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Casi 40 (*)

26 junio 2018

Lo que se perdió en el camino

Ella es una cantante retirada y él está enamorado de ella desde su juventud. Juntos emprenden una gira en recintos pequeños como artista y una especie de manager, respectivamente. En las diferentes etapas se evocan sentimientos y realidades. Un paréntesis en sus vidas lleno de recuerdos.

En 1996 David Trueba sorprendió con La buena vida. El hermano del oscarizado David se inició como actor guionista y autor literario antes de colocarse detrás de las cámaras. Su cénit, por el momento, llegó en 2013 gracias a Vivir en fácil con los ojos cerrados. Pero en su filmografía no es oro todo lo que reluce, ya que también cuenta con títulos como Obra maestra, en las antípodas de los mencionados y, desde ahora y según nuestro punto de vista, con esta producción de coste reducido y alejada del respaldo de las grandes cadenas televisivas.

La idea es atractiva, nada menos que la reunión de dos personas a punto de cumplir los cuarenta que se conocen desde adolescentes, que tuvieron una fugaz historia en común pero a quienes la vida les ha llevado por senderos diferentes. Donde falla es en los adornos, en el envoltorio, en algunos diálogos y, sobre todo, en los pequeños detalles. David Trueba quiere ponerse trascendente y nos descubre definiciones personales, como el cariño antropológico que se puede sentir por una canción. También pretende llegar hasta lo más profundo de sus protagonistas, pero Él y Ella se quedan en lo superficial si recordamos a Richard Linklater. Aprovecha igualmente para criticar la industria discográfica y la cinematográfica, pero sin llegar a zaherir. De forma tan trivial como sus conversaciones de amor.

Lucía Jiménez da vida a una cantante que en su día formó parte de un grupo con el que llegó a vender doscientas mil copias de su segundo disco. Estaba unida sentimentalmente al líder del grupo hasta que decidieron separarse, no se sabe exactamente por qué. Seis años atrás grabó su último álbum y prácticamente ha permanecido en silencio desde entonces. Casada con un ex futbolista del Real Madrid, se ha tomado una pequeña libertad en su faceta de madre y ama de casa para protagonizar una pequeña gira propuesta por el personaje de Fernando Ramallo, su eterno admirador y con el que vivió un corto romance cuando eran adolescentes.

Él trabaja ofreciendo productos de una empresa de cosméticos y preparó un corto periplo sin grandes alardes que, inicialmente desalentaron a Lucía. Nada menos que en una serie de librerías que, desde Plasencia, les llevarán hasta Segovia. Aquí empiezan las incongruencias. Dice Fernando que les abonan el hotel y les dan unos trescientos euros por lo menos. ¿Cómo se puede desembolsar ese dinero con una concurrencia que no llega a las veinte personas por muchas subvenciones que se reciban? Se acompañan con pequeños errores de situación, tal vez debidos al montaje.

Lucía y Fernando se sinceran en esta road movie. Recuerdan una historia de amor que no fue, pero que tampoco reeditan. Se profesan cariño pero se muestran muy alejados uno del otro. Charlan en el desayuno, cenando, en algún pub o simplemente paseando en medio de una profusión de modelitos de la protagonista que caben en un mínimo trolley. La primavera castellana muestra sus mejores galas posibles, aunque cuando se pretende destacarlas serpentean con la furgoneta por el escenario más árido, en el que solo verdean los olivos.

Trueba es un madridista confeso aunque las referencias al marido de la protagonista son para olvidar. Fernando le hacer ver lo difícil que debe resultar la convivencia con un deportista retirado que se pasa todo el día en casa, a lo que ella responde que da clase de fútbol a chavales de trece años. Y uno se queda con la boca abierta, como cuando están en un garito, escuchando una banda de country y, de buenas a primeras, un personaje orondo y calvo situado detrás de Lucía le dice que de recuerdos a su marido, con quien coincidió en las categorías inferiores del club blanco de parte de Beckenbauer. Poco después descubre lo bien que canta  ella. Una incongruencia más.

Sí, realmente Lucía Jiménez canta bien, como demostró en la última edición de Tu cara me suena. Se luce en diversos temas compuestos en su día por el director y Rosa León, Jorge Malazu y Sr. Mostaza. También en otro de su hermana, Rebeca Jiménez, hasta que desemboca en el que da título al film y que nació en el transcurso del rodaje debido a la inspiración de la propia Lucía y David Trueba. Menos de hora y media de duración y al menos cuatro canciones completas demuestran el escaso recorrido de la historia.

El cineasta reunió a la pareja protagonista de su pimer film y acertó en lo que respeta a la parte femenina. Los demás personas resultan circunstanciales, si exceptuamos el de Carolina África, una psicodontóloga y periodista cuyas preguntas dan vergüenza ajena, y Vito Sanz, un camarero cuya participación se queda corta. La propuesta se nos antoja siempre escasa, incluso en lo que se refiere a la dirección artística, superada con creces por los escenarios naturales.

From → Cine

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