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Jean-François y el sentido de la vida (**1/2)

8 julio 2018

El niño que quiso ser existencialista

Un libro de Albert Camus cae en las manos de un niño solitario que, desde entonces, queda obsesionado con el existencialismo. Ansioso porque el literato le explique el sentido de la vida, emprende un viaje a París acompañado de una joven desarraigada que busca en Francia un amor perdido durante el último verano.

La simbiosis parece un tanto extraña extraña. Albert Camus, máximo exponente del existencialismo en Francia, y un niño barcelonés. Sin embargo, los nexos de unión se nos antojan bastante creíbles y hay que agradecérselo a Sergi Portabella quien, su primer largometraje, apuesta por una road movie sentimentalista e iniciática que parte de una propuesta tan confusa como las propias teorías del autor francés nacido en Argelia.

Francesc –Max Megías- no tiene una vida fácil. En el colegio, sus compañeros le hacen la vida imposible y sufre con abnegación un fuerte acoso escolar. En su casa, Bárbara –Àgata Roca-, su madre, es una mujer separada que trabaja sin descanso para ganarse a la vida y que apenas dispone de tiempo para atender a su hijo. En una de sus huidas el joven se refugia en los servicios del colegio, donde encuentra un ejemplar de El mito de Sísifo, el ensayo de Albert Camus que originalmente vio la luz en 1942.

Francesc no lo lee, lo devora. Se impregna de sus párrafos y le apasiona conocer el sentido de la vida. El psicólogo Doctor Martí –Pau Dorà- le previene del existencialismo, lo que acrecienta el deseo del chaval por sumergirse en esa teosofía. En su soledad escribe cartas. Una especie de diario a fragmentos que se refieren más bien a lo que desearía que sucediera y no a sus vivencias diarias. Textos que guarda en distintos sobres con el nombre de sus destinatarios. A su madre le dice que se marcha; a Camus que no está en lo cierto y que debiera revisar sus teorías.

Por eso quiere ir a París y visitar el Café de Flore, en el Boulevard Saint-Germain, cita obligada de los existencialistas. Se lo cuenta el doctor Martí, que también presume de sus escarceos en él. Comienza así una aventura imprevisible y nunca antes sospechada, al estilo de como expone el propio Pau Dorà en su Formentera Lady. Primero en un tren como polizón hasta que debe descender en un lugar más próximo a la frontera. Así conoce a Lluna –Claudia Vega- una joven tan desarraigada como él y a la que pide que le lleve a la capital francesa.

Aunque es menor de edad, la muchacha se las arregla para disponer de un automóvil porque ella también quiere ir a Francia, aunque a una localidad más cercana para ver a Phlippe –Théo Cholbi-, un amor de verano que no contesta a sus mensajes. Para entonces, Francesc ha cambiado su nombre por Jean-François. Y todavía desconoce que Camus falleció en 1960. Para ambos arranca un viaje iniciático que se desarrolla en siete capítulos llenos de colorido, con un sentimentalismo nada baboso y una puesta en escena que ayuda al acompañamiento de unos personajes que encuentran en sus actores un vehículo apropiado para enternecernos.

La aventura es la de una idea alimentada por un fin. Primero, adoptamos como nuestro a Jean-François; después, juzgamos como cosas de niños su fatalismo, que es el de los existencialistas, al fin y al cabo; finalmente, sentimos que no se ahonde en su idea inicial y la historia se mantenga en la superficie. El descubrimiento de la sexualidad, el paso de la infancia a la pubertad ha sido tocado demasiadas veces en el cine como para que se intente demostrar ahora con la simple visión de un ombligo.

Portabella comienza aproximándose al Louis Malle de Adiós muchachos, para perseguir de inmediato su propio camino. No es habitual en nuestro cine ver a un chiquillo hostigado por una obsesión. Nos quedamos casi siempre en la búsqueda de padres huidizos o similares. En este caso, va mucho más allá. Es el lado positivo del film y el que le proporciona un alto valor añadido. Después, la cinta avanza hacia propuestas más mundanas dejando a un lado las cuestiones metafísicas o psicológicas.

El autor no ha tenido fe en sí mismo para ahondar en sus planteamientos iniciales o, quizá, consideró que el producto final daría la espalda a cualquier atisbo comercial. Las ideas que ponía en boca de sus protagonistas se diluyen para transformar el viaje en una chiquillada. De una aventura de dos jóvenes marcados por su angustia vital, lo que haría felices a Kierkegaard, Schopenhauer o Nietzsche, se pasa a un fundamentalismo profano. En el tintero quedan ramificaciones, como el existencialismo positivo o cristiano, en contraposición al ateo de Jean-Paul Sartre. La superficialidad marca la segunda parte del film y se pierde la actitud integral ante el mundo y la vida que preconiza el pensamiento filosófico sobre el que gira esta producción.

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