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Testigo de otro mundo (***)

14 septiembre 2018

Enviado del cielo

Desde que a los doce años tuvo relación con el fenómeno OVNI, el gaucho Juan vive recluido en la soledad del campo. Casi cuatro décadas después, el rodaje de este documental sirvió para dejar atrás muchos complejos y hablar a pecho descubierto sobre el incidente del que fue protagonista en 1978.

El título y la sinopsis de esta producción nos aventuraban un relato que se centraba en el fenómeno ovni. Sin embargo, la realidad es bien distinta. Hay referencias, por supuesto, al caso de Juan Pérez, el muchacho que tuvo un encuentro cercano cuando contaba doce años. Pero no es ese el meollo de la producción, sino profundizar en el interior de una persona que durante cuarenta años ha vivido con un estigma al ser vilipendiado por unos y tachado de impostor o mentiroso por otros.

Hay una búsqueda interior que no le resulta extraña a su responsable, el bonaerense Alan Stivelman quien, en su anterior y único documental precedente, se desplazó a Los Andes para entender las claves del origen del hombre y la razón de su existencia. Ahora, pese a la participación del destacado especialista Jacques Vallée, uno de los más destacados ufólogos a nivel internacional, lo que de verdad narra es un propósito mucho más humano. Nada que ver con los objetos volantes no identificados, ni con las posibilidades de que exista vida extraterrestre o que otras civilizaciones del espacio exterior se hayan o no comunicado con nosotros. Es el viaje interior de un hombre sencillo que acarrea por decenios una experiencia singular.

El primer contacto entre el científico y Juan Pérez tuvo lugar en 1980, dos años después del incidente ocurrido en la localidad de Venado Tuerto. Fue acompañado por su esposa Janine una psicóloga infantil que se quedó impresionada tras conocer al chaval. Cuando en una rueda de prensa quiso dar detalles de su contacto, fue incapaz de relatar los hechos entre sollozos, como consta en las imágenes grabadas en súper 8 y rescatadas para este largometraje. En pleno siglo XXI todavía se pueden ver cicatrices en su cuerpo a resultas de aquel hecho. Otras heridas son más difíciles de curar, las del alma, por cuanto la incredulidad y burla de sus vecinos ha perseguido a Juan desde entonces.

Alan Stivelman se acercó a él de forma pausada, intentando no provocar rechazo. Durante un año se extendió el rodaje y el cineasta tardó mucho tiempo en preguntarle a su protagonista por sus recuerdos de aquel contacto, el primero de otros cinco que sucedieron después. Si se sabía que, durante una de las habituales tormentas de la zona vio una luz distinta a las conocidas. Poco después, se encontró dentro de un ovni, ante una figura enorme vestida de azul a la que acompañaba un robot cuyas extremidades eran pinzas y que almacenaba huesos de ganado vacuno. Se trataba de la primera experiencia registrada de este tipo y referida en nuestro planeta.

El propósito formal de este trabajo se materializa finalmente. Juan cuenta su experiencia a la cámara después de que Stivelman se hubiera ganado su confianza. El propio gaucho es una persona distinta a la del comienzo del trabajo. Ya no tiene resquemores a la hora de hablar del incidente. Los que le crean, bien; los que no, allá ellos. Cuarenta años después parece haber superado su trauma.

El responsable de este proyecto investigó también entre los chamanes guaraníes para buscar las raíces de Juan. Muy conocido entre ellos, es apodado Enviado de Dios. En el documental, rodado en los mismos parajes en los que vive su protagonista y ocurrieron los hechos, se establece un cierto paralelismo entre la marginalidad de ese pueblo ancestral con el propio fenómeno ovni.

Para aquellos que deseen profundizar en la ufología, esta producción nos les ofrecerá datos novedosos. El suceso que se narra es muy conocido entre los aficionados a esta materia, pero sí que pueden agradecer a su autor una puesta en escena visualmente atractiva y ese viaje al interior de Juan, cuya historia como ser humano es verdaderamente apasionante. Cierto que todos tenemos una historia que contar y que solamente hace falta hacerla atractiva. El interés humano de Testigo de otro mundo es mucho más interesante que el acontecimiento que sirve como punto de partida. Un mérito de su autor, que ha sabido encontrar el verdadero metal precioso que alberga en su vida un gaucho que ha seguido con su vida solitaria a poco más de un kilómetro de donde tuvo lugar el acontecimiento que marcó su vida.

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