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Las distancias (***)

7 septiembre 2018

Esqueletos en el armario

Cuatro españoles se desplazan a Berlín para darle una sorpresa a un amigo por el día de su aniversario. Como muchos otros compatriotas ha ido a Alemania en busca de un futuro mejor, pero no recibe a los recién llegados con el calor que esperaban. El grupo se disgrega al comprender que sus sueños distan mucho de la realidad.

Después de una ópera prima –Blog, 2010-, que se presentó en una de las secciones del Festival de San Sebastián, Elena Trapé regresa con una película triunfadora, que no en vano fue la más galardonada en el pasado festival de Málaga, con distinciones para el film, la directora y la actriz principal. Trapé se responsabilizó de un corto en 2014 sobre su admirada Isabel Coixet quien, desde su productora, apostó por este empeño que supone una de las propuestas intimistas más interesantes en lo que va de año.

La ciudad de Berlín acoge el desarrollo de esta historia. La autora, que desnudará a sus personajes sin recurrir a las estridencias, huye también de mostrarnos la ciudad. Únicamente, al inicio, vemos los exteriores del aeropuerto. Más adelante, un par de restaurantes, calles impersonales y algún que otro establecimiento que sirve para comentar la afluencia masiva de españoles. La crisis ha provocado el éxodo de muchos en busca de un futuro más esperanzador. Se trata de una oleada generacional como corresponde a los personajes del film, todos ellos colegas de la Universidad y que se sitúan en torno a los 35 años, la edad que Comas -Miki Esparbé- cumplirá el fin de semana.

Hasta el portal de su domicilio llegan Olivia -Alexandra Jiménez-, Eloi -Bruno Sevilla-, Guille -Isak Férriz- y la pareja de éste, Ana -María Rivera-. Aquella está embarazada de su actual compañero, con el que se comunica por teléfono, aunque se desprende que Olivia y Comas vivieron un romance y ambos, según consta en un papel, acordaron darse otra oportunidad en caso de que llegasen libres a los 35. Eloi va más a su aire, busca compañía en Internet y parece el más inquieto. Guille se revelará como un personaje ácido, lleno de reproches poco dado a las lisonjas. Será responsable de diversas tiranteces que la intervención de Ana, en un intento de ser algo más que una convidada de piedra, no conseguirá apaciguar.

La acogida por parte de Comas no es el que cabía esperar. Le han visto de camino en un par de marquesinas aportando su rostro a un cartel publicitario. Antes de reencontrarse con sus antiguos colegas de la Universidad intenta ocultar algunas cosas, aunque no puede evitar que el piso, más amplio de lo esperado, sea un desastre. Dice el bolero, y Antonio Orozco lo asevera en el título de una de sus canciones, que la distancia es el olvido. Cada personaje ha evolucionado en busca de su destino, y no todos lo han hecho de forma consecuente. Puede que Olivia y Eloi se aproximen más a los adultos que se esperaba de ellos, pero no así Comas y Guille.

La frialdad del recibimiento va diluyendo la cohesión del grupo, máxime cuando todos se muestran tal cual son. Como dice uno de ellos, cualquiera de nosotros tiene esqueletos en el armario, datos ocultos que cada cual prefiere que no salgan a la luz. Hay dos momentos claves para entender la deriva de las relaciones. Comas desaparece mientras Olivia se queda en su apartamento preparando un pastel para su aniversario. Guille se encara con Eloi, que termina marchándose para dejar a su amigo con su pareja en la cola de un puesto de salchichas.

El otro momento sustancial, aunque casi fragmentario, es cuando Olivia quema el papel en el que se había comprometido con Comas para darse una oportunidad cuando llegasen esas fechas. Más de una década atrás, podríamos hablar de las heridas abiertas al convertirse en adultos. Ahora, la circunstancia es distinta. Las cicatrices quedarán, pero ahora serán más profundas porque el momento en que suceden los hechos se encarga de profundizarlas.

El relato es descarnado, tanto en el fondo como en la forma. Lo enfrentamientos personales se resuelven sin aspavientos, prácticamente con susurros. Las miradas y los silencios resultan tanto o más importantes que las palabras. No hay muchos alardes en la puesta en escena, que también apuesta por la sobriedad. Los escenarios son más bien oscuros, como corresponde a la relación que se deteriora, y por eso hay que destacar el buen trabajo de Julián Elizalde, responsable de la fotografía. El relato generacional no invita al optimismo. Comas no es el exitoso personaje que parece manifestar cuando regresa a Barcelona en cortos espacios de tiempo. Los demás tampoco pueden lanzar las campanas al vuelo porque sus vidas muestran igualmente claroscuros.

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