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¡Qué guapa soy! (I Feel Pretty) (*)

18 junio 2018

Michelines y autoconfianza

Un mujer rellenita, que trabaja en dependencias ignotas de una corporación de estética, experimenta un cambio espectacular. Tras un golpe en la cabeza se convierte en un personaje seguro de sí mismo, capaz de dar consejos a los gurús de la industria y acudir sin decoro a lugares en los que no había soñado entrar.

En televisión, Amy Schumer es una de las reinas de la comedia. Desde siempre, ha reivindicado que el michelín es bello, y cuando la vemos en la pantalla grande suele ser enfundada en el personaje de una mujer rellenita que suele reivindicar sus valores. Presume de piernas bien contoneadas, lo que le posibilita que se enfunde en minifaldas más cortas de lo normal o en vestidos apretados, que marquen sus curvas. Creemos que hay demasiada pose en todo ello, y que la actriz se siente a gusto con su físico y sus roles en la ficción.

Los debutantes Abby Kohn y Marc Silverstein han escrito un guion a la medida de la estrella. Si ella misma hubiese escrito la historia no se ajustaría tanto a sus pretensiones como ésta. De inicio, se lamenta de su físico, razón por lo que está marginada. En seguida pasa a tener una autoconfianza muy superior a la media, a considerarse poco menos que una mujer diez que puede competir de igual a igual con la mítica Naomi Campbell. Una propuesta de reivindicación feminista que, al mismo tiempo proclama un machismo recalcitrante. Especialmente reflejado en el personaje interpretado por Michelle Williams, cuya voz exageradamente atiplada y ñoña, unida a su comportamiento, la condenan a un rol del que cualquier actriz que ostente candidaturas al Oscar, y protagonista de próximos proyectos punteros, debería rechazar.

Renee Bennet trabaja ara una corporación de estética en un local recóndito de Chinatown junto a Mason -Adrián Martínez-. Ambos son personajes marginales. El es un solitario analista de sistemas y ella responde a las reclamaciones que se envían a la glamurosa central de la Quinta Avenida para que sean cursadas. Cuando falla el servicio de mensajería y es ella quien debe de llevar en persona su trabajo queda absolutamente entusiasmada por lo que ve en aquella oficina. Desde los propietarios de la firma, Lily LeClaire -Lauren Hutton- y sus hijos, a las elegantes empleadas. Sueña con trabajar en la recepción de la empresa, y así se lo hace saber a sus dos inseparables amigas, Vivian -Aidy Bryant-y Jane -Busy Philipps-, tan estrambóticas y frikis como ella.

Hay varios homenajes cinematográficos en la propuesta. Por ejemplo, Renee ansía ser más bella al estilo de como Tom Hanks quería ser mayor en Big. No le da resultado, pero un posterior golpe en la cabeza cuando practicaba bicicleta estática en el gimnasio cambia su visión de la vida. Se ve a sí misma esbelta y tan atractiva como Mallory -Emily Ratajkowski-, su compañera de actividad física. Una amnesia un tanto especial. En todo caso, un recurrente para centrarse en este tipo de propuestas.

Respaldada por lo que ella siente como belleza sin par, consigue el puesto deseado en la empresa y logra que Ethan -Rory Scovel- se enamore de ella. Por sus buenas ideas para la firma en que trabaja, la CEO de la empresa, y nieta de la propietaria, Avery LeClaire -Michelle Williams- la convierte prácticamente en su mano derecha, mientras que su hermano Grant -Tom Hopper-, se siente atraído por su personalidad. Llegan los días de vino y rosas para quien hasta hace poco no era más que un patito feo.

Ahora mismo, la protagonista se encuentra en la cumbre. Hace de menos a sus amigas, frecuenta lugares exclusivos gracias a su posición en la empresa y a sus nuevas relaciones, y vive una existencia reservada para un grupo de personas a la que ella, en condiciones normales, y dada su personalidad, jamás podría alcanzar. Una cenicienta en un mundo de oropel en la que no falta el príncipe azul. Solo que, en este caso, no hay madrastras ni hermanas ambiciosas. El techo y el suelo los ha de colocar la propia protagonista.

Los seguidores de Amy Schumer tienen una excusa para entretenerse, aunque la película ofrece menos risas de las esperadas. La historia apenas ofrece novedades y la puesta en escena busca salirse del tópico de Nueva York en los exteriores, pero se queda muy lejos de otro de los referentes del film: El diablo viste de Prada. Los personajes resultan demasiado esquemáticos, a excepción de su protagonista, buscando la carcajada más por sus defectos que el desarrollo del guion.

Hay lucimiento en el vestuario, como corresponde, pero el resto no destaca por planteamientos inteligentes desde el punto de vista técnico. En cuanto a su desarrollo, se parece más a un tratado de auto estima que a una comedia, por lo que los detractores de la estrella tampoco podrán reconciliarse con ella en esta ocasión. Cabe preguntarse también hasta que punto es lícito gastar bromas con las tallas grandes por mucho que se justifiquen los fines en aras de aumentar la autoestima en mentes atrapadas por cuerpos poco atractivos.

From → Cine

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