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No quiero perderte nunca (**)

14 julio 2018

Deberes de hija

Malena y Paula se acaban de trasladar a la casa de campo en la que vivían los padres de ésta. La primera se va a trabajar y Paula buscará en la edificación a su madre, recientemente fallecida en una institución. El espíritu parece moverse por las distintas habitaciones, pero la hija de la finada no puede alcanzarlo.

Los recuerdos, las deudas del pasado y los remordimientos filiales son las claves para aceptar este segundo largometraje de Alejo Levis. Teóricamente se trata de un drama centrado en la vejez, pero en realidad se centra en otros aspectos, como la incomprensión, el paso del tiempo y, sobre todo, la relación madre-hija. La exposición se lleva a cabo mediante una escenografía enseñoreada por el misterio. Levis quiere dotar a su historia de un clima tan irreal como corporal, consiguiéndolo a veces, aunque dejándose llevar más por las contriciones que por lo etéreo o sobrenatural.

En una casa aislada, situada en el campo, habitan Malena -Carla Torres- y Paula -María Ribera-. Se acaban de trasladar recientemente a la que, según parece, era la vivienda de los padres de Paula. La atracción entre ambas resulta evidente, pero su relación no se desarrolla en el film. Malena comienza como una mujer que se deja querer para, después de dejar sola a su compañera porque tiene que irse a trabajar, se convierte en una especie de médium o, cuando menos, de transmisor entre el mundo real y el espiritual. Cuando Paula se queda sola siente la presencia de su madre -Montse Ribas-, fallecida recientemente en una institución para mayores.

La protagonista intenta alcanzarla por los pasillos y las distintas habitaciones sin que en ningún momento pueda conseguirlo. Hay evidencias de una brecha en el pasado entre madre e hija. Puede ser por la relación lésbica de Paula o por otros motivos no explicados. El caso es que el film toma esos derroteros, el del terror psicológico, centrado en el propio remordimiento de la relación filial, pero también en la soledad y la llegada de la vejez.

Paula tiene que acostumbrarse a vivir sin su madre, pero la echa demasiado en falta porque considera que no se ha comportado bien con ella. Ese es el postulado de Alejo Levis. El deseo de la hija por compensar los disgustados proporcionados a su madre le acerca al más allá, a una solución final que únicamente puede evitar Malena. Lo lleva a cabo el cineasta mediante una propuesta laberíntica que a veces provoca la incomprensión del espectador, que llega a perderse en esa exposición que, por otra parte, es un tanto pretenciosa.

El ambiente onírico que enseñorea la película tiene mucho de metafórico. La relación familiar es, probablemente, una forma de espantar los demonios personales. En ese sentido, hay más de auto indagación personal que de una búsqueda exterior para hallar soluciones al problema de origen. Quizá, se trate de la contrición que Levis deseaba exteriorizar. Lo lleva casi al extremo porque la película abusa del sufrimiento y hasta parece se nutre de él. Demasiada congoja y exceso de metáforas en poco menos de ochenta minutos para que el público opte por la comprensión. La música estridente ayuda poco y el desenlace se centra demasiado en lo alegórico, con el deseo de buscar una complicidad con el patio de butacas que se consigue a cuentagotas.

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