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Siberia (**)

18 julio 2018

A los hombres también les gustan los diamantes

Un comerciante norteamericano de diamantes se desplaza a Rusia tras la desaparición de su socio. Una vez en Europa conocerá a varios personajes; entre ellos a Boris, un tipo acaudalado y con un ejército a sus órdenes. También a Katya, propietaria de un bar en Siberia, con la que vivirá una tórrida historia de amor.

Cantaba Marilyn Monroe que Los diamantes son los mejores amigos de las mujeres, el tema que se escuchó por primera vez en Broadway en la voz de Carol Channing. Si nos atenemos al desarrollo de la segunda película del director de Frank y Lola, el neoyorquino Matthew Ross, también lo son de los hombres. Al menos, una partida de esas joyas es lo que motiva que el protagonista, Lucas Hill -Keanu Reeves- se desplace desde Estados Unidos a Rusia para rematar una operación.

De esta forma comienza un thriller que podría enmarcarse en el cajón de las historias tradicionales si no fuese por algunos aspectos que lo convierten en singular, aunque no por ello signifique que eleven su calidad. El final no resulta nada complaciente con el espectador, y la relación del protagonista con Katya -Ana Ularu- lleva al film por unos derroteros inesperados, reconvirtiéndolo en un ejemplo de intriga romántica, en ocasiones algo confuso y en otras demasiado tópico.

En principio, nada aventura que Lucas pueda llegar a perder la cabeza por una mujer en lo más profundo de Siberia. Su matrimonio con Gabby -Molly Ringwald-, la inolvidable protagonista de La chica de rosaparece que va viento en popa hasta que se marcha a San Petersburgo para acompañar a su compañero Pyotr -Boris Gulyarin-. Sobre el papel, debían formalizar una transacción bajo cuerda de una pequeña partida de diamantes azules, muy difíciles de encontrar, y por los que negociaría en base a una suma astronómica.

Cuando el protagonista llega a Rusia conoce a una serie de personajes que resultan trillados y se han visto hasta la saciedad en la pantalla, tanto si son rusos, como chechenos o albanokosovares. La diferencia es que a la sombra del Kremlin han crecido tipos avariciosos, que han conseguido una fortuna personal muy importante a base de extorsiones o negocios sucios y que disfrutan de unos mercenarios bien pagados que les defienden y les hacen el trabajo sucio. Al menos, así lo manda la tradición fílmica de Hollywood.

El mejor ejemplo es Boris Volkov -Pasha D. Lychnikov-, quien hace su entrada en la película con todos los honres, en un hotel, fumando un grueso habano y con la escolta correspondiente. Solo le hace falta un abrigo más llamativo y la cámara lenta para tener el estereotipo completo. Otros personajes no le andan a la zaga en este sentido. Como, por ejemplo, Yefrem -Aleks Paunovic-, Polozin -Eugene Lipinski- o Iván -Dmitry Chepovetsky-. Todos ellos, y alguno más, incluida Yolanda Ferres en el papel de Raisa, son un calco de muchos similares descritos con anterioridad. Ante la ausencia de Pyotr, el comerciante norteamericano decide ir a Mirny, a ocho horas de avión, donde vive el hermano de su socio. Allí es donde termina en el bar regentado por Katya, antes de que decida pasar unos diamantes falsos por los verdaderos, en paradero desconocido desde la ausencia de Pyotr.

El encuentro del norteamericano con la mujer, que aprendió inglés en Australia, sí que da un giro total a la historia y también a la hora de que el espectador se enfrente con este largometraje. Ana Ularu, la Rachel de Musa, prácticamente hipnotiza al extranjero. Es ella quien le propone acostarse juntos. ¿Ahora?, le pregunta Lucas. Dan rienda suelta a una pasión que, inicialmente, se puede entender como un amor pasajero para él. Sin embargo, va mucho más allá, hasta el punto de tomar decisiones descabelladas o muy poco recomendables por culpa de esa exasperada atracción que a muchos no les resultará demasiado comprensible.

Quizá, el punto de inflexión sea cundo Katya le pide que en el clímax diga el nombre de su esposa y que le haga el amor como si lo hiciera con Gabby. Tal vez, esa llamada telefónica a Estados Unidos que no encuentra respuesta. El caso es que la película gana, y mucho, tras el encuentro de ambos. Keanu Reeves, que luce s habitual hieratismo, rayando en la apatía, se torna más sensible. Ligeramente, que tampoco hay que pasarse. Ana Ularu se entrega apasionadamente a su personaje, una mujer ardiente hasta que se llega al momento álgido, cuando Boris propone un sucio intercambio para demostrar los lazos que le unen con Lucas.

Ese amor fou, impensable en el frío este siberiano es lo que lleva a un desenlace nada benévolo para con el espectador. Un intento de cine de calidad que no se ajusta a lo visto anteriormente. Incluso, debido a la presencia de miembros del FSB, o Servicio Federal de seguridad de Rusia. Con ese desenlace y la pasión de los amantes se pretende justificar una serie de tópicos que tienden a la vulgaridad. Lucas es un experto en duelos cuerpo a cuerpo, tiene habilidades profesionales en la utilización de los teléfonos móviles y sabe ruso, aunque lo demuestre a partir de un momento puntual. Todo al servicio de la historia para hacerla más digerible aun a pesar de que sea menos creíble.

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