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La cámara de Claire (Keul-le-eo-ui Ka-me-la) (***)

15 julio 2018

Un café en la Croisette

En pleno festival de Cannes la asistente de ventas de una distribuidora coreana es despedida por su jefa. Le acusa de deshonesta, pero, en el fondo, subyacen los celos profesionales. La aparición de una profesora con su cámara Polaroid, que posee una visión muy distinta de la vida, será decisiva para que ambas aprendan a conocerse mejor.

A cada película que firma, el coreano Hong Sang-Soo me sorprende un poco más. Su cine es aparentemente frágil, incluso alguien podría calificarlo de insustancial. Parece que no sucede nada y, además, la cámara apenas cambia de posición. Sus filmes parecen hilvanarse a base de planos-secuencia interminable en los que, generalmente, dos personajes hablan mientras toman un café, degustan un vino o pican algo de comer. Como si de una representación clásica se tratase. Y entonces surge toda la enorme profundidad que albergan los diálogos y la puesta en escena.

Es como un huevo, aparentemente inocuo, con una cáscara lisa y que parece impenetrable, pero del que sale un ave con un plumaje espectacular. El cineasta se siente como pez en el agua colocando su cámara frente a una mesa, mientras dos personas, generalmente poniendo el énfasis en el lado femenino, hablan tanto de su vida exterior como interior. Afortunadamente para él, cuenta con una actriz impecable para llevar a término sus propuestas. Se trata de Kim Min-hee quien, además, es su compañera sentimental desde hace un par de años. La colaboración artística entre ambos comenzó en 2015 con Ahora sí, antes no y continuó con The Day After y En la playa sola de noche. Este trabajo que nos ocupa supera los interiores y ambos volverán a ser los referentes de Grass, cuyas expectativas son inmejorables.

Min-hee comparte honores estelares con Isabelle Huppert quien, por primera vez en mucho tiempo, se encuentra con un personaje que no le exige esfuerzo físico ni una intensidad exagerada. Simplemente, tiene que interpretar, meterse dentro del personaje y hacerlo suyo. Previamente, había trabajado a las órdenes de Sang-Soo hace seis años. En otro país reflejaba las principales constantes del cine de su autor. Sus argumentos siempre están relacionados con el séptimo arte, ya sea con la autoría de un guion, las idas y venidas de un director o, como le sucede a la protagonista de La cámara de Claire, que representa a una ejecutiva de una productora cinematográfica. Tantas referencias nos obligan a pensar que existen muchos aspectos autobiográficos en las propuestas del cineasta de Seúl.

Jeon Manhee – Kim Min-hee- se encuentra en el festival de Cannes cuando su jefa, Nam Yanghye -Jang Mi-hee -, le pide que abandone su trabajo en el equipo de prensa que promociona la última película del cineasta So Wansoo -Jung Jin-young-. Nadie se explica esa decisión porque Manhee es lo más parecido al alma de la fiesta. Se entrega a su trabajo, posee una mente lúcida para afrontarlo, y no tiene horario. Yanghye afirma que es deshonesta, aunque en realidad la decisión ha sido empujada por los celos. Yanghye es la pareja de Wansoo y su subalterna ha pasado una noche con él. No significa que sea deshonesta en su trabajo, ya que cumple como nadie en él, pero la situación podría volverse irrespirable.

En su deambular por la Croisette, la avenida neurálgica y epicentro durante el festival cinematográfico por excelencia de la Riviera francesa, Manhee se encuentra con una profesora y escritora llamada Claire -Isabelle Huppert-, que no se despega de su máquina fotográfica, una Polaroid. Las instantáneas son constantes en el desarrollo del guion. Antes de olvidarse definitivamente de su trabajo y nada más comunicarle su jefa la decisión que había tomado, le pide que le acompañe en un selfie para conservar un recuerdo del buen trabajo que habían firmado juntas. Más adelante, Claire le dirá que si te saco una foto ya no volverás a ser la misma persona. Ambas mujeres comenzarán a compartir reflexiones y juntas descubrirán más la una de la otra, pero también de sí mismas.

A simple vista, la película parece ingenua, lineal y poco profunda. Nada más lejos de la realidad. La ligereza que puede achacársele, favorecida por la puesta en escena prácticamente a plano fijo, no es tal. La fuerza del cine de Sang-Soo proviene de la perfección de sus encuadres, de la composición de los mismos y de unos diálogos cuyo contenido es mucho más profundo de lo que aparentan. Hay dos aspectos en cada secuencia, el cómo se cuenta y lo que se dice entre líneas. Por eso, cada uno de ellos nos obliga a redescubrirlos. Al final, como en casi toda la obra de este cineasta, tenemos la sensación de que se trata de una zambullida en la génesis de los sentimientos y de la inconsistencia que les atañe. Una reflexión sobre la maleabilidad del ser humano a través de un cristal aparentemente inocuo y predecible pero complejo.

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