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Asalto en la noche (Breaking in – Payback is a Mother) (*)

27 agosto 2018

Del miedo a la desesperación

Una mujer luchará con todas sus fuerzas y recursos para liberar a sus hijos, secuestrados por unos ladrones. La familia se dirigió a una casa unifamiliar, herencia de su padre recién fallecido, con intención de venderla, pero se encontraron con cuatro ex convictos deseosos de hacerse con un suculento botín.

Después de un debut tan aceptable como esperanzador gracias a V de Vendetta, la filmografía de James McTeigue se ha convertido en tópica y olvidable. Volcado hacia el terror o la intriga, ha contado siempre con actores de reclamo salvo en esta última propuesta, en la que Gabrielle Union es la más reconocible. Popular entre el público afroamericano, no goza de idéntica penetración en otros mercados. Precisamente, el trabajo del director y, sobre todo, el de su actriz principal, son las piedras angulares de este film predecible, que se inscribe dentro del subgénero de invasión del hogar. El guion y el resto de actuaciones, mejor olvidarla.

Se luce McTeigue al inicio. Vemos a Isaac Paulson -Damien Leake-, un acaudalado personaje con problemas con la justicia, salir a correr por los alrededores de su casa antes de ser atropellado. Luego sabremos que se trató de un asesinato. Su fallecimiento posibilita que su hija Shaun Russell -Gabrielle Union- se desplace a Winconsin con sus hijos Jasmine -Ajiona Alexus- y Glover -Seth Carr- con el objeto de vender la enorme mansión donde creció. Una propiedad inmensa, que en su día albergó una cuadra de caballos, y cuyo edificio principal es un ejemplo de domótica.

Se supone que Shaun y sus hijos no esperaron al cabeza de familia, Justin Russell -Jason George- porque éste se había quedado en la oficina y su esposa esperaba la visita de Maggie Harris -Christa Miller-, la agente inmobiliario encargada de la venta. Lo que no conseguimos explicar es la razón por la que esa cita tiene lugar durante la noche. Tampoco acertamos a comprender que Glover se manifieste como un pequeño genio de la informática y su talento solo se utilice para decirnos que la casa presenta los últimos avances en ese sentido. Prácticamente impenetrable, los personajes entrarán y saldrán de ella prácticamente a su antojo.

El caso es que, dentro de esta vivienda unifamiliar, aislada como corresponde, hay cuatro ex convictos codiciosos de un botín que se esconde en su caja fuerte. Nada menos que cuatro millones de dólares, según confesó en una noche de amor una de las empleadas de hogar a uno de los asaltantes, Sam -Levi Maeden-. El jefe de la banda es Eddie -Billy Burke-, cerebro de la operación, a quien acompañan otros dos tipos que conoció en prisión. Duncan -Richard Cabral- es el clásico esquizofrénico al que le cuesta tan poco degollar a otra persona como meterse las manos en los bolsillos. Peter -Mark Furze- es el especialista que debe de burlar las medidas de seguridad.

El hecho de que el fallecido tuviera oculto su dinero es lo que obliga a la presencia de los asaltantes cuando llegan los Russell. Con la intención de conocer el paradero de la caja fuerte, secuestran a los dos chavales. El siguiente paso es hacer lo mismo con su madre para que les confirme la ubicación del dinero, pero esa última circunstancia no será tan sencilla como esperan. Shaun se convierte en una madre coraje, de esas que hemos visto en cine muchas veces, pero Gabrielle Union la hace creíble. Nadie sabe hasta donde puede llegar una mujer en esas condiciones, bajo una presión extrema. El propio Eddie afirma que puede controlar el miedo pero que no está preparado para la desesperación.

La película no es más ni menos que lo que se esperaba a tenor de su sinopsis. El desarrollo no es novedoso ni tampoco contempla alicientes distintos a los habituales. La puesta en escena supera con mucho a un guion nada sorprendente compuesto por unos diálogos que alcanzan por momentos una nota sobresaliente en su simpleza. La tibieza es la máxima del film. Tanto, que a mitad de la proyección nos preguntamos como es posible que se extienda durante hora y media. El director se esfuerza por mantener el interés y que la tensión no afloje, pero los mimbres no dan para mucho más.

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