Saltar al contenido

En tránsito (Transit) (***)

19 junio 2018

Marsella, zona franca

En Marsella, durante la invasión nazi, un hombre se encuentra con los papeles de un escritor que disponía de un visado para México. Haciéndose pasar por él, está dispuesto a embarcarse, pero durante la espera y los trámites burocráticos se encuentra con la esposa del literato, que vive con otro refugiado.

En 1942 la zona franca de Marsella era el objetivo de muchos refugiados que huían del avance del nazismo e intentaban lograr un salvoconducto para embarcarse rumbo a América. Entre ellos aparece Georg –Franz Rogowski-, que acaba de llegar oculto en un tren después de burlar a las tropas invasoras. Por encargo de un amigo, debía llevar dos cartas a un escritor que se encontraba en la habitación de un hotel, una de la Embajada de México y otra de su esposa Marie. Cuando llega al inmueble, el hombre se ha suicidado y él se marcha con su último manuscrito antes de ocultarse en un vagón.

En la ciudad mediterránea llama la atención el vestuario creado por Katharina Ost. Parece intemporal, aunque moderno para la época. Pueden verse al fondo alguna falda por encima de la rodilla, hombres que hacen deporte con ropa actual y hasta pantalones tejanos. Es así porque el cineasta Christioan Petzold ha encontrado en la novela de Anna Seghers , publicada en 1944, un vehículo formidable para desarrollar sus propuestas o, al menos, continuar por la senda trazada con sus dos anteriores filmes, Bárbara y Phoenix.

Petzold es un director sólido, preocupado por una serie de historias en las que el tiempo parece suspenderse. El relato de Seghers, basado en propias experiencias, permite al cineasta suspender su relato en el tiempo. Propone a policías con cascos actuales y ametralladoras, o un bar repleto de botellas de todo tipo en el que su responsable –Matthias Brandt- se encargará de la voz en off. Sus dos anteriores trabajos discurren tras la Segunda Guerra Mundial. Éste, en plena eclosión. El peligro es inminente. Se siente en pinceladas pero se palpa el terror. Lo que vendrá se supone espeluznante y no hay razones para el optimismo.

Como  en Phoenix, una mujer busca a su marido, aunque en este caso el protagonista absoluto es masculino, representado por un actor que parece el hermano alemán de Joaquin Phenix. Por eso Nina Hoss no encabeza el reparto. La esposa de Weidel, el escritor, no tiene un papel mayúsculo, pero sí relevante. Marie –Paula Beer- vive con un doctor Richard –Godehard Giese-, exiliado como ella pero quiere encontrar a su esposo porque puede facilitarle el salvoconducto para huir del país. Sabe, por el cónsul mexicano –Alex Brendemühl- que su marido se encuentra en Marsella. Lo busca y se cruza en más de una ocasión con Georg, quien ya ha adoptado la identidad del fallecido.

En la zona franca de Marsella, cada cual busca su destino, de manera especial que se abran las puertas de Estados Unidos. Bien como punto de llegada, o de tránsito hacia países situados más al sur, como es el caso del protagonista. Todo el mundo tiene su historia y desea contarla. La mayoría escuchan y en las colas de los distintos consulados se puede ver a las mismas personas. Georg huyó de la policía tras abandonar el tren para encontrarse con Driss –Lilien Batman-, un pequeño de origen magrebí y su madre sordomuda.

Juegan al fútbol hasta que el pequeño enferma y el protagonista, que ya ha decidido marcharse a México, busca un médico. Encuentra a Richard y con él a Marie, la esposa de Weidel. El triángulo amoroso crece mientras la figura del difunto autor flota en el ambiente. Como sucediera  con las anteriores propuestas de Petzold, e incluso con Frantz, de François Ozon, protagonizada igualmente por Paula Beer, el melodrama cobra intensidad. El autor propone una serie de artificios que emocionan hasta conseguir que te olvides de la metáfora del tiempo propuesta desde el inicio.

El interés de la cinta se incrementa por momentos hasta llegar a un clímax final exponencialmente alto. La ciudad juega sus bazas, como lo hacía Casablanca en la obra de Michael Curtiz. En aquel caso, los personajes tenían pasado. Reavivaban una llama no extinguida. En esta propuesta apenas sabemos nada  de los roles principales. Como sucede en la idea general, aparecen como suspendidos en el tiempo. Una especie de burbuja que les conecta con el pasado y el futuro, pero que eluden su ayer sin que se vislumbre el mañana. Una puesta en escena elegante, personal y satisfactoria, que efectúa una llamada intelectual. Afortunadamente, no se queda en la mera exposición o en el relato artesanal de los hechos.

From → Cine

Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: