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El capitán (Der Hauptmann) (***)

23 septiembre 2018

Un nazismo crepuscular

Cuando el III Reich se desmoronaba, al final de la II Guerra Mundial, un soldado hambriento y andrajoso se enfunda un traje de capitán del ejército germano y, reclutando a otros desertores, comienza a matar y saquear a su paso. Aplica la brutalidad monstruosa de aquellos de los que, al principio, trataba de escapar.

Presentada en el Festival de San Sebastián de 2017, donde fue recompensada con la mejor fotografía, esta propuesta significa el regreso a casa del cineasta alemán Robert Schwentke después de seis largometrajes en Estados Unidos, incluyendo dos entregas de la trilogía Leal y la serie televisiva Miénteme. Supone también rodar una historia propia, basada en un hecho real que, en este caso, se centra en los últimos momentos de la II Guerra Mundial, cuando el régimen del III Reich agonizaba.

Willi Herold, un joven soldado, andrajoso y desnutrido, aparentemente un desertor, huye de un grupo militar y consigue despistar a sus perseguidores. Comienza una fuga hacia adelante, en un terreno inhóspito y sin apenas recursos, hasta que encuentra un automóvil del III Reich abandonado. En su interior hay algo de comida y un elegante uniforme de un capitán de las SS que no duda en enfundarse. Se reconforta una vez que se alimenta y que repone sus botas deshilachadas y sus harapos. Ante el espejo retrovisor, paulatinamente se viene arriba y hasta llega a imitar a un oficial de verdad.

En su camino encuentra otros desertores a quienes recluta haciéndose pasar por un verdadero capitán nazi y afirmando que tiene el encargo de informar de la situación real detrás del frente. Primero, Kipinski -Frederik Lau-, que se convierte en su asistente y después otro grupo en el que destaca Freytag -Milan Peschel-, quien no termina de creerse la versión de Willi Herold -Max Hubacher-, aunque acepta su mandato por motivos de supervivencia. El capitán tiene un vehículo para desplazarse y sus palabras resultan cada vez más convincentes. Nadie lo diría si supieran que tiene tan solo diecinueve años. Su cara de niño tampoco parece refutable en esos momentos de descomposición del régimen.

Más adelante se encuentran con destacamentos e incluso se encuentran dentro de un campo de concentración a cuyos responsables el supuesto oficial les informa que su misión está encargada directamente por el Führer. De ella también forman parte los hombres que le acompañan, a quienes autorizó expresamente para ello según consta en sus correspondientes libros personales. Cada vez más, Willi se siente más integrado en su papel, hasta llevar a cabo decisiones y actos que son propias de los que en su día fueron sus perseguidores. Mata de forma indiscriminada y extermina a compatriotas, se afirma que llegó a eliminar hasta un total de 170 hombres, así como a grupos de judíos a sangre fría y con total impunidad. Se ha convertido en uno de ellos ante la incredulidad o el rechazo de quienes le acompañan.

Con una espléndida fotografía en blanco y negro, a cargo de Florian Ballhaus, el inicio del film es hipnótico, aunque luego va perdiendo fuerza. Las imágenes son poderosas y tanto la dirección como la interpretación se muestran sólidas. Es el guion lo que se debilita conforme se aproxima a su recta final. Deja de sorprender y el espectador no llega a identificarse plenamente con el impostor creado por Robert Schwentke con más frialdad que cariño. Su puesta en escena es cruda, tremenda por momentos. Duele, y mucho, por cómo se cuenta. Por ejemplo, la secuencia en la que se pasa por las armas a un grupo de prisioneros en una fosa común antes de sepultarles en cal viva.

El sonido no le anda a la zaga a la fotografía, aunque algunos detalles parecen perderse en proyecciones no demasiado ajustadas. Los jadeos humanos y las explosiones lejanas que recuerdan un conflicto bélico que se desarrolla alrededor completan unas imágenes poderosas que relatan una curiosa historia real, la de una suplantación. Un engaño que le permitió de ser señalado como diana a convertirse en cazador. Incluso, llegó a disfrutar con los horrores y brutalidades que le esperaban como objetivo y que asumió como propios para deleitarse con ellos.

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