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The Rider (****)

21 septiembre 2018

Sin rodeos

Una figura del rodeo y talentoso domador de caballos intenta salir adelante después de un grave accidentes que necesitó una intervención quirúrgica craneal. Definitivamente, se decide por retomar el control de su vida y replantearse, según le aconseja su mejor amigo y mentor, alcanzar sus sueños.

Antes de visionar The Rider conocía de ella que la habían ensalzado en diversos círculos como una de las producciones independientes más sorprendentes del año. Frases como ésta, en ocasiones, suelen ser gratuitas y vienen ayudadas por la publicidad. Sin embargo, una vez visto este film he de reconocer que los calificativos se han quedado cortos. Se trata de un largometraje lleno de virtudes y de grandes fortalezas que le conceden un valor intrínseco de primer nivel.

Para desgranar esta producción debemos ir por partes. En primer lugar, su directora, Chloé Zhao. Nació en Pekín en 1982, vivió en Inglaterra cuando era adolescente y se apuntó a un curso de dirección cinematográfica en Estados Unidos. Su primer largo, que no hemos tenido ocasión de ver por estas latitudes y que le supuso tres nominaciones a los Independent Spirit, se trataba de un relato actual en la reserva india de Pine Ridge. Lo culminó mediante la aportación de habitantes de la zona, personas que jamás se habían enfrentado a un rodaje. Nada de profesionales.

La propuesta se repite en The Rider, donde la familia compuesta por Brady, Wayne y Lily Jandreau se encarnan a ellos mismos, aunque se halla cambiado su apellido por Blackburn. De todas formas, en un video grabado al inicio del film se muestran algunas intervenciones del protagonista, con su nombre real, en otros tantos rodeos. En este apartado, Chloé Zhao se muestra impecable, y convierte su proyecto en un docuficción. A veces, parece que asistimos a momentos reales; sin embargo, todo está guionizado, lo que no quita para que asistamos a secuencias que parecen haber nacido y desarrollado en un único momento perfectamente captado por la cámara.

Saca partido la directora a su personaje central, que emerge como un actor consagrado. También a esa América profunda representada por Dakota del Sur, donde se desarrolla la historia. No deja solo en ningún momento a Brady Jandreau, elevando su presencia. Consigue algunos fragmentos para el recuerdo y, sobre todo, aprovecha los cielos del estado en el que se localizan el monte Rushmore, Badlands y Black Hill, profundizando en sus colores, penetrando en ellos ayudada por el espléndido trabajo de su director de fotografía, Joshua James Richards. Además, el compositor Nathan Halpern, subraya las imágenes con acordes aislados, que refuerzan y marcan los momentos más álgidos.

Y, a todo ello, hay que añadir la historia, remarcada por una puesta en escena seria y sin concesiones. De inicio, Brady se quita unas cuantas grapas de la cicatriz que recorre una parte de su cráneo. Ha sufrido un accidente en un rodeo cuando estaba a punto de conseguir la victoria. Una mala caída que le llevó a ser pisoteado por el caballo. No podrá volver a lo que realmente es su vida, el rodeo. Se dedica entonces a la doma de los equinos. Una forma de solventar en parte sus apetencias. En una secuencia admirable, somete a un bravo ungulado. Tan atractivo que parece real.

Brady, que siempre tiene tiempo para su hermana autista, Lily, no quiere ser como su padre. Con escasos recursos, el dinero que gana se lo deja en las tragaperras. Tampoco consigue dejar atrás la amargura puesto que no puede dedicarse a la actividad que desea. Tiene otra válvula de escape, su mejor amigo y mentor, Lane Scott, que se interpreta a sí mismo. Se trata de un especialista de rodeo de toros que, tras un accidente, se ve impedido en una silla de ruedos y sin la posibilidad de hablar. Se comunica con Brady mediante la composición de letras con la mano izquierda, el único miembro que puede mover, aparte de algunos músculos del rostro. Lane le insiste que no deje de perseguir sus sueños.

La película es triste, aunque por momentos ensoñadora, como el principio y el final con la monta de Gus, un caballo que es casi un miembro de la familia, por la pradera. Ninguno de los personajes principales tiene motivos para la esperanza. Los demás, colaboran a ese mundo de perdedores. Aunque algunos de ellos no lo sean, están condenados a serlo en un futuro más o menos próximo. Pese a todo, nos atrapa y en ningún momento sufrimos la angustia y la pena que implican producciones que buscan la lágrima fácil y ponernos un nudo en la garganta. Sufrimos con Brady cuando su padre vende a Gus, y más adelante asistiremos a sus peripecias con un nuevo equino, Apolo, que aportarán imágenes dolosas, aunque tratadas con mimo y especial delicadeza para no hurgar en las heridas abiertas previamente

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