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Happy End (***)

19 julio 2018

Disección de una familia

La acción transcurre en Calais, al lado de un campamento de refugiados y se centra en una familia acomodada. El patriarca, con rvidentes síntomas de deterioro, pretende desaparecer. No es el único problema. Cada miembro de la familia debe hacer frente a un obstáculo que altera su vida y puede afectar al colectivo.

Un gran cineasta no tiene por qué ser genial en todas sus películas, aunque se espera de él que sus productos más flojos sean sensiblemente superiores a la media. Eso es lo que sucede con Michael Haneke, uno de los creadores europeos más importantes del momento, capaz de regalarnos cine con mayúscula en sus obras y de mostrar con soltura caminos visuales que otros ni tan siquiera atisban. Se esperaba que pudiera arrasar en Cannes, pero el palmarés no se rindió al prestigio del profesional más laureado en su historia. Probablemente, porque el jurado esperase que el bávaro se mantuviese fiel a la línea de Amor, que acaparó todos los premios posibles, incluyendo el Oscar.

Con esa cinta, Haneke se habría apartado de su visión fría y distante de los acontecimientos que desembocaron en La cinta blanca, su primera Palma de Oro. Cinco galardones consecutivos en la Riviera francesa hubieran significado un hito casi imposible de superar. En el retrato de una familia se concentra cada vez más el desarrollo de esta obra irregular. Los Laurent habitan en Calais, donde han conformado un emporio gracias a una empresa de construcción, muy cerca de un campo de refugiados. Este último punto aporta un asunto actual que parece oponerse a esa burguesía de clase media alta que encarnan los protagonistas. Sin embargo, la cuestión se diluye, hasta prácticamente obviarse, como si el autor no quisiera meterse en otros líos aparte de los derivados de su jugosa cédula familiar.

Georges –Jean-Louis Trintignant- es el patriarca que, afectado por una demencia senil incipiente, desea evitar el sufrimiento y abandonar esta vida para siempre. Ha dejado el negocio que proporciona el sustento familiar a su hija Anne –Isabel Huppert-, quien tiene un hijo de vida disipada, Pierre –Franz Rogowski- y un novio y aliado comercial inglés –Toby Jones-. Ella debe hacer frente al fallecimiento de un trabajador, que se ha producido por una aparente negligencia del propio Pierre. Su hermano, el cirujano Thomas –Matthieu Kassovitz-, se encuentra en la casa con su segunda esposa Anais –Laura Verlinden- y su hijo recién nacido. Pero Thomas tiene una aventura con una violonchelista –Loubna Abidar-. Sin embargo, quien acapara todas las miradas es Eve –Fantine Harduin-, la niña de trece años producto de su primer matrimonio.

Eve es un personaje tan perverso como atractivo, pero que cuando aparece en pantalla nos cautiva, tanto por el rol en sí como por la actriz que lo encarna. Hasta es posible que hubiera envenenado a su madre después de que una sobredosis de sedantes la indujera el coma. Sabemos a ciencia cierta que eliminó a su propio hámster por una curiosidad. Es probable que continuase después con  una adición delictiva. Pero, a medida que transcurre el film, la muchacha descubre secretos execrables que afectan a todos los componentes del resto de los habitantes de la casa. En su caso, parece que está totalmente integrada con el lado oscuro de la familia. De casta le viene al galgo.

En una propuesta en la que los teléfonos móviles y las redes sociales cobran una importancia vital, Haneke se mete dentro de la mansión de Calais y deja que los personajes orbiten a su alrededor, como si fuese el ojo de un huracán. Ese en el que impera la calma mientras todo a su alrededor se descontrola. Por si no bastase, parece que todo lo hemos visto con anterioridad de manera fragmentada en el propio cine del director. Suele ser habitual que los autores repitan temática, enfoque y hasta situaciones. A Woody Allen se le ha achacado de reiterarse en temas que, sin embargo, en cada propuesta parecen distintos. Sucede también con los músicos y sus canciones. El responsable de Funny Games o La pianista no constituye ninguna excepción. Si en sus películas muestra mundos oscuros y reprobables, mantiene su discurso sin decoro.

La película se sigue a impulsos. Hay momentos en los que admiras a un cineasta con mayúsculas y otros en los que te parece pretencioso y, lo que es peor, abúlico. Sentado en su silla de director ve pasar a sus personajes como quien espera a la puerta de la casa sabiendo que por allí desfilará el cadáver de su enemigo. Cuando el hermetismo es su razón de ser, casi llegas a abandonar, y sientes que lo ves no te importa aunque consideres que los planos son perfectos, pero mucho más agradecidos que el contenido. El ataque sin concesiones al frágil equilibrio moral de la burguesía es un deporte general para los cineastas comprometidos con algo más que la estética. Luis Buñuel lo bordó, mientras que otros se conforman con intentarlo.

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