preferidos por la barcelonesa, aunque ha sido otra mujer, Julia Solomonoff, quien se ha encargado de dirigirla. Nico Lencke –Guillermo Pfening- es un perdedor en todos los sentidos. Mantiene en Buenos Aires una relación tempestuosa con un hombre casado, y es un actor popular gracias a una telenovela que abandona para filmar en Nueva York una película a las órdenes de un cineasta mexicano.

En su última noche en la capital bonaerense, Martín –Rafael Ferro-, le pide que no le deje, pero Nico se va a Nueva York con un proyecto bajo el brazo a vivir su sueño norteamericano. Más que otra cosa, las suyas son razones amorosas. Martín es el productor de la telenovela y su relación no camina más allá de los encuentros furtivos. En la Gran Manzana pronto se encontrará con una realidad inesperada. Las buenas perspectivas se diluyen a cada paso.  Kara Reynolds –Cristina Morrison, la arrogante productora, cada vez le da más largas y Nico tiene que buscar la supervivencia toda costa.

Comparte piso con una lesbiana Claire –Kerri Sohn-, y hasta llega a plantearse un matrimonio de conveniencia. Únicamente consigue una situación medianamente estable fuera de lo que podrían denominar su trabajo gracias a una profesora de yoga, Andrea –Elena Roger-, argentina como él y casada con un francés, Pascal –Pascal Yen—Pfister-. Le dejan a su hijo Theo para que lo cuide mientras ellos trabajan y Nico llega a encariñarse con el pequeño, comportándose como uno más en el parque, con varias de sus compatriotas llevando a cabo idénticas tareas. La secuencia en la que cambia los pañales al crío resulta entrañable.

La situación no mejora y el protagonista se ve abocado a empleos esporádicos. Durante una conversación telefónica con su madre, le dice que está en una fiesta cuando, en realidad, trabaja en un bar. Utiliza a Theo para robar en los supermercados y un breve encuentro con Martin, de paso en la ciudad, le hunde todavía más, arrojándole hacia tugurios poco recomendables y relaciones esporádicas tan intensas como peligrosas. Es un inmigrante ilegal más. Un sin papeles, y sabe que no tendrá sitio en la industria del espectáculo en nueva York. Sus rasgos son demasiado caucásicos como para que parezca un hispano y su acento le delata que no es estadounidense aunque hable con fluidez el idioma de Shakespeare.

Ocho años después de El viaje de La Boyita, Julia Solomonoff, que vive en Estados Unidos, ha vuelto a ponerse detrás de las cámaras y apuesta por no dejarse nada en el tintero. Las imágenes son explícitas y desde los primeros compases la homosexualidad está presente en el argumento para determinar actos y acciones. Su conocimiento de Nueva York le ha llevado a mostrar unas postales bien distintas de la Ciudad de Los Rascacielos en comparación con las utilizadas generalmente como reclamo turístico. Gracias a la colaboración del director de fotografía  Lucio Bonelli, emerge ante nosotros una ciudad distinta, con instantáneas desde Queen o Staten Island que nada tiene que ver con las clásicas.

Nico cruza a diario Central Park con su bicicleta, pero podría ser un parque cualquiera, como el Puente De Brooklyn podría ser otro bien distinto ya que sólo se ven un par de tirantes y la parte superior de uno de sus arcos. Hasta el Empire State Building con la parte de arriba teñida de rojo parece otra edificación diferente. Y entre esos bloques de hormigón, y las aguas del  Hudson y del Este que evocan por momentos el Río de la Plata se mueve Nico. Un personaje que contempla su propia autodestrucción, aunque en principio no sea consciente de ello.

Guillermo Pfening también logra el pleno. Destacado como mejor en el Festival de Tribeca, otra zona de Manhattan que también aparece, aunque velada, en la película, este experimentado intérprete que aún no ha cumplido los cuarenta, alcanza su cénit. Dota a Nico de la profundidad que requiere y engrandece una historia no demasiado innovadora del inmigrante ilegal que ha de sobrevivir en una gran ciudad. Ese es el mayor mérito de esta producción: un personaje tan sensible como creíble, una dirección ajustada y unos escenarios convincentes. Una amalgama suficiente como para convencer.

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