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Un océano entre nosotros (The Mercy) (**)

3 septiembre 2018

Pelillos a la mar

En 1968 un navegante aficionado llamado Donald Crowhurst, veterano de la Real Fuerza Aérea Británica, se decidió a participar en la Golden Globe Race. Con un barco diseñado por él mismo, contó con el respaldo de distintos vecinos y profesionales en su intento de dar la vuelta al mundo sin escalas.

Pocos biopic se rematan con su protagonista en el momento que alcanzan la cima. Los relativos a músicos o deportistas son los que presentan mayores excepciones a la regla. Generalmente, con mayor o menor dramatismo, la conclusión coincide con el último adiós del personaje central. Otra de las constantes en este tipo de filmes es que se centran en personajes históricamente notables, que han llevado una vida especialmente destacable o que han conseguido logros importantes para la humanidad.

El cineasta británico James Marsh ya rompió ciertos moldes con La teoría del todo, la cinta sobre Stephen Hawking que le supuso un Oscar a Eddie Redmayne. Ahora, vuelve a mostrarse diferente en cuanto a las historias que plantea porque la vida de su nuevo protagonista, Donald Crowhurst -Colin Firth- se corresponde con la de un gran impostor del que apenas se acordaría nadie fuera de su círculo familiar si no se hubiera estrenado esta película.

Todo comienza con una disertación de sir Francis Chichester -Simon McBurney- el día que se presenta la Sunday Times Golden Globe Race, una carrera náutica auspiciada por el periódico británico para enaltecer al primer navegante que consiguiera dar la vuelta al mundo en solitario y sin escalas, así como una dotación en metálico de cinco mil libras esterlinas para el más rápido de la ruta. Se recogía de esta forma el deseo de varios lobos de mar que pensaban en cumplir dicha empresa. Por eso no se fijó una fecha fija de salida. Cualquiera podría partir entre el primero de junio y el 31 de octubre de 1968. No se reeditó en los años siguientes, aunque derivó en acontecimientos tan populares como la BOC Challenge y la Vendée Globe.

Nueve animosos marinos anunciaron que tomarían parte en la prueba, aunque cuatro se retiraron antes de abandonar el Océano atlántico. De los que continuaron, solo Donald Crowhurst se decidió por un diseño propio, un trimarán con el que pensaba ser el más rápido. Desde que abandonó la Fuera Aérea británica urdió diversos inventos en la pequeña y agradable localidad de Teignmouth, en el estuario del río Teign, cerca de Devon. Su empresa estaba a punto e la bancarrota y vio en la Golden Globe la posibilidad de salir de la ruina y prestigiar sus innovaciones.

Para llevar a cabo su iniciativa pidió ayuda a un empresario local, Stanley Best -Ken Stott-. Cuando los retrasos se acumulaban y la inyección económica debería ampliarse, Donald comprometió su propia compañía e incluso la casa en la que habitaba con su esposa Clare -Rachel Weisz- y sus dos hijos. Al tiempo, se puso en manos de un agente de prensa llamado Rodney Hallworth -David Thewlis-, quien se empeñó desde el primer momento en cantar las alabanzas del navegante, la rapidez de su barco y el mérito de un hombre que, prácticamente, no había surcado nunca las aguas de ningún océano.

La regata se centró en cuatro nombres. Nigel Tetley se hundió cuando lideraba la prueba; Bernard Moitessier, que abandonó la prueba para quedarse en Tahití después de haber dado una vez y media la vuelta al globo; Robin Knox-Johnston, que fue el único que llegó a la meta; y Donald Crowhurst, que engañó a todos declarando posiciones falsas y que, según la versión oficial, perdió la cabeza y terminó suicidándose.

Lejos de cargar las tinas en la aventura visionaria de su personaje central, James Marsch, a través del guion de Scott Z. Burns, se centra en el drama humano. Primero, en la relación entre Donald y su esposa. Más adelante en la posible locura de su protagonista, un hombre recto que se ve obligado a reparar una fuga en el casco de su nave en una perdida playa de Argentina, y que más tarde se siente abrumado por su fracaso reconocido. Cierra su transmisor y piensa en llegar el último porque nadie se preocupa de leer el cuaderno de bitácora del postrer clasificado. Llegan las alucinaciones y, finalmente, su desaparición, ya que el cuerpo jamás fue encontrado.

La propuesta parte de una frase de sir Edmund Hillary: La gente no decide ser extraordinaria, deciden lograr cosas extraordinarias. Con esa afirmación cumplen los protagonistas de este film. Colin Firth rubrica una actuación contenida y absorbente que se eleva hasta figurar entre las mejores de su carrera. Le da buena réplica Rachel Weisz, quien muestra sus emociones sin alharacas y de forma admirable. David Thewlis completa un triángulo brillante. Los tres dan aliento a un largometraje al que le falta fuerza. El incremento de la locura del protagonista se presenta más místico que emocional. Cuando en las imágenes marítimas echas de menos planos o secuencias del estilo de La vida de Pi, Marsch nos las ofrece a cuentagotas. Se ha documentado mucho para completar esta obra, pero le falta ese punto apasionado que remata las grandes películas.

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